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Juan Gabriel Pagó $100.000 para Salvar la Tienda de Guitarras de una Desconocida — El Motivo es…

Juan Gabriel pagó $100,000 mexicanos para salvar una tienda de guitarras clásicas que estaba a punto de cerrar para siempre en Ciudad Juárez. Mientras caminaba por la ciudad se detuvo frente a una tienda de guitarras y vio a la dueña del establecimiento llorando. Y cuando descubrió lo que estaba pasando, no pudo ignorar aquella situación.

Era septiembre de 1998 y Juan Gabriel había regresado a Ciudad Juárez por primera vez en meses para caminar solo por las calles del centro donde había pasado su juventud, cantando en bares y soñando con triunfar. Caminaba usando lentes oscuros y una gorra para no ser reconocido, porque quería revivir esos lugares de su pasado sin el caos que su fama traía.

Ahora pasaba frente a edificios que recordaba de su adolescencia, esquinas donde había cantado por monedas, bares donde había hecho sus primeras presentaciones. Entonces, sus ojos se detuvieron en una pequeña tienda de instrumentos musicales que tenía un letrero amarillento en la ventana que decía última semana.

Adentro había una mujer de aproximadamente 50 años atrás del mostrador llorando con la cabeza entre las manos. La tienda se llamaba Guitarras Cruz y Juan Gabriel la reconoció inmediatamente porque había pasado frente a ella cientos de veces cuando era joven, aunque nunca había tenido dinero para entrar. Era una tienda especializada en guitarras clásicas legendarias de todo el mundo, instrumentos hermosos hechos a mano que solo los músicos serios podían permitirse comprar.

Recordaba haber mirado esos instrumentos a través del vidrio años atrás, soñando con el día en que pudiera tener suficiente dinero para comprar uno. Ahora podía comprar 100 de esas guitarras sin pestañear, pero ver ese letrero de cierre le produjo una tristeza inmediata. se acercó a la ventana y miró hacia adentro viendo docenas de guitarras colgadas en las paredes.

Cada una obra de arte de madera pulida. Pero lo que realmente captó su atención no fueron los instrumentos, sino la mujer que sostenía un papel mientras las lágrimas caían sobre el mostrador. Juan Gabriel se quedó parado ahí por un momento, debatiéndose si debía entrar porque esto no era asunto suyo. Pero había algo en esa escena que lo conmovió profundamente.

Quizás porque recordaba a su propia madre llorando de la misma manera cuando no tenían dinero para nada. Respiró profundo, ajustó sus lentes oscuros. y empujó la puerta de madera que tenía una campana oxidada que sonó anunciando su entrada. La mujer levantó la cabeza rápidamente tratando de limpiar sus lágrimas y componerse para atender a un cliente, aunque era obvio que había estado llorando.

“Buenas tardes, bienvenido a Guitarras Cruz. ¿En qué puedo ayudarle?”, dijo con voz temblorosa, intentando sonar profesional. Juan Gabriel se quitó los lentes oscuros, dejando la gorra puesta y la miró directamente con expresión amable. Vi el letrero en la ventana. Última semana. ¿Qué está pasando aquí? Preguntó con voz suave.

La mujer lo miró sorprendida porque la mayoría de los clientes preguntaban primero por precios, no por qué la tienda estaba cerrando. La mujer se llamaba Adriana Cruz y después de un momento de duda comenzó a hablar como si las palabras hubieran estado esperando salir durante semanas. La tienda está cerrando después de 30 años.

Mi esposo Guillermo abrió este lugar en 1968, cuando yo tenía apenas 20 años y él 25. Su voz se quebró mientras continuaba. Guillermo murió hace 8 meses de un derrame cerebral. Fue tan repentino que ni siquiera pudimos despedirnos. Cuando comencé a revisar los papeles del negocio, descubrí que teníamos una deuda de 100,000 pesos con el banco que yo no sabía que existía.

Juan Gabriel escuchaba en silencio sin interrumpir mientras Adriana explicaba que Guillermo había estado luchando solo durante los últimos dos años mientras el negocio perdía dinero. Tengo una semana para pagar. O el banco se queda con la tienda y también con mi casa porque Guillermo las puso como garantía.

Dijo mirando el papel en sus manos. Juan Gabriel sintió algo apretarse en su pecho porque conocía exactamente ese dolor de perder todo. Juan Gabriel caminó lentamente por la tienda mirando las guitarras que colgaban en las paredes, cada una con una pequeña etiqueta escrita a mano. Estas guitarras son hermosas. Su esposo tenía buen ojo para los instrumentos de calidad, dijo tocando suavemente el cuerpo pulido de una guitarra española.

Adriana asintió con una pequeña sonrisa triste. Guillermo decía que cada guitarra tiene alma propia, que cuando un lutier trabaja la madera durante meses, está poniendo parte de sí mismo en ella. Juan Gabriel se giró hacia ella y preguntó por qué su esposo amaba tanto este lugar. Adriana respiró profundo antes de responder, porque creía que la música clásica necesitaba un hogar en Ciudad Juárez, que los jóvenes músicos necesitaban acceso a instrumentos de calidad.

Muchas veces dejaba que estudiantes pobres probaran guitarras durante horas sin comprar nada y él decía que algún día volverían. Juan Gabriel sintió un nudo en la garganta porque reconocía esa generosidad, ese tipo de personas que creían en los sueños de otros. se quedó en silencio por un momento, mirando a Adriana y tomando una decisión que cambiaría la vida de esta mujer.

Juan Gabriel se quitó la gorra lentamente y miró directamente a Adriana, quien seguía sin reconocerlo, a pesar de que ahora podía ver su rostro completo. Señora Adriana, déjeme contarle algo. Cuando yo tenía 15 años, también vivía en Ciudad Juárez y pasaba frente a esta tienda todos los días camino al Noa Noa, donde cantaba por propinas. dijo con voz tranquila.

Adriana lo miraba confundida, sin entender por qué este desconocido le estaba contando su vida. Yo miraba estas guitarras a través del vidrio y soñaba con tener algún día el dinero suficiente para entrar y tocar aunque fuera una. Nunca pude porque mi familia era tan pobre que algunos días no teníamos ni para comer.

Juan Gabriel hizo una pausa dejando que sus palabras penetraran. Mi madre trabajaba limpiando casas ajenas. Mis hermanos y yo hacíamos lo que podíamos para ayudar y hubo momentos en que estuvimos a punto de perder todo. Adriana seguía mirándolo sin entender completamente hacia dónde iba esta conversación, pero algo en sus palabras la hacía sentir menos sola en su dolor.

Juan Gabriel continuó hablando sobre cómo la música había sido su única salvación en aquellos días oscuros, cómo cantaba en bares y esquinas soñando con un futuro que parecía imposible. Le contó sobre las veces que tuvo hambre, sobre las noches durmiendo en lugares fríos, sobre la humillación de ser el niño pobre que todos miraban con lástima.

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