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Pedro Infante cumplió una promesa que ni él recordaba — la historia más emotiva de su vida

Una razón que llevaría consigo hasta su butaca de primera fila apretada en el bolsillo interior del saco,  escrita a mano en un papel que ya estaba comenzando a doblarse por los bordes de tanto ser guardado y vuelto a guardar. El teatro Blanquita era esa noche un organismo vivo.

Desde afuera en la calle se escuchaban los últimos acordes de la orquesta afinando sus instrumentos como un pulso que crecía. Las mujeres llegaban con sus mejores vestidos, satén, organza, telas que brillaban bajo las luces de la entrada y los hombres con sus cabellos engominados y sus zapatos lustrados. Era México en su esplendor cotidiano, la clase media y la clase trabajadora, mezcladas en un mismo ritual de alegría compartida, un ritual que solo la música popular  podía crear.

Don Aurelio llegó solo como siempre. se detuvo un momento ante las puertas del teatro y miró hacia hacia arriba, hacia los carteles con la fotografía de Pedro Infante. Esa sonrisa ancha, esos ojos que parecían reírse incluso cuando estaban quietos  y algo en su pecho se apretó de una manera que no supo si era tristeza o gratitud o las dos cosas al mismo tiempo.

Un acomodador joven con su uniforme rojo y su linterna pequeña lo guió hasta su lugar en la primera fila. Don Aurelio se sentó despacio con la cautela de quien cuida un cuerpo que ya ha dado mucho. Se acomodó el saco, cruzó las manos sobre el regazo y esperó. Nadie a su alrededor lo notó en ese momento. Eran todos más jóvenes, más ruidosos, más brillantes.

Una pareja de recién casados a su derecha reía de algo privado y dulce. Un grupo de señoras a su izquierda intercambiaba comentarios sobre el vestido de otra  señora tres filas más atrás. Don Aurelio no habló con nadie. solo miraba el escenario vacío con esa paciencia antigua  de quien ha aprendido que las cosas buenas cuando llegan llegan a su tiempo y entonces las luces del  teatro se apagaron y el público rugió y desde detrás de las cortinas de terciopelo rojo emergió  Pedro Infante. Cuando Pedro

Infante pisó el escenario del Teatro Blanquita aquella noche de 1953,  no caminó, entró. Había una diferencia enorme entre las dos cosas y cualquiera que lo hubiera visto alguna vez en persona lo sabía. Caminar era lo que hacían los demás. Pedro  entraba a los lugares como si el lugar entero lo hubiera estado esperando, como si el aire mismo se reorganizara para recibirlo.

Tenía 33 años en la cumbre de su carrera y de su belleza, alto, ancho de hombros, con esa sonrisa que no era de actor, sino de hombre. Una sonrisa que venía de adentro, de algún lugar genuino que los años de fama no habían logrado endurecer. Vestía un traje de charro en negro y plata,  bordado con hilos que capturaban la luz y la devolvían multiplicada.

Y cuando levantó la mano hacia el público en ese gesto suyo tan característico,  mitad saludo, mitad bendición, el teatro entero se estremeció.  El primer número fue Amorcito Corazón y desde las primeras notas el blanquita  se transformó. Las señoras que hacía un momento comentaban vestidos ajenos, ahora cerraban los ojos y se balanceaban suavemente.

Los hombres que nunca admitirían que la música les llegaba al alma, golpeaban el ritmo con los pies bajo sus butacas. La pareja de recién casados se tomó de la mano  y don Aurelio Vargas, en su butaca de primera fila, escuchaba con los ojos muy abiertos y las manos apretadas sobre las rodillas.

Pedro Infante  cantaba mirando al público. Esa era otra de sus marcas. Nunca cantaba para el público, sino con él. buscando caras, sosteniendo miradas un momento,  como si cada canción fuera una conversación privada multiplicada por 1000. Era un don que no se aprende,  era algo que o se tiene o no se tiene. Y en algún momento de esa segunda canción, 100  años, que arrancó soyosos en por lo menos una docena de butacas, los ojos de Pedro recorrieron la primera fila con esa costumbre suya y se detuvieron. Un segundo, dos, tres,

siguió cantando. Pero algo había cambiado en su expresión, algo muy sutil que solo los músicos en el escenario que lo conocían bien habrían podido notar. Una pequeña tensión en la mandíbula, un parpadeo un segundo más largo de lo normal. Había visto a don Aurelio, más específicamente, había visto lo que don Aurelio estaba haciendo, o más bien lo que le estaba pasando a don Aurelio, y algo en lo que vio lo tocó en un lugar que la canción más triste del repertorio no habría podido alcanzar por sí  sola. El viejo zapatero no

lloraba, no se había desmayado, no estaba en peligro físico evidente.  Estaba sentado muy quieto con el traje oscuro de los domingos, con las manos sobre las rodillas y sostenía contra su pecho, sobre el corazón,  literalmente sobre el corazón, presionado con ambas palmas. Un objeto pequeño que el ángulo de la luz  hacía difícil distinguir desde el escenario, pero que Pedro Infante, que tenía ojos de hombre criado en la calle y educados en la vida, reconoció de inmediato era una fotografía y la forma

en que el anciano la sostenía, no como quien muestra algo, sino como quien abraza algo que ya no puede abrazar de otra manera, decía todo lo que ninguna palabra habría podido decir. Pedro terminó 100 años sin desviar la vista del anciano. Los aplausos estallaron con esa intensidad física que solo las emociones colectivas pueden generar.

Y en ese momento de ruido y calor y felicidad compartida, nadie,  absolutamente nadie en el teatro, notó que el hombre más querido de México  había tomado una decisión. Una decisión que no estaba en el programa de esa noche. Una decisión que cambiaría para siempre lo que significaba aquella actuación.

Los músicos esperaban la señal para el siguiente número. Era la verdolaga, una canción festiva que siempre levantaba al público. El guitarrista ya tenía los dedos listos, el bajista contaba los compases. Pero Pedro Infante no dio la señal, se acercó al borde del escenario, se arrodilló, literalmente se arrodilló en el prosenio para quedar a la altura de la primera fila y  habló, no al micrófono, directamente, bajito, casi en privado, al hombre del traje oscuro de los domingos.

El teatro comenzó a silenciarse butaca por butaca como una ola que se extiende desde  el frente hacia atrás mientras la gente entendía que algo estaba pasando, algo que no estaba en ningún programa, que no había sido anunciado, que era completamente real. Hubo un momento, apenas unos segundos, pero que para quienes los vivieron parecieron eternos, en que el teatro Blanquita  estuvo completamente en silencio.

No es fácil hacer callar a 1000 personas, menos aún cuando esas personas han venido a celebrar cuando traen en el cuerpo la  electricidad de una noche especial, cuando el ambiente huele a perfume y expectativa y la música aún  vibra en las paredes. Pero el silencio ocurrió naturalmente sin que nadie lo pidiera, como si el teatro entero hubiera entendido que estaba siendo testigo de algo que no pertenecía al  espectáculo, sino a la vida misma.

Pedro Infante estaba arrodillado en el borde del  escenario a menos de un metro de don Aurelio Vargas, mirándolo con esa atención absoluta  que los grandes artistas reservan para los momentos en que dejan de ser artistas y se convierten simplemente en personas. ¿Cómo se llama usted, señor?,  preguntó Pedro.

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