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“Sus hijos no tienen madre y yo no tengo hijos… Aquí estoy”, dijo la joven al Ranchero viudo

La mujer llegó hasta el pie de los escalones del corredor y se detuvo. Tenía el pelo oscuro recogido en un moño sencillo, algunos mechones sueltos pegados a la frente por el sudor del camino. Vestía un vestido floreado claro y una rebeca de punto color crema que debía haberle dado calor durante las últimas horas de caminata.

Pero lo que más llamó la atención de Ramón no fue su ropa, ni su maleta, ni su cara, sino sus ojos. Eran unos ojos que habían llorado mucho y que, sin embargo, en ese momento no lloraban. Eran ojos que habían tomado una decisión. ¿Es usted don Ramón Solís?, preguntó. Su voz era serena, un poco ronca, como si llevara hora sin hablar.

Soy yo, respondió él, sin moverse del corredor. Ella lo miró un momento, luego miró a los niños que la observaban desde detrás de las piernas de su padre. Una expresión pasó por su cara, algo entre el dolor y la ternura, y después respiró profundo como quien se prepara para saltar al agua fría. “Me llamo Elena Vargas”, dijo.

“Vengo de San Marcos. Supe que usted necesita ayuda con sus hijos y con la casa.” Hizo una pausa breve, apenas un segundo, pero en ese segundo cupo todo el peso de lo que iba a decir. “Sus hijos no tienen madre y yo no tengo hijos. Aquí estoy. Ramón la miró durante un tiempo que a ambos les pareció largo.

No era un hombre de gestos rápidos ni de palabras fáciles. 4 años de soledad y duelo lo habían vuelto más parco aún, como un árbol que ha perdido las hojas y ya no sabe bien si volverán. Pero había algo en esa mujer, algo en la manera en que había dicho aquellas palabras tan directas, tan desprovistas de adorno, que le impidió cerrar la puerta.

¿Quién le habló de mí? Preguntó al fin. Doña Celia, la partera del pueblo. Fue a verme cuando supo lo que me había pasado. Me dijo que usted tenía dos niños solos y una casa grande que se caía a pedazos. La casa no se cae a pedazos dijo Ramón con un orgullo masculino absurdo que él mismo reconoció al instante.

Elena no sonró, pero algo en sus ojos cambió ligeramente. No tiene razón. Solo está triste. Esa respuesta lo desarmó más que cualquier argumento porque era cierta. La casa no se caía, pero estaba triste. Todo en el rancho, los álamos estaba triste, los macetones del corredor con las plantas a medio morir, las sillas donde nadie se sentaba, la cocina donde él calentaba frijoles enlatados porque no sabía hacer más.

Y los niños comían sin quejarse porque habían aprendido a no quejarse. Le ofreció agua y ella la aceptó con gratitud. Se sentaron en el corredor los niños a distancia prudente, observando a esa extraña, con la mezcla de desconfianza y curiosidad que tienen los niños que han sido lastimados. Ramón le preguntó de dónde venía, qué la había traído hasta aquí, qué era lo que le había pasado.

Y Elena contó, tenía 28 años. Había crecido en San Marcos con su madre viuda y tres hermanos menores. En los 19 se casó con un hombre al que creyó conocer y que resultó ser un desconocido vestido con cara familiar. Durante 7 años intentó tener hijos, 7 años de esperanza y decepción, de médicos y remedios, de miradas de lástima en la misa dominical, de suegras que susurraban.

Al final, los médicos dijeron lo que ella sospechaba. No podría ser madre. Su marido, que nunca había sido un hombre de mucho aguante, se fue 6 meses después. sin drama, sin pleito, simplemente un día sus cosas ya no estaban. ¿Y sus hijos? Preguntó Tomás desde su rincón con esa brutalidad inocente que tienen los niños para hacer las preguntas que los adultos evitan.

Elena lo miró con una calma que venía de haber llorado esa pregunta muchas veces antes de poder responderla en voz alta. No tengo hijos, mi amor, dijo. Por eso estoy aquí. Hubo un silencio. Lucía, que había estado escondida detrás de su padre, se asomó un poco más. ¿Y no tienes mamá tampoco, preguntó? Murió hace 2 años.

Lucía procesó esto con la seriedad de los 7 años. Entonces, estás solita igual que nosotros, concluyó. Nadie respondió. Pero algo en el aire del corredor cambió, como cuando se abre una ventana y entra una brisa que uno no sabía que necesitaba. Ramón miró la maleta de Elena, aquella maleta vieja de cuero café con las esquinas desgastadas.

Era la maleta de alguien que ha aprendido a vivir con poco, a cargar solo lo esencial, a no aferrarse a las cosas porque las cosas también se van. pensó en Graciela, que siempre había tenido demasiadas cosas, demasiados vestidos, demasiadas fotos en la pared, demasiada vida derramándose por todos los rincones. Pensó en lo vacíos que estaban esos rincones ahora y pensó, aunque no lo habría admitido en voz alta, que tal vez una maleta pequeña podía llenar más espacio del que parecía.

Ramón le ofreció el cuarto de las visitas, que llevaba 4 años cerrado y olía a encierro y a tiempo detenido. Elena lo limpió sola esa misma tarde, sin pedir ayuda ni permiso. Abrió las ventanas, sacudió las cobijas, barrió las telarañas con una escoba que encontró en la bodega. Cuando terminó, el cuarto olía a aire y a jabón. Era un cambio pequeño, pero en ese rancho donde todo olía ausencia, ese olor nuevo fue como la primera nota de una canción que nadie recordaba.

Los primeros días fueron extraños para todos. Ramón se levantaba a las 5, como siempre y encontraba a Elena ya en la cocina. No hacía el desayuno con la seguridad de quien conoce una cocina de memoria, sino con la concentración de quien quiere hacerlo bien. Preguntaba, “¿Les gusta el chile o prefieren sí? ¿El niño toma leche o le cae mal? ¿Hay huevos o solo lo que hay en la alacena?” Preguntas prácticas, concretas, sin adorno.

A Ramón le resultaba más fácil responder a esas preguntas que a cualquier otra cosa. Tomás fue el más difícil. Era un niño que había aprendido a protegerse cerrándose, y la presencia de Elena era una amenaza a esa fortaleza que había construido con tanto trabajo. La ignoraba con una frialdad que dolía de ver.

No respondía cuando ella le hablaba. Dejaba la comida sin terminar cuando ella se sentaba a la mesa. Una noche, Ramón lo escuchó decir en voz baja desde su cuarto, “No es mi mamá.” No había rabia en esas palabras, solo una afirmación. Elena, que pasaba por el corredor, se detuvo un momento. Ramón pensó que iba a llorar o a entrar a defenderse, pero ella siguió caminando.

Al día siguiente trató a Tomás exactamente igual que antes. fue esa constancia más que ninguna otra cosa la que fue abriendo la puerta lentamente, como se abre una puerta que lleva mucho tiempo cerrada, con dificultad, con crujidos, pero al final Lucía fue diferente desde el principio. Los niños pequeños tienen una intuición que los adultos hemos perdido, una capacidad de sentir quién es alguien más allá de lo que dicen o hacen.

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