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En una reunión de artistas, Dolores del Río humilló a María Félix — Su respuesta silenció a todos

Y en 1949, ser alguien en el cine mexicano significaba ser alguien en toda Latinoamérica, porque la época de oro estaba en su momento más brillante y el mundo entero miraba hacia México. Para entender lo que pasó esa noche, hay que entender quiénes eran las dos mujeres que protagonizaron el enfrentamiento más legendario en la historia del espectáculo mexicano.

Dolores del Río no era solo una actriz, era un mito viviente. Nacida en Durango en 1904, 10 años antes que María. Dolores había logrado lo que ninguna mexicana había logrado jamás, conquistar Hollywood. En los años 20 y 30, cuando Hollywood era territorio exclusivo de mujeres blancas y rubias, Dolores del Río se abrió paso con una belleza que los críticos estadounidenses describían como sobrenatural.

Filmó con los más grandes directores, compartió escena con las estrellas más famosas del planeta y se convirtió en un icono de belleza internacional antes de que María Félix siquiera supiera que quería ser actriz. Para 1949, Dolores tenía 45 años y había regresado a México después de una carrera monumental en Estados Unidos. Había vuelto por decisión propia.

Algunos decían que por amor a su país, otros susurraban que porque Hollywood ya no la quería, que los papeles se secaban para las actrices que pasaban de los 40 y que Dolores prefirió regresar como reina a quedarse como reliquia. Fuera cual fuera la razón, en México la recibieron como lo que era la gran dama del cine, la primera, la original, la que abrió el camino para todas las demás.

María Félix era otra historia completamente diferente. Tenía 35 años en 1949 y estaba en el pico absoluto de su poder. No había ido a Hollywood, no lo necesitaba. México era su reino y Latinoamérica su imperio. Desde su debut en 1943 con El Peñón de las Ánimas, María había construido una carrera que desafiaba toda lógica. No era la actriz técnicamente más hábil, no era la más disciplinada, no era la que seguía las reglas, era la que las rompía, era la que llegaba al set y cambiaba el guion si no le gustaba, la que miraba a los directores a los ojos y

les decía que su escena se haría como ella quería o no se haría en absoluto. Era doña Bárbara, la devoradora, la mujer sin alma. Cada papel era un reflejo de lo que ella era en la vida real, una fuerza que no pedía permiso ni perdón. Para 1949, María había filmado más de 20 películas. Estaba casada con Agustín Lara, el compositor más famoso de México, y su nombre se pronunciaba con una mezcla de admiración, envidia y miedo que ninguna otra mujer en el país había provocado antes.

Su vestimenta era estudiada por diseñadores, su peinado copiado por millones. su forma de hablar imitada en las calles. Pero lo que más definía a María no era su belleza, ni su talento, ni su fama. Era su capacidad para destruir a cualquiera que la subestimara. La relación entre Dolores y María había sido durante años una combinación extraña de respeto profesional y rivalidad silenciosa.

Nunca habían trabajado juntas en una película. Todavía faltaban años para la cucaracha, pero se movían en los mismos círculos, asistían a los mismos eventos, frecuentaban los mismos restaurantes. En público se saludaban con elegancia, con besos al aire y sonrisas estudiadas. Pero en privado, el mundo del cine sabía que había tensión.

Dolores consideraba que ella era la verdadera reina del cine mexicano, la pionera, la que había abierto las puertas. veía a María como una recién llegada con demasiado ego y poco respeto por quienes habían pavimentado el camino antes que ella. María, por su parte, respetaba la carrera de Dolores, pero detestaba la manera en que Dolores la miraba, como viéndola desde arriba, como si María fuera una alumna que debía rendir homenaje a la maestra.

Si había algo que María Félix no toleraba, era que alguien la mirara desde arriba. Nadie estaba arriba de ella. Nadie. Había habido incidentes menores antes de esa noche, pequeñas escaramuzas que la prensa detectaba con su olfato de sabueso. En una premiere de cine, Dolores había llegado con un vestido similar al de María y los fotógrafos.

Con esa crueldad que disfrazan de profesionalismo, les habían pedido que posaran juntas para comparar quién lucía mejor. María había sonreído cortésmente y posado. Dolores había hecho lo mismo. Pero después, en su camerino, Dolores le dijo a su asistente que María lo había hecho a propósito, que había averiguado qué vestido usaría ella y había comprado uno similar para opacarla.

Era mentira, por supuesto, pero revelaba el nivel de paranoia que la rivalidad había alcanzado. En otra ocasión, durante una entrevista para una revista de cine, le preguntaron a María, quien consideraba la mejor actriz mexicana. María respondió sin dudar. Yo, el entrevistador insistió. Y después de usted, María sonrió con esa sonrisa que podía ser encantadora o letal dependiendo de cómo la leyeras.

Después de mí no hay nadie. respondió. Dolores leyó la entrevista y ardió de furia. Llamó a su publicista y exigió que se publicara una respuesta. Su publicista, más prudente, le aconsejó no responder. Dolores. María dice esas cosas para provocar. Si respondes, le das exactamente lo que quiere. Dolores no respondió públicamente, pero el veneno se acumuló.

Gota a gota, entrevista a entrevista, comparación a comparación. El resentimiento creció hasta convertirse en lo que explotó esa noche de noviembre en el Hotel Reforma. La noche del 14 de noviembre, ambas llegaron al hotel Reforma sabiendo que la otra estaría ahí. El salón principal estaba decorado con flores importadas, candelabros de cristal cortado, mesas con manteles de seda.

La orquesta tocaba boleros suaves mientras los meseros servían champán sin parar. Estaban todos. Emilio Fernández, el indio, director más importante de la época de oro, sentado en la mesa principal con su eterno puro entre los dedos. Pedro Armendaris, galán de galanes, riendo con ese bozarrón que llenaba cualquier habitación.

Arturo de Córdoba, elegante como siempre, con su sonrisa de medio lado que derretía mujeres en tres continentes. Gabriel Figueroa, el genio de la fotografía, el hombre que le regaló al cine mexicano su estética inmortal. Gregorio Bayerstein, productor todopoderoso, el hombre que decidía qué películas se hacían y cuáles morían antes de nacer.

Había periodistas en las esquinas, columnistas de sociales que anotaban cada detalle, cada vestido, cada joya, cada mirada. Había fotógrafos con sus cámaras de flash preparados para capturar el momento que definiría la crónica del día siguiente. Nadie sabía todavía que el momento que capturarían esa noche no sería una sonrisa ni un abrazo, sino la mirada más fría que la Ciudad de México había visto jamás.

Dolores del Río llegó primero. Vestido largo color marfil. Diseño de un modisto francés cuyo nombre solo ella y otras tres mujeres en México podían pronunciar correctamente. Perlas en el cuello, aretes de diamante, cabello negro recogido en un moño que exponía sus famosos pómulos. Entró como lo que era, como una institución.

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