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PEDRO FERNANDEZ: 30 Años Callaron Esto. Lo Que Pasaba en su Casa Lo Cambia Todo…

PEDRO FERNANDEZ: 30 Años Callaron Esto. Lo Que Pasaba en su Casa Lo Cambia Todo…

Octubre de 2014. Foro 4 de Televisa San Ángel. Son las 6 de la tarde y el silencio en ese set de grabación pesa más que las luces. La maquinaria de la telenovela más cara del año se acaba de detener en seco. Cientos de personas, técnicos, maquillistas, actores de reparto, productores con audífonos colgando del cuello, se miran entre sí saber qué decir.

 Porque el hombre que debería estar frente a la cámara, el hombre por quien Televisa había apostado millones de pesos, el hombre que durante 40 años había representado la imagen más limpia, más familiar y más intachable del espectáculo mexicano, acaba de salir por la puerta trasera sin mirar a nadie. Sin despedirse, sin dar explicaciones, solo un camerino vacío, un libreto a medio terminar sobre la mesa de maquillaje y una actriz venezolana llamada Marjor de Souza mirándose en el espejo, sabiendo lo que todos en ese foro sabían, pero nadie se atrevía a

decir en voz alta. La versión oficial que leerías en las revistas al día siguiente diría que Pedro Fernández estaba enfermo, que el estrés lo estaba consumiendo, que su cuerpo ya no aguantaba el ritmo de las grabaciones. Sonaba razonable, sonaba humano, pero la verdad que se susurraba en los pasillos de Televisa, la verdad que los técnicos se contaban mientras tomaban café en los descansos, la verdad que los productores discutían a puerta cerrada con voces bajas, era mucho más oscura.

Pedro Fernández no estaba huyendo de la fama, no estaba huyendo del trabajo, estaba huyendo del infierno que lo esperaba en su propia casa cada vez que terminaba de grabar una escena de amor. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron sobre el niño prodigio que creció para convertirse en prisionero de su propia vida.

 Primero, cómo la industria del espectáculo le robó la infancia a un niño de 7 años. lo convirtió en un producto que no podía dejar de sonreír y le enseñó una lección brutal que lo marcaría para siempre, que el amor se gana obedeciendo. Segundo, como su matrimonio perfecto con Rebeca Garza Vargas, el que todas las revistas celebraban como el romance más sólido del espectáculo, se transformó en una jaula invisible, donde cada beso de ficción se pagaba con sangre en la vida real, donde cada escena romántica en un foro de televisión se convertía en una

guerra en la intimidad de su hogar. Tercero, la verdad detrás de la guerra con su propia sangre. El día que su padre le pidió perdón públicamente llorando frente a las cámaras con 86 años, y él le cerró la puerta en la cara sin mover un músculo de la cara. Y cuarto, el último y más doloroso eslabón de la cadena.

Como su nieto Martín Valentino, un niño inocente que no eligió nacer en medio de esa guerra, terminó convertido en el botín de una familia que aprendió a usar el amor como arma de chantaje. Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero para entender cómo fue posible que esto ocurriera, necesitas conocer el mundo que construyó a esta persona.

Porque esta historia no empieza el día que todo se derrumbó en ese foro de Televisa. empieza mucho antes y empieza con algo que tú probablemente viste en tu propia televisión. Tú lo recuerdas, ¿verdad? Era la época de siempre en domingo. Era la época en que tú llegabas de trabajar, prendías la televisión y ahí estaba él todas las noches en tu sala como si fuera parte de tu familia.

Un niño con un traje de charro que le quedaba un poco grande, con una sonrisa que llenaba toda la pantalla cantando la de la mochila azul. con una voz que te partía el alma. Tú lo viste crecer, tú compraste sus discos. Tú te emocionaste cuando dejó de ser el niño prodigio y se convirtió en el galán que todas querían.

Tú lo viste en las telenovelas, en los palenques, en las portadas de las revistas. Para ti era parte del paisaje de tu vida, una constante, una certeza. El charro de México que nunca fallaba. Pero lo que no viste era lo que pasaba cuando Raúl Velasco mandaba a comerciales. Lo que no viste era al niño de 8 años llorando en una habitación de hotel en Madrid, España, preguntándose por qué su padre estaba más preocupado por firmar el próximo contrato que por darle un abrazo antes de dormir.

 Lo que no viste era la maleta abierta en una esquina, la cama de hotel que olía a desconocido, el silencio después del aplauso. Lo que no viste era al niño preguntándose en ese silencio si alguien lo quería de verdad o si lo querían solo porque cantaba bien. Tú la recuerdas como una época hermosa, pero para él fue el inicio de una condena.

 La industria de la música en México en los años 70 no era un lugar para niños. Era una máquina de hacer dinero que trituraba almas y escupía discos de oro. Y José Martín Cuevas Cobos, el verdadero nombre detrás de la marca, fue lanzado a esa máquina a los 7 años. Siete. A esa edad, otros niños aprenden a perder los dientes de leche, a correr detrás de una pelota en el patio, a esconderse debajo de la cama cuando los adultos discuten.

 Él aprendió a cantar frente a desconocidos, a sonreír, aunque tuviera sueño, a ponerse un traje que le quedaba más grande que el cuerpo y a responder como artista cuando todavía necesitaba que alguien lo abrazara como hijo. Y entonces le quitaron su nombre. Le pusieron Pedro por Pedro Infante, Fernández por Vicente Fernández, dos gigantes metidos sobre los hombros de un niño que apenas empezaba a mirar el mundo. Imagínate eso un momento.

 Un niño de 7 años cargando con el peso simbólico de dos de los ídolos más grandes de la historia de México. No le estaban dando un nombre artístico, le estaban entregando una deuda, una deuda impagable. Tenía que ser perfecto. Tenía que sostener sobre sus pequeños hombros la expectativa de millones de personas que amaban a Pedro Infante y a Vicente Fernández.

 Y si no lo hacía, el amor desaparecía. Esa fue la primera lección que aprendió en la industria. El amor está condicionado a la obediencia. Si cantas, te aplauden. Si obedeces te quieren. Si produces vales. Y si un día no puedes más, si un día el cuerpo o el alma dicen, “Basta, entonces el amor se va.

” Porque el amor que te dieron no era amor, era un contrato. Recuerda esa frase, “La vas a necesitar para entender todo lo que viene después.” El hombre que le enseñó esa lección no fue un manager despiadado de traje gris, no fue un ejecutivo de disquera sin corazón, fue su propio padre, José Luis Cuevas, recuerda ese nombre. El hombre que vio en su hijo una voz de oro y decidió que esa voz tenía que trabajar, que tenía que producir, que tenía que generar.

 José Luis Cuevas no era un monstruo, era un hombre de su época. Un hombre que creía que darle oportunidades a su hijo era la forma más alta de amor. Pero hay una diferencia enorme entre abrirle una puerta a un hijo y empujarlo por ella cuando todavía tiene miedo de cruzarla. A los 8 años, cuando muchos niños todavía temen dormir con la luz apagada, Pedrito Fernández ya conocía aeropuertos, hoteles, escenarios lejanos, España, Europa, giras internacionales que para un adulto serían una aventura y para un niño eran un exilio. La gente veía al niño

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