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Cuando Fidel Castro quiso casarse con María Félix – Ella rechazó al líder de la Revolución

El primero de enero de 1959, Fulgencio Batista huyó de Cuba. Fidel entró triunfante en La Habana el 8 de enero, 9 días antes de enviar aquella carta a María Félix. Tenía 32 años, barba revolucionaria, uniforme verde olivo y el mundo a sus pies. Era en ese momento preciso, probablemente el hombre más fascinante del planeta. Carismático hasta el punto de lo sobrenatural.

Cuando hablaba, la gente no solo escuchaba, obedecía. Sus discursos duraban horas, a veces seis, 7, 8 horas seguidas, y nadie se movía. No por miedo, por hipnosis colectiva. Fidel tenía ese don que solo tienen los verdaderos líderes históricos, la capacidad de hacerte creer que su sueño es tu sueño, que su causa es tu causa, que su victoria es tu victoria.

Pero Fidel tenía un problema que ningún discurso podía resolver. Estaba solo. No solo en el sentido romántico, aunque también en ese, solo en el sentido más profundo de la palabra. El hombre que había liberado a millones no tenía a nadie con quien compartir el peso de lo que acababa de hacer. Sus compañeros de armas eran soldados, no confidentes.

Su familia estaba lejos. Las mujeres que lo rodeaban eran admiradoras, seguidoras, no iguales. Y Fidel, con toda su arrogancia revolucionaria, sabía algo que pocos líderes admiten, que el poder sin compañía es una celda con la puerta abierta, pero sin nadie esperándote afuera. María Félix, por su parte, tenía 44 años en enero de 1959.

Había nacido en Álamos, Sonora, hija de un militar y una madre de pueblo. A los 17 años la casaron con un hombre que le arrebataría a su hijo. A los 28 descubrió el cine y el cine descubrió que ella era más que una actriz, era una fuerza de la naturaleza. Para 1959, María había filmado decenas de películas. Se había casado cuatro veces.

Había rechazado a Hollywood en sus propios términos. Había vivido en París. Había cenado con presidentes. Había enamorado a toreros, magnates, escritores y banqueros. Y se había ganado un título que ninguna otra mujer mexicana poseía ni poseería jamás. La doña no era un apodo cariñoso, era un reconocimiento de poder.

Cuando María entraba a un salón, los hombres se ponían de pie por instinto y las mujeres contenían la respiración por admiración o por envidia o por ambas cosas. A los 44 años, María no estaba retirada del cine, pero había reducido su ritmo. Vivía entre México y París. Sus joyas eran legendarias, encargadas a Cartier, dignas de emperatrices.

Su guardarropa era obra de Dior, Jivenchi y Valenciaga. Su departamento en Polanco era un museo privado de arte, de recuerdos, de una vida vivida sin pedir permiso a nadie. Y ese era precisamente el problema para cualquier hombre que quisiera conquistarla. María Félix no necesitaba nada de nadie, no necesitaba dinero, tenía el suyo, no necesitaba fama, era la mujer más famosa de Latinoamérica.

No necesitaba validación, se la daba ella misma cada mañana frente al espejo y no necesitaba un hombre. había tenido suficientes para saber que la mayoría no valían el esfuerzo. Cuando la carta de Fidel llegó a sus manos, María no sintió emoción, ni alago, ni curiosidad inmediata. Sintió lo que siempre sentía cuando un hombre poderoso la convocaba.

Una mezcla de escepticismo calculado y diversión contenida. Su asistente, un hombre discreto que llevaba años a su servicio, casi temblaba mientras María leía la invitación. Señora, es Fidel Castro. El revolucionario acaba de tomar Cuba. Todo el mundo habla de él. María no levantó la vista del papel.

Todo el mundo siempre habla de alguien, respondió. La pregunta no es quién es él. La pregunta es por qué me quiere ver a mí. Tal vez quiere que haga películas sobre la revolución. Propaganda. Cuba necesita imagen internacional. María finalmente lo miró. Si quisiera propaganda, llamaría a un documentalista, no a una actriz de 44 años que lleva dos sin hacer película.

No, esto es otra cosa. Necesito saber que es antes de subirme a un avión hacia un país que acaba de pasar por una revolución sangrienta. Pero la curiosidad de María era más fuerte que su cautela. Siempre lo había sido. Era la misma curiosidad que la llevó al cine, a París, a los brazos de hombres peligrosos y a las mesas de los presidentes.

La misma curiosidad que la hacía levantarse cada mañana preguntándose qué nuevo escenario le ofrecería la vida para demostrar que nadie podía con ella. Tres días después respondió, “Acepto la reunión. 25 de enero. Una noche después regreso a México. La respuesta de La Habana llegó en horas. Velocidad inusual para cualquier gobierno.

Imposible para uno que tenía apenas dos semanas de existencia. Comandante Castro, agradeche profundamente. Avión será enviado a recogerla. María leyó la confirmación y algo en su interior se encendió. No era atracción, no era vanidad, era ese instinto afilado por décadas de navegar entre egos masculinos que le decía con claridad absoluta, esto no es político, esto es personal.

Y los asuntos personales de hombres poderosos siempre eran más peligrosos que los políticos. 25 de enero de 1959, un avión militar cubano aterrizó en el aeropuerto de Ciudad de México a las 3 de la tarde. No era avión comercial. Era transporte militar, verde olivo como todo lo que la revolución tocaba, con la estrella de Cuba pintada en el fuselaje.

El piloto, un joven barbudo de no más de 25 años que olía a tabaco y a adrenalina, entregó un mensaje escrito a mano. El comandante espera ansioso su llegada. María subió al avión vestida como se vestía para todo, como para una batalla. Traje sastre negro de Dior ajustado en la cintura, sobrio pero devastador.

Collar de perlas que había comprado en una subasta en París. Perlas que alguna vez pertenecieron a una duquesa rusa que huyó de otra revolución. Zapatos de tacón alto, porque María nunca usaba zapatos bajos, ni siquiera para volar hacia un país en caos. Maquillaje perfecto, cabello impecable. Y esos ojos, esos ojos que Diego Rivera había intentado capturar en un lienzo y que Jan Cock Teau había descrito como ojos que hacen daño de tan hermosos.

Su asistente le cargó una sola maleta pequeña. Una noche, había dicho María, una noche era lo que necesitaba para entender que quería el comandante, para decirle que no si era necesario o para decirle que si si contra toda probabilidad el hombre resultaba ser diferente a todos los demás. El vuelo duró 3 horas.

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