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Me Pusieron De Broma Una Cita Con Una Mujer Paralizada… Mi Reacción Los Dejó Sin Palabras

A varios los conocía desde los 19. Habíamos pasado exámenes, borracheras, bodas, mudanzas, pero esa noche los vi distintos, como si la la adultez les hubiera quedado grande. ¿Esto era la sorpresa?, pregunté. Mi amigo Memo intentó arreglarlo. No, güey, también pensamos que pues que igual se caían bien y la parte de burlarse venía incluida en el paquete.

La mesa se quedó muda. Mariana me miró, ahora sí, con una curiosidad breve, peligrosa. No tienes que hacerte el héroe, me dijo. No estoy haciendo eso. Entonces, ¿qué estás haciendo? La pregunta me pegó raro porque yo tampoco sabía. Solo sabía que no quería sentarme ahí a fingir que la falta de respeto era humor. Respiré hondo.

Estoy decidiendo si todavía quiero cenar. Bruno levantó las manos. Ya, Diego, tampoco exageres. Nadie la obligó a venir. Mariana movió apenas la mandíbula. Esa frase sí le dolió, aunque no lo iba a admitir. Yo la vi y entendí algo. Ella no necesitaba que yo la defendiera. Necesitaba que nadie la tratara como una lección de sensibilidad.

Me acerqué a ella, no demasiado, lo justo para que la decisión fuera suya. Mariana, no sé qué te dijeron para venir, pero si quieres irte, te acompaño a la salida. Si quieres quedarte, me siento contigo. Y si quieres que me largue, también lo hago sin hacer drama. Sus sus ojos se suavizaron apenas. ¿Qué he considerado? No siempre.

A veces soy insoportable, pero hoy traigo buena racha. Por primera vez sonríó. poquito, como si no quisiera regalarme demasiado. Y si quiero cenar, entonces cenamos. Aunque tus amigos estén viendo como si les hubieran apagado la tele. Volteé a la mesa todos callados. Hasta el mesero se había detenido con una charola de tostadas de atún.

Precisamente por eso, Mariana soltó una risa corta, inesperada, y esa risa me hizo sentir algo que no sentía desde hacía mucho. Ganas de quedarme en un lugar, no por compromiso, sino por curiosidad. Está bien, Diego dijo. Pero una cosa, dime. No me hables como si fueras buena persona por invitarme a cenar. Tragué saliva.

Trato hecho. Y no pidas la ensalada por mí. Yo venía por mole. Entonces igual no estás tan perdido. Tomé la silla frente a ella. Bruno susurró algo. Quizá una disculpa, quizá otra cobardía. No me importó. Mariana acomodó su bolsa sobre las piernas y me miró directo. Antes de que esto siga, quiero aclararte algo.

Yo sí sabía que venían a una cita contigo. Esa frase me movió a mi piso. ¿Cómo? Lo que no sabía, dijo mirando de reojo a mis amigos era que ellos pensaban usarme para ver qué tan incómodo te ponías. Sentí calor en la cara, pero no de enojo, de vergüenza. Mariana, no te disculpes por ellos. Todavía no sé si tú eres distinto. Y ahí entendí que la verdadera cita no había empezado cuando me senté frente a ella.

Empezó cuando me di cuenta de que no tenía que demostrar que era un hombre decente. Tenía que demostrar si era capaz de verla a ella. El mesero llegó con una sonrisa nerviosa. ¿Les puedo tomar la orden? Mariana ni siquiera abrió el menú. Mole negro. Si tiene y una cerveza oscura. El mesero párpadeó. Claro, señorita. Señora, no soy.

Señorita tampoco hace falta. Mariana, ¿está bien? Él se puso más nervioso. Claro, Mariana. Yo pedí lo mismo más por antojo que por imitarla. Ella arqueó una ceja. Siempre copias en la primera cita. Solo cuando la otra persona parece saber qué está haciendo. Qué peligroso. Yo casi nunca sé. Lo disimulas muy bien. Mariana se quedó mirándome unos segundos, no con ternura, con sospecha, como si estuviera buscando la grieta por donde se iba a colar mi lástima.

A nuestra izquierda, mis amigos habían intentado retomar la conversación, pero les salía quebrada. Hablaban de fútbol, de una boda, de cualquier cosa que no fuera la silla de ruedas color vino junto a la mesa, ni la broma que se les había podrido en las manos. ¿Quieres que nos cambiemos? Pregunté en voz baja.

No, dijo ella, que se tragueen la incomodidad. Es nutritiva. Solté una carcajada. Perdón por reírte, por reírme tan fuerte. No te disculpes tanto, Diego. Cansa. Tenía razón. Me estaba comportando como si cada palabra necesitara permiso, como si ella fuera de cristal y yo un torpe con martillo. Me recargué en la silla.

Está bien, empecemos de nuevo. Soy Diego, arquitecto. Me gustan los perros, aunque no tengo porque mi departamento parece una caja de zapatos. Odio el cilantro en exceso. No sé bailar salsa, pero miento si hay presión social. Mariana tomó su cerveza cuando llegó y bebió un trago. Soy Mariana, ilustradora editorial.

Me gustan los gatos, aunque el mío me desprecia desde que descubrí que no soy su empleada de tiempo completo. Amo el cilantro. Bailaba salsa antes de que mi columna decidiera tomar decisiones por mí. La frase cayó entre nosotros, sin drama, pero con peso. Yo no supe qué cara poner. Ella lo notó. ¿Puedes preguntar? No quiero invadir.

No quieres equivocarte también. Mariana giró el vaso entre sus dedos. Accidente de carretera hace 5 años. Un tráiler, lluvia, curva mal señalizada, lesión medular. Fin del resumen médico para desconocidos. Asentí despacio. Lo siento. Gracias, pero no pongas esa cara de funeral. Ya tuve uno simbólico y fue carísimo en terapia.

Puedo decir que suena horrible sin que parezca que te tengo lástima. Puedes decirlo si lo dices normal. Suena horrible. Lo fue. No añadió nada más. Y por primera vez en mucho tiempo entendí el valor de no llenar un silencio. No le pedí detalles. No le pregunté si todavía soñaba que caminaba, ni si había alguien con ella, ni qué tanto podía mover.

Preguntas que de pronto imaginé como moscas sobre una herida. El mole llegó espeso, oscuro, con ajonjolí encima y arroz rojo al lado. Mariana cerró los ojos al probarlo. Bueno, esto ya mejoró la noche. Tanto, Diego, hace media hora yo estaba considerando atropellar a tu amigo con mi silla. Este mole salvó una vida. Casi me ahogo con el agua.

Bruno no lo merece. Nadie merece buen mole después de un chiste tan malo. Miré hacia la mesa. Bruno evitó mis ojos. Memo levantó su vaso como queriendo brindar desde lejos. No respondí. ¿Te enojaste mucho? Preguntó Mariana. Sí. ¿Por mí o por ti. La pregunta fue como una piedra lanzada con puntería. No sé. Respuesta honesta, me agrada.

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