Posted in

Cuando Pedro Infante extendió su mano a la gitana ___ Ella vio una bola de fuego que lo consumiría

La moneda cayó al suelo. El sonido metálico cortó el murmullo del set. La gitana la dejó caer. Sus dedos soltaron la mano de Pedro como si tocara fuego. Su rostro se tornó pálido. Segundos antes brillaba con picardía. Ahora sus ojos oscuros estaban fijos en terror. La expresión era inconfundible. Era miedo real. El tipo que no se puede fingir.

 El aire de marzo de 1947 olía polvo. Los camiones lo levantaban constantemente. Olía también a sudor de trabajadores. Montaban escenografías bajo el sol mexicano. El humo de cigarrillos flotaba en el aire. El set de Vuelve los García ocupaba un rancho. Estaba en las afueras de la ciudad.

 La película prometía ser otro éxito taquillero. Las voces daban órdenes entre el ruido. Se mezclaban con relinchos de caballos nerviosos. Los animales estaban atados cerca de remolques blancos. La luz dorada del atardecer bañaba todo. Era la hora mágica para filmar. Los directores aprovechaban cada minuto de luz, pero nadie pensaba en horarios en ese momento.

 Pedro Infante llevaba su traje de charro. Le faltaba la chaqueta bordada. Solo vestía camisa blanca con mangas arremangadas. Acababa de filmar una escena a caballo. Tenía las mejillas rojas por el esfuerzo. Sus compañeros, Blanca Estela Pavón y Rogelio González estaban con él. Esperaban instrucciones para la siguiente toma.

 Los tres notaron a la mujer cruzando cerca. Llevaba falda larga de colores desgastados. Un pañuelo cubría su cabeza, ofrecía leer manos por monedas. Era común ver gitanas en las filmaciones. La gente del pueblo se acercaba curiosa. Buscaban ganarse algo con los actores ricos. La decisión fue más un juego. Blanca fue quien lo sugirió entre risas.

 Tenía 22 años y energía contagiosa. Caminaba entre cables y equipos con pasos ligeros. Señaló hacia la mujer con entusiasmo. Vamos, le dijo a Pedro. Será divertido. Era una forma de matar tiempo. El descanso se alargaba por problemas técnicos. Una cámara no funcionaba bien. Los técnicos maldecían mientras intentaban arreglarla.

 Pedro aceptó por diversión. Arrastró a Rogelio con ellos. Él caminaba detrás con menos entusiasmo. Tenía las manos en bolsillos. Su expresión era escéptica desde el inicio. Los tres actores llamaban atención al cruzar. Varios del equipo lo siguieron con miradas. Sonreían ante las estrellas buscando entretenimiento simple.

 Caminaron hacia el puesto de la gitana. Era solo una manta sobre tierra agrietada. Algunas velas ya ardían pese al día. Las llamas temblaban con la brisa. Había objetos extraños junto a ellas. Una baraja tan gastada que apenas se leían. Un cuenco de barro con hierbas secas. Un crucifijo de madera colgaba de cordel.

 El olor a cera quemada flotaba mezclado con incienso. La mujer usaba plantas aromáticas en sus rituales. Ismael Rodríguez revisaba el guion con su asistente, levantó la vista cuando los vio alejarse. Los observó un momento con sonrisa cansada. No dijo nada. Sabía que sus actores necesitaban estos descansos. La filmación había sido agotadora para todos.

 Las escenas requerían múltiples tomas bajo calor intenso. Los caballos no siempre cooperaban según planeado. Los diálogos se repetían hasta lograr emoción exacta. Nadie esperaba que esto sería inolvidable. La gitana le sonrió mostrando dientes disparejos. Extendió su mano pidiendo pago. Pedro dejó caer varias monedas. Dio más de lo pedido.

Las monedas tintinearon en su palma arrugada. La mujer las contó con rapidez. Las guardó entre pliegues de falda gastada. Señaló con gesto que se sentaran. Blanca se sentó primero sobre la tierra. Extendió su mano con curiosidad evidente. Se reía mirando a Pedro y Rogelio. La gitana tomó su mano con cuidado.

 El contraste era notable entre ambas. Las de blanca eran suaves y cuidadas. Tenía uñas pintadas de rojo brillante. Las de la gitana eran ásperas como cuero. Comenzó trazando líneas de la palma lentamente. Murmuró palabras en lengua desconocida, pero algo cambió en su expresión. La sonrisa se desvaneció de repente.

 Se puso seria de manera inquietante. Soltó la mano de Blanca con cuidado, tomó la de Rogelio e inmediatamente después él la ofreció con sonrisa burlona. La gitana hizo la misma inspección minuciosa y nuevamente ese cambio oscuro en mirada. El mismo oscurecimiento perturbador apareció de nuevo. Cuando llegó el turno de Pedro, todo había cambiado.

 La atmósfera se sentía más pesada ahora. Pedro extendió su mano hacia ella. Observaba su rostro buscando pistas de significado. Cuando sus dedos tocaron su palma, algo se rompió. Las manos de la mujer temblaron visiblemente. Estudió la mano de Pedro más tiempo, más que las otras dos combinadas. La giraba hacia la luz decreciente.

 Entrecerró los ojos como buscando algo. Luego soltó su mano como tocando carbón ardiente. Se puso de pie con movimientos torpes. Fue entonces cuando la moneda cayó. El sonido resonó en silencio súbito. Los tres intercambiaron miradas confundidas entre ellos. Hubo segundos de silencio total e incómodo. Solo se escuchaba viento arrastrando polvo seco.

 Las voces del equipo sonaban muy lejanas. Pedro rompió la tensión. Primero soltó una carcajada que sonaba forzada. Intentaba restarle importancia a la reacción extraña. Le preguntó qué había visto en líneas, por qué ponía esa cara de espanto si acaso iba a perder su fortuna o este a sufrir desamorrible.

 Su tono era ligero y bromista como siempre, pero algo en sus ojos revelaba curiosidad real. También mostraba un asomo de inquietud genuina. La gitana negó con cabeza repetidamente, recogió su moneda del suelo polvoriento, comenzó a recoger sus cosas con manos temblorosas, no quería hablar de lo visto, no quería revelar esas visiones terribles.

 Pero Pedro insistió con más seriedad esta vez puso su mano en su hombro, le pidió por favor que dijera verdad. tenía derecho a saber lo que vio. Había pagado por la lectura. Después de todo, la mujer levantó vista hacia tres rostros jóvenes. Eran hermosos y llenos de vida brillante, llenos de éxito y futuro prometedor.

Read More