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Ismael Rodríguez guardó un secreto 47 años — Lo que Pedro Infante nunca llegó a filmar

Sara García entendió eso de  inmediato porque ella había sentido algo parecido en otro tiempo, en otro foro, y caminó hacia el camerino de Pedro Infante. Nadie sabe exactamente qué se dijeron en esos primeros minutos. Lo que se sabe es que Sara le preguntó por qué no quería salir y que Pedro le respondió con una honestidad que a veces solo tienen los que están al borde.

Le dijo que él era un mariachi, que no era actor, que cómo iba a trabajar con ella, con don Carlos Orellana,  con gente que llevaba décadas frente a una cámara. Si él era un principiante que  nunca le atinaba a nada, lo dijo así con esas palabras. Yo no soy actor, yo soy mariachi y eso era lo que sentía, no una frase para la entrevista.

La verdad, Sara García lo escuchó sin interrumpirlo y cuando Pedro terminó de hablar, ella no le dio un discurso, le hizo una propuesta. Le dijo que estudiarían juntos, que todos los días antes de entrar al foro repasarían las escenas,  que cuando Pedro estuviera haciendo una toma bien, ella le guiñaría un ojo, que cuando algo fallara le haría una señal con el dedo y al oído le diría qué corregir.

Era un sistema simple, pero le estaba diciendo algo más importante que el sistema. le estaba diciendo que no estaba solo. Pedro salió del camerino. Ismael Rodríguez vio entrar a su protagonista al foro esa mañana y sintió algo que no supo nombrar en el momento. Lo nombraría muchos años después, en una  entrevista, cuando ya tenía 80 años y había visto morir a casi todos los que había querido. Lo llamó reconocimiento.

El reconocimiento de ver a alguien convertirse en lo que siempre fue, sin saber todavía que lo era. La primera escena que filmaron fue la más difícil, la muerte de la abuela. Una escena de llanto real, sin trampa  ni cartón, donde Pedro tenía que estar destrozado frente a la cámara. Sara García había hablado con Ismael antes.

Le había dicho que iba a decirle cosas tiernas, cosas dulces, a ver si el muchacho lograba conectar. Y Pedro conectó. Las lágrimas llegaron solas sin que nadie las pidiera, sin que nadie las ensayara. Llegaron porque algo en las palabras de Sara tocó algo en Pedro que llevaba tiempo sin ser tocado.

Cuando Ismael dijo Corten, nadie en el foro habló. Sara García hizo una señal para que todos aplaudieran. Y Pedro Infante, que en ese momento tenía 28 años y no creía en su propio talento, se quedó parado en el centro del foro sin saber qué hacer con los aplausos.  Fue como una inyección, diría Sara años después.

Fue como ver a alguien despertar. Pero Ismael Rodríguez ya había visto algo más esa mañana. Había visto que Pedro no actuaba. Pedro sentía y en el cine de cualquier época esa diferencia lo cambia todo. Un actor que actúa da al público lo que espera. Un actor que siente da al público lo que necesita. Ismael entendió eso en ese foro con esa primera toma.

Y desde ese momento su relación con Pedro dejó de ser solo la de un director y su protagonista se convirtió en algo más difícil de nombrar. La relación de dos hombres que encuentran en el otro lo que les falta para ser completos. Ismael tenía la visión, Pedro tenía el alma. Los tres García fue un éxito. No el tipo de éxito que llena páginas de periódico, el tipo de éxito más duradero, el que construye público fiel, el que hace que la gente vuelva al cine la semana siguiente porque quiere sentir otra vez lo que sintió la primera vez. Pedro

llegó puntual a cada llamado durante el resto del rodaje. Le había prometido a Sara que no volvería a llegar tarde y cumplió su promesa. Y cada 10 de mayo, hasta el día de su muerte fue a la casa de Sara García con un ramo de rosas y su mariachi para cantarle las mañanitas. Nunca faltó una sola vez.

Ismael y Pedro filmaron una segunda película  y luego otra. Y en cada rodaje, Ismael fue descubriendo con más claridad lo que había intuido en aquella primera mañana en los estudios  Tepeyac. Pedro Infante no era solo un buen actor. Era la encarnación de algo que el cine mexicano no había tenido antes.

Era la encarnación de algo que el pueblo mexicano llevaba años buscando en una pantalla sin encontrarlo exactamente así. Un hombre que lloraba sinvergüenza, que amaba sin calcular, que sufría sin disimular, que era fuerte y al mismo  tiempo se quebraba, que venía del pueblo y nunca lo olvidaba.

Había algo más que Ismael observaba en los rodajes y que muy pocos notaban. Pedro nunca salía del foro de la misma manera que había entrado. Entraba como cantante que hace películas. Salía como algo que todavía no tenía nombre. En los tres, García aprendió que las lágrimas no se fingen. Envuélvenlos  García descubrió que la comedia más genuina nace de la tristeza.

En cada personaje que construía con Ismael, Pedro dejaba algo de sí mismo. Y en cada película, cuando terminaban de rodar, Ismael se quedaba revisando el material. encontraba tomas que nadie había pedido. Momentos entre escenas donde la cámara seguía corriendo y Pedro, sin saberlo, sin actuar para nadie, simplemente era, esos momentos eran los más verdaderos de todos y Ismael los guardaba.

Pero Ismael quería más. Quería encontrar la historia que pusiera a Pedro exactamente donde debía estar. Y entonces algo inesperado los puso en el camino correcto. Fue en un programa de radio donde todo cambió. En la banda de Wipanguillo, un vendedor de naranjas llamado Abel Cureño dijo algo al aire que nadie olvidaría.

Lo dijo como quien lleva mucho tiempo callando algo y finalmente lo suelta. Dijo que nosotros los pobres somos despreciados  por la gente, que nosotros los pobres no tenemos nada. El guionista Pedro de Urdimalas las escuchó  y no pudo quitárselas de la cabeza. Las llevó a Ismael e Ismael las llevó a Pedro.

Hay que entender lo que esas palabras significaban en 1947. México estaba en medio de una transformación. Millones de personas habían dejado el campo para ir a las ciudades, especialmente a la Ciudad de México, buscando una vida mejor y encontrando vecindades apretadas y trabajos duros. Esa gente nueva, ese méxico urbano recién formado, iba al cine y en el cine nunca veía su propia vida.

Veía charros en haciendas, galanes en palacios, historias que pasaban en un mundo que no era el suyo. Ismael Rodríguez quería cambiar eso. La película se llamaría los pobres. El protagonista sería un carpintero del barrio, un hombre trabajador, honesto, pobre con dignidad, capaz de amar sin condición y de sufrir sin rendirse. Un hombre que vive en una vecindad igual a la que viven millones de personas que comprarán boleto para verla.

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