Posted in

La noche que María Félix humilló a Elizabeth Taylor frente a Richard Burton

Y Elizabeth compensaba esa carencia con volumen. Si una joya impresionaba, cinco joyas deslumbrarían. Si un collar era hermoso, tres collares serían inolvidables. Cantidad como estrategia, acumulación como filosofía. Y funcionaba. La mayoría del tiempo funcionaba. Hasta aquella noche en Acapulco, agosto de 1969, Richard Burton estaba filmando una película en México.

Elizabeth lo acompañaba como siempre, porque separarse significaba que Richard bebería más y cuando Richard bebía más, las peleas se volvían más violentas y las reconciliaciones más caras. Rentaron Villa Arabesque, una mansión espectacular en las colinas de Acapulco con vista panorámica al Pacífico. Paredes blancas, pisos de mármol, jardines que caían en cascada hacia la bahía como una postal imposible.

La villa tenía 12 habitaciones, tres piscinas, un muelle privado y un sistema de iluminación que hacía que todo brillara como escenario de película. Elizabeth decidió dar una fiesta. Oficialmente era por el cumpleaños de un productor amigo, cuyo nombre la historia ya olvidó. Extraoficialmente era porque Elizabeth necesitaba las fiestas como otros necesitan el oxígeno.

Necesitaba ser el centro de atención. Necesitaba que la gente la mirara, la admirara, la envidiara. Necesitaba a Briller era su combustible. Sin esa atención, Elizabeth se marchitaba, se volvía insegura, nerviosa, frágil. Con esa atención era la mujer más poderosa del mundo. La lista de invitados era aú quien es quien del poder mundial del entretenimiento.

Frank Sinatra confirmó desde Las Vegas. Débora Ker vendría desde su retiro en Suiza. Gregory Pec llegaría de Los Ángeles. Productores de los grandes estudios, directores ganadores de premios, estrellas emergentes que buscaban ser vistas, millonarios mexicanos que querían codearse con Hollywood, 150 personas en total.

Y por cortesía, porque Acapulco era territorio mexicano y la élite local esperaba ser incluida, el coordinador de eventos sugirió invitar a algunas figuras mexicanas prominentes, entre ellas María Félix. La invitación a María fue idea del coordinador, un hombre llamado Sergio, que conocía el protocolo social de Acapulco mejor que nadie.

Si damos una fiesta de este nivel en Acapulco y no invitamos a María Félix, le dijo a Elizabeth, habrá problemas. Es la mujer más importante de México. Ignorarla sería una ofensa. Elizabeth Escucho Destra estaba revisando arreglos florales. María Félix, la actriz mexicana. Sí, la conozco de nombre. Es famosa aquí en Vala.

No es una amenaza para la lista. Escotisia. Sergio preparó la invitación, la envió a la residencia de María en Acapulco. Elizabeth no le dio más pensamiento al asunto. Para ella, María Félix era una celebridad local, una actriz de cine mexicano que probablemente estaría emocionada de asistir a una fiesta con estrellas de verdad. No sabía, no tenía idea.

Nadie en su círculo de Hollywood le había advertido quién era realmente María Félix. Nadie le había contado que María había rechazado contratos de Hollywood, no una, sino tres veces, no porque no la quisieran, sino porque ella no los quería a ellos. Nadie le había dicho que María había cenado con De Gol, que había sido amante de un torero legendario, que había rechazado a millonarios europeos, que Dior le había diseñado vestidos exclusivos, que Jan Cock Teau la había llamado la mujer más hermosa del mundo.

Nadie le dijo nada de eso y ese fue el primer error. María recibió la invitación en su casa de Acapulco, una propiedad discreta, pero elegante que ella usaba cuando quería escapar de la ciudad de México. Lupita, su asistente de toda la vida, se la entregó mientras María tomaba café en la terraza mirando el mar.

Llegó esto, doña María, una invitación para una fiesta en Villa Arabesque. Los Burton. María leyó la invitación sin expresión. Papel caro, letras doradas, el tipo de invitación que Hollywood enviaba cuando quería impresionar. Elizabeth Tylor y Richard Burton solicitan el placer de su compañía. María la dejó sobre la mesa. Peter Aspero conocía a María desde hacía 20 años.

Sabía que el silencio significaba que estaba pensando, calculando, “Va a ir, señora.” María tomó un sorbo de café. Tardó un minuto entero en responder. Por supuesto. Será interesante. Interesante cómo interesante como cuando dos reinas se encuentran en territorio neutral. Lupita frunció el seño. ¿Qué se va a poner? María sonrió. Esa sonrisa que Lupita había visto cientos de veces antes de que María hiciera algo memorable. La serpiente.

Lupita Perpadio. Solo la serpiente. Solo la serpiente. Pero señora, van a estar todas las estrellas de Hollywood. Van a estar cubiartas deuyas. Exactamente. Dijo María. Van a estar cubiertas. Yo no. Lupita no entendió en ese momento. Entendería después. Todo el mundo entendería después. La serpiente de Cartier era la pieza más extraordinaria de la colección de María Félix.

Y la colección de María no era pequeña. A lo largo de su vida, María había acumulado joyas que rivalizaban con las de cualquier casa real europea. Pero la serpiente era diferente. Era la pieza que la definía. La había encargado personalmente a Cartier en 1968, un año antes de la fiesta. No la compró de un catálogo, no la eligió de una vitrina, la diseñó.

María llegó a la sede de Cartier en Place Bendome, París, con dos serpientes vivas en una caja de vidrio. Las puso sobre el escritorio del director de la casa. “Quiero esto”, dijo señalando a las serpientes, pero en oro y esmeraldas. El director, un hombre que había tratado con reinas, princesas y las mujeres más ricas del mundo, miró las serpientes vivas retorciéndose sobre su escritorio de Caoba y tragó saliva.

Exactamente como estás. Exactamente. Que se mueva como ellas, que parezca viva, que cuando me la ponga la gente no sepa si es joya o criatura. Cartier tardó 6 meses en crear la pieza. Usaron 1968 esmeraldas colombianas de la más alta calidad. El cuerpo era de oro articulado, con más de 200 segmentos que se movían independientemente, imitando el movimiento real de una serpiente.

Los ojos eran dos rubíes perfectos. La lengua era de rubí y diamante. Pesaba casi medio kilo, pero estaba diseñada para distribuir el peso de forma que María pudiera usarla durante horas sin incomodidad. Cuando se la entregaron, María se la puso frente a un espejo. La serpiente se enrolló en su cuello como si hubiera nacido ahí, como si siempre hubiera sido parte de ella.

Es perfecta, dijo. Y Cartier hizo algo que casi nunca hacía. emitieron un comunicado público declarando que la pieza era única, que nunca sería replicada, que no existía ni existiría otra igual en el mundo. La serpiente era de María y solo de María para siempre. Ese detalle importaba más de lo que nadie imaginaba.

Read More