Capítulo 1. El peor obrero de toda la construcción. Londres estaba lleno de hombres importantes que creían tener el mundo bajo control, pero pocos podían competir con Edward Everly cuando se trataba de imponer orden. El famoso arquitecto había construido mansiones para nobles, edificios para comerciantes adinerados y hasta una elegante biblioteca que seguía siendo motivo de admiración años después de su inauguración.
Sin embargo, quienes trabajaban con él no solían hablar de su talento, sino de su carácter. Edward Everly era un hombre brillante, sí, pero también desesperadamente exigente. Si una pared estaba apenas desviada, la hacía derribar. Si una ventana quedaba unos centímetros más alta de lo que indicaban sus planos, obligaba a rehacer el trabajo.
Y si alguien cometía un error, tenía la desagradable costumbre de señalarlo con tanta precisión que el culpable deseaba desaparecer de la faz de la tierra. Aquella mañana se encontraba recorriendo una de sus obras más ambiciosas, una enorme mansión que estaba siendo construida para un aristócrata cuya fortuna parecía no tener límites.
Mientras avanzaba entre montones de madera, ladrillos y andamios, observaba cada detalle con expresión severa, seguido de cerca por Murphy, el capataz, un hombre robusto que llevaba años trabajando en construcciones y que era uno de los pocos capaces de discutir con él sin perder el empleo. “Le aseguro que esa pared está perfectamente recta”, protestó Murphy por tercera vez.
Edward apenas levantó la vista. No está perfectamente recta. Lo está, no lo está. Murphy soltó un largo suspiro. A veces creo que tiene usted ojos de halcón y a veces creo que usted necesita lentes. Murphy se limitó a resoplar mientras varios obreros ocultaban sonrisas. A varios kilómetros de allí, en una pequeña casa situada en uno de los barrios más humildes de la ciudad, Annie Carter intentaba evitar que el pánico se apoderara de ella.
Su hermano Daniel yacía en cama cubierto por mantas con el rostro enrojecido por la fiebre. A pocos pasos, su madre descansaba en una situación similar. La enfermedad había llegado a la casa sin pedir permiso y parecía haberse instalado con toda comodidad. Anie sostenía una taza de té mientras observaba a su hermano con preocupación.
“No puedo faltar mañana”, murmuró Daniel con voz débil. Si no me presento el primer día, perderé el trabajo. An lo sabía perfectamente. Durante meses había buscado empleo sin éxito. Habían pasado semanas enteras viviendo con lo mínimo, vendiendo algunas pertenencias y estirando cada moneda hasta límites imposibles.
Conseguir aquel puesto en la obra de Edward Everly había parecido un milagro. Y ahora Daniel apenas podía mantenerse despierto. “Quizá mañana te sientas mejor”, intentó decir ella. Daniel soltó una pequeña risa que terminó convirtiéndose en tos. Ambos sabían que aquello no ocurriría. El silencio que siguió fue pesado.
Annie observó la pequeña despensa, las pocas verduras que quedaban y el trozo de pan endurecido sobre la mesa. No necesitaba hacer cuentas para comprender que el dinero se había terminado. Entonces, una idea completamente absurda apareció en su cabeza. Tan absurda que al principio la rechazó. Después volvió a pensar en ella y finalmente decidió que era la única opción.
Media hora más tarde, Daniel y su madre la observaban horrorizados. “No vas a hacerlo”, dijo su madre. “Claro que sí, Annie. Claro que sí.” Daniel abrió mucho los ojos cuando la vio tomar unas tijeras. “A, vuelve a crecer. Ese no es el problema. Entonces, deja de preocuparte y concéntrate en recuperarte.” Antes de que alguno pudiera detenerla, comenzó a cortar su largo cabello castaño.
Los mechones fueron cayendo al suelo mientras ella continuaba trabajando con una determinación que ni siquiera sabía que poseía. Cuando terminó, el resultado estaba lejos de ser perfecto, pero al menos parecía el cabello de un muchacho. Luego se puso la ropa de Daniel. Los pantalones le quedaban algo grandes, la camisa también, pero era suficiente.
Su madre se cubrió el rostro con las manos. Esto es una locura. Tal vez, admitió Annie, pero es una locura mejor que morirse de hambre. Preparó una olla con lo poco que quedaba de comida, la dejó junto a la cama de ambos y les prometió regresar antes del anochecer. Aquella noche casi no durmió y al amanecer siguiente caminó hasta la obra intentando convencerse de que todo saldría bien. Fue una mentira enorme.
Porque apenas cruzó la entrada comprendió que no tenía la menor idea de lo que estaba haciendo. Los obreros cargaban materiales pesados, movían herramientas que ella nunca había visto y hablaban utilizando términos que le resultaban completamente desconocidos. Annie intentó imitarlos como pudo, observando discretamente a los demás antes de copiar sus movimientos.
El resultado fue desastroso. Durante la primera hora dejó caer dos tablones. Durante la segunda tropezó con un montón de ladrillos y antes del mediodía casi provoca un accidente al llevar materiales al lugar equivocado. Murphy comenzó a gritarle desde el primer momento. Muchacho, ¿qué demonios estás haciendo? Annie levantó la vista.
Trabajando. Pues deja de hacerlo así. Algunos obreros soltaron carcajadas. Añ bajó la cabeza y siguió adelante. Sin embargo, mientras Murphy se desesperaba cada vez más, otra persona comenzó a observarla. Edward Everly. El arquitecto permanecía a cierta distancia revisando documentos y supervisando la obra, pero cada cierto tiempo su mirada regresaba al nuevo trabajador.
Algo le resultaba extraño. Muy extraño. Aquel muchacho era demasiado pequeño para ciertos trabajos. Además, parecía incapaz de cargar peso correctamente y tenía una curiosa costumbre de mirar los edificios como si estuviera estudiándolos en lugar de construirlos. Varias veces lo sorprendió observando los planos y eso llamó inmediatamente su atención porque la mayoría de los obreros apenas se acercaban a ellos.
Edward decidió no decir nada todavía, pero mientras continuaba observando a aquel extraño trabajador llamado Ily Carter, una sospecha comenzó a instalarse lentamente en su cabeza y por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de aquella obra despertó su curiosidad. Capítulo 2. El arquitecto empieza a sospechar.
Los días siguientes resultaron un poco menos desastrosos para Annie Carter, aunque no tanto como ella habría deseado. Seguía levantándose antes del amanecer para caminar hasta la obra y cada mañana se repetía que mientras lograra conservar el empleo, todo aquel esfuerzo valía la pena. Daniel mejoraba poco a poco y su madre ya podía levantarse algunos momentos de la cama, de modo que Annie encontraba fuerzas para soportar el cansancio, los músculos doloridos y las constantes reprimendas de Murphy. Por desgracia, el
capataz parecía convencido de que ella había sido enviada a aquella construcción para arruinarle la vida. Aquella mañana, por ejemplo, Annie intentaba transportar una carretilla cargada de ladrillos cuando una de las ruedas chocó contra una piedra. La carretilla se inclinó peligrosamente y varios ladrillos terminaron rodando por el suelo.
El ruido atrajo inmediatamente la atención de Murphy, que apareció con una expresión tan desesperada que algunos obreros comenzaron a reír incluso antes de que abriera la boca. “¿Podría explicarme qué está haciendo?”, preguntó el capataz mientras observaba el desastre. intentaba llevar los ladrillos al otro lado de la obra, pues parece que los ladrillos tenían otros planes.
Eso parece. Murphy cerró los ojos durante unos segundos, como si estuviera reuniendo fuerzas para no perder la paciencia. Muchacho, llevo 20 años trabajando en construcciones y jamás había conocido a nadie capaz de convertir una tarea sencilla en una aventura. Gracias. No era un cumplido. Ya me había dado cuenta.
Las carcajadas de los demás obreros resonaron alrededor de ellos y Murphy terminó alejándose mientras murmuraba algo sobre retirarse antes de quedarse completamente calvo. Annie sonrió mientras recogía los ladrillos del suelo, aunque procuró hacerlo cuando el capataz ya no podía verla. A cierta distancia, Edward Everly había presenciado toda la escena.
El arquitecto debería haber estado concentrado en la revisión de unos documentos importantes, pero descubrió que observaba a y Carter con demasiada frecuencia. Desde el primer día había percibido algo extraño en aquel muchacho y, lejos de desaparecer, aquella sensación parecía fortalecerse con cada jornada que pasaba.
Lo que más llamaba su atención no era la torpeza. Había conocido obreros torpesantes y ninguno había despertado en menor interés en él. Lo extraño era que parecía observar la construcción de una manera completamente distinta a la de los demás trabajadores. Mientras la mayoría solo pensaba en terminar sus tareas y regresar a casa, aquel muchacho contemplaba los edificios como si realmente le importaran.
Edward empezó a fijarse en detalles que antes habrían pasado desapercibidos. Varias veces lo sorprendió observando la estructura de la mansión con una atención casi admirativa, siguiendo con la mirada las líneas de las fachadas o deteniéndose unos segundos para contemplar partes del diseño que normalmente solo interesaban arquitectos, ingenieros o propietarios.
También estaba en sus manos. Aunque comenzaban a mostrar heridas recientes provocadas por el trabajo, seguían pareciéndole demasiado delicadas para alguien acostumbrado a cargar materiales pesados. Cuanto más las observaba, más difícil le resultaba ignorar la contradicción. La situación se volvió aún más curiosa una tarde en que Murphy pidió a varios trabajadores que trasladaran materiales hacia una nueva sección de la obra.
Mientras los demás realizaban la tarea sin prestar demasiada atención al entorno, Annie se quedó observando durante unos segundos la fachada principal de la mansión. “Cuando terminen las ventanas se verá magnífica”, comentó sin pensar. Uno de los obreros que caminaba a su lado soltó una carcajada. Magnífica. Es una pared llena de ladrillos.
Ahora sí, respondió Annie encogiéndose de hombros. Pero cuando esté terminada será una de las casas más bonitas de Londres. ¿Y cómo sabe eso? Porque el diseño es bueno. El hombre la observó durante unos segundos. Empiezo a creer que usted es más raro de lo que pensaba. Annie se limitó a sonreír y siguió caminando.
Aunque no vio que Edward había escuchado toda la conversación, aquello tampoco era normal. Los obreros rara vez hablaban de diseños, fachadas o proporciones arquitectónicas. Sin embargo, Eli parecía hacerlo con absoluta naturalidad. Los días continuaron pasando y la curiosidad de Edward fue aumentando poco a poco hasta que finalmente ocurrió algo que terminó de despertar sus sospechas.
Aquella tarde había dejado varios planos extendidos sobre una mesa mientras discutía ciertos cambios con uno de sus supervisores. Cuando regresó, notó inmediatamente que alguien había estado cerca de los documentos. La mayoría de las personas jamás habría detectado algo así, pero Edward conocía perfectamente la posición de cada hoja, cada lápiz y cada instrumento de dibujo que utilizaba durante su trabajo.
Al acercarse descubrió algo aún más extraño. Uno de los planos mostraba una pequeña corrección realizada a lápiz. El cambio era mínimo, apenas una línea añadida en una de las galerías laterales, pero después de examinarla durante unos segundos, comprendió que aquella modificación permitía aprovechar mejor la entrada de luz natural.
La sugerencia era sencilla, elegante y sorprendentemente inteligente. Edward permaneció varios minutos estudiando aquella pequeña corrección antes de llamar a uno de los trabajadores que se encontraba cerca. Alguien estuvo junto a esta mesa. Solo y señor. Lo vi observando los planos mientras usted hablaba con el supervisor.
Nadie más. No, señor. Cuando el hombre se marchó, Edward volvió a concentrarse en el dibujo. Una persona podía ser torpe, podía ser nueva e incluso podía resultar extraña, pero un obrero incapaz de utilizar correctamente algunas herramientas no debería ser capaz de mejorar uno de sus diseños. Cuanto más pensaba en ello, más convencido estaba de que él y Carter ocultaba algo.
Mientras tanto, Annie regresó a casa completamente ajena al problema que acababa de crear. Durante la cena, compartió algunas historias sobre Murphy y consiguió hacer reír tanto a Daniel como a su madre. Verlos recuperarse hacía que todas las dificultades parecieran más soportables y por primera vez en varios días sintió que quizá aquella locura terminaría funcionando.
Sin embargo, cuando llegó la noche y se quedó sola en su habitación, recordó las numerosas ocasiones en las que había sorprendido a Edward observándola durante la jornada. No era una mirada hostil ni desagradable, pero sí demasiado atenta para su gusto. Cuanto más pensaba en ello, más convencida estaba de que el arquitecto comenzaba a sospechar que había algo extraño en ella y aquella idea le impidió conciliar el sueño durante largo rato.
Acostada en la oscuridad, comprendió que Murphy ya no era su mayor preocupación. El verdadero problema era Edward Everly. Porque si alguien en toda aquella construcción poseía la inteligencia y la paciencia necesarias para descubrir la verdad, sin duda era él. Capítulo 3. El hombre que sostenía el martillo al revés.
Durante la semana siguiente, Annie Carter comenzó a convencerse de que quizá lograría sobrevivir a aquella aventura después de todo. Seguía siendo una obrera terrible. Por supuesto. Murphy continuaba lamentando su existencia varias veces al día y algunos trabajadores ya habían empezado a apostar cuánto tiempo tardaría en provocar un accidente verdaderamente memorable.
Sin embargo, Annie había aprendido lo suficiente para no llamar demasiado la atención. ya podía distinguir la mayoría de las herramientas, sabía dónde debían colocarse ciertos materiales y, sobre todo, había desarrollado la habilidad de mantenerse lejos de Murphy siempre que era posible.
El problema era que evitar a Murphy resultaba mucho más sencillo que evitar a Edward Everly. Desde el descubrimiento de la corrección en los planos, el arquitecto parecía observarla con más frecuencia que nunca. Annie intentó convencerse de que todo estaba en su imaginación, pero cada vez que levantaba la vista terminaba encontrándolo en algún lugar de la obra, aparentemente ocupado en asuntos importantes y al mismo tiempo extrañamente consciente de todo lo que ella hacía.
Aquello comenzó a ponerla nerviosa. Tan nerviosa de hecho que una mañana dejó caer un martillo justo delante de él. Lo siento”, murmuró mientras se apresuraba a recogerlo. Edward observó la herramienta durante un instante antes de levantar una ceja. “Señor Carter, ¿alguna vez había trabajado en una construcción antes?” Añe sintió que el corazón le daba un salto. “Claro que sí. Qué curioso.
¿Por qué? Porque está sosteniendo el martillo al revés.” Varias personas que se encontraban cerca soltaron una carcajada. Annie miró la herramienta y descubrió con horror que el arquitecto tenía razón. Ah, Gesa es una respuesta preocupante. Ya lo corregí. Eso también es preocupante. Los obreros comenzaron a reír otra vez y Annie deseó que la tierra se abriera bajo sus pies para tragársela.
Edward, sin embargo, se alejó con una expresión que parecía peligrosamente cercana a una sonrisa. Aquello tampoco ayudó. Durante el resto de la mañana, Annie evitó acercarse a él. Sin embargo, cerca del mediodía, Murphy decidió que era una excelente idea asignarle la tarea de transportar varias vigas de madera junto a otros trabajadores.
La joven aceptó sin protestar, aunque en cuanto intentó levantar una de ellas, comprendió que el problema sería mucho mayor de lo que había imaginado. Sus brazos comenzaron a temblar casi inmediatamente. intentó resistir, luego intentó fingir que todo estaba bien y finalmente intentó convencerse de que quizá no era tan pesada.
Aquello tampoco funcionó. Cuando llegaron al otro extremo de la obra, el dolor se había vuelto insoportable. ¿Está enfermo?, preguntó uno de los obreros. No, pues tiene la cara blanca. Siempre tengo la cara blanca. Eso tampoco es normal. Annie soltó una risa nerviosa y siguió caminando. No vio que Edward acababa de observar toda la escena.
El arquitecto permaneció inmóvil durante varios segundos. Había visto a hombres mucho más pequeños cargar materiales similares sin mayores dificultades, pero Eli parecía estar sufriendo más de lo razonable. Aquello, sumado a todas las demás rarezas, terminó de convencerlo de que algo no encajaba. Decidió esperar. y observar. Dos días después obtuvo la respuesta.
La tarde había sido especialmente agotadora y Annie ya soñaba con regresar a casa cuando Murphy le pidió que trasladara otro cargamento de materiales. Intentó hacerlo sin quejarse, pero el esfuerzo terminó siendo demasiado grande. Apenas dejó la carga en el suelo, sintió una punzada de dolor tan intensa que tuvo que apoyarse contra una pared para recuperar el aliento.
Por desgracia, no estaba sola. Creo que ya es suficiente. La voz de Edward apareció tan cerca que Anie casi dio un salto. Al levantar la vista, descubrió que el arquitecto la observaba con los brazos cruzados. Estoy bien, mintió. No parece. Lo estoy. También dijo que sabía utilizar un martillo. Annie abrió la boca, luego volvió a cerrarla.
Edward pareció disfrutar demasiado aquella pequeña victoria. Venga conmigo. El mundo se detuvo. Annie sintió que toda la sangre abandonaba su rostro. ¿Por qué? Porque quiero hablar con usted aquí. No. Y si no quiero, entonces tendré que preguntarme por qué un obrero tan misterioso no desea conversar con su empleador.

Aquello sonó peligrosamente cercano a una amenaza. Anie tragó saliva. No tenía alternativa. Lo siguió hasta una pequeña oficina temporal situada junto a la construcción y pasó todo el trayecto imaginando catástrofes. Quizá había descubierto la verdad. Quizá iba a despedirla. Quizá llamaría a la policía. Quizá.
Edward cerró la puerta, luego se volvió hacia ella y sonrió. No era una sonrisa amplia, tampoco burlona. Era simplemente la sonrisa de un hombre que acababa de resolver un acertijo. ¿Cómo lo supo?, preguntó Anenerse. La sonrisa se hizo un poco más grande. Así que lo admite. Anie cerró los ojos. Magnífico. Acababa de delatarse sola.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló. Finalmente, Edward rodeó el escritorio y apoyó una mano sobre los documentos que descansaban allí. Señorita Carter, llevo una semana observando cómo sostiene herramientas incorrectamente, cómo analiza edificios como si hubiera estudiado arquitectura toda su vida y cómo intenta convencer a todo el mundo de que pertenece a un lugar donde claramente no pertenece.
Francamente, lo sorprendente no es que lo haya descubierto. Lo sorprendente es que Murphy siga sin darse cuenta. Anie sintió que las piernas le temblaban. va a despedirme. Todavía no he tomado una decisión. Mi familia necesita este trabajo. Lo imaginé. La respuesta fue tan tranquila que la tomó por sorpresa.
Edward guardó silencio durante unos segundos antes de continuar. Dígame algo, señorita Carter. ¿Por qué una joven respetable decidió presentarse disfrazada de obrero en una construcción? Anie dudó. Luego recordó a Daniel, recordó a su madre y decidió contar la verdad. Cuando terminó, el arquitecto permaneció varios segundos en silencio.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía no saber exactamente qué decir. “Entiendo”, murmuró finalmente. “Entonces, ¿sabe por qué lo hice?” “Sí.” “¿Y ahora qué ocurrirá?” Edward la observó durante unos instantes antes de inclinar ligeramente la cabeza. Curiosamente, hace una semana me quedé sin secretaria. Anie parpadeó.
¿Qué? Mi secretaria renunció. Lo siento mucho. Yo también. ¿Y qué tiene eso que ver conmigo? La sonrisa regresó a los labios del arquitecto. Creo que sería mucho más útil detrás de un escritorio que cargando vigas. Annie lo miró sin comprender. Edward señaló el plano corregido que descansaba sobre la mesa.
Además, cualquier persona capaz de mejorar uno de mis diseños merece una oportunidad mejor que esta. La joven sintió que el corazón comenzaba a latir con fuerza porque por primera vez desde que había empezado aquella locura, tenía la sensación de que su vida estaba a punto de cambiar por completo. Capítulo 4.
La secretaria más desastrosa de Londres. Annie Carter había sobrevivido a una semana como falsa obrera. Lo que nunca imaginó fue que trabajar como secretaria de Edward Everly resultaría todavía más difícil. La mañana siguiente a su conversación en la oficina llegó con una mezcla de nervios y vergüenza. Por primera vez en días no tuvo que ponerse la ropa de su hermano, ni fingir ser el y Carter delante de toda la construcción.
Sin embargo, aquello no la tranquilizó demasiado. Ahora debía enfrentarse a Edward como ella misma y estaba convencida de que aquello podía ser incluso peor. Cuando llegó a la oficina provisional instalada junto a la obra, descubrió que el arquitecto ya estaba trabajando. Varios planos cubrían el escritorio y una montaña de documentos ocupaba prácticamente todas las superficies disponibles.
Edward apenas levantó la vista cuando ella entró. llega puntual. Es un excelente comienzo. Eso significa que suele contratar personas impuntuales. Significa que intento encontrar algo positivo antes de que empiece a tocar mis documentos. Anie se detuvo en seco. Tan poca confianza me tiene, señorita Carter.
La semana pasada se presentó disfrazada de hombre para conseguir empleo en una construcción. comprenderá que mi confianza necesita algo de tiempo para desarrollarse. Annie intentó parecer ofendida, pero terminó riéndose y durante una fracción de segundo tuvo la impresión de que Edward luchaba contra una sonrisa antes de recuperar inmediatamente su habitual expresión seria.
El trabajo comenzó sin más demora y Annie descubrió muy pronto que la oficina funcionaba bajo reglas invisibles que solo Edward parecía conocer. Cada documento tenía un lugar exacto. Cada lápiz debía permanecer en determinada posición y cada plano seguía un sistema de organización tan complicado que ella tardó menos tiempo en aprender a fingir ser obrero que en comprender cómo funcionaban aquellos archivadores.
Durante las primeras horas hizo todo lo posible por seguir instrucciones. Clasificó documentos, organizó correspondencia y preparó varias carpetas hasta el punto de convencerse de que quizá estaba haciéndolo bastante bien. Aquella ilusión desapareció en cuanto Edward regresó de una reunión y observó la oficina con expresión sospechosa.
¿Dónde están los planos de la galería norte? En la segunda estantería. No. Sí. No. Los puse allí hace una hora. Edward caminó hasta la estantería, revisó los documentos y soltó un suspiro tan largo que Annie sintió una punzada de culpa. Estos son los planos de la galería Este, ¿hay diferencia? El arquitecto la observó como si acabara de preguntarle si existía diferencia entre un caballo y una vaca.
Señorita Carter, por favor, dígame que está bromeando. Ahora mismo me gustaría hacerlo. Aquella fue apenas la primera de muchas discusiones. Antes del mediodía, Annie había colocado varios documentos en carpetas equivocadas, había confundido dos proyectos distintos y había derramado tinta sobre una lista de materiales que Edward necesitaba revisar.
Lo sorprendente fue que no la despidió. La corrigió una y otra vez. gruñó, suspiró con evidente frustración y llegó a mirarla como si cuestionara todas las decisiones que había tomado en su vida, pero aún así no la despidió. Y Anie comenzó a sospechar que aquello significaba algo. Durante los días siguientes, la situación mejoró ligeramente.
No porque Annie se volviera una secretaria eficiente de repente, sino porque empezó a comprender el funcionamiento de la oficina y, sobre todo porque descubrió algo interesante. Edward era mucho menos aterrador cuando hablaban de arquitectura. Una tarde, mientras organizaba algunos planos, se encontró observando uno de los diseños más recientes.
Creo que esta ventana debería ser más grande. Edward levantó la vista inmediatamente. Perdón. La habitación va a quedar demasiado oscura. No, sí. No. Sí. El arquitecto se recostó en la silla y la observó durante unos segundos antes de señalar el plano. Explíquese. Anie se acercó al escritorio y comenzó a señalar varias líneas del dibujo mientras describía cómo cambiaría la iluminación a distintas horas del día.
Al principio habló con cierta timidez, pero poco a poco olvidó dónde estaba y terminó explicando sus ideas con verdadero entusiasmo. Cuando finalmente terminó, descubrió que Edward la observaba en silencio. ¿Qué ocurre? Preguntó. Nada. Esa respuesta suele significar que ocurre algo. Solo estaba pensando, ¿y eso es malo? Estoy intentando decidir si es más sorprendente que haya visto ese problema o que tenga razón.
Añei sintió una sonrisa imposible de contener y aquella conversación terminó convirtiéndose en la primera de muchas. Con el paso de los días comenzaron a discutir sobre diseños, materiales, distribución de espacios y fachadas. A veces estaban de acuerdo y otras veces no, pero incluso cuando discutían, ambos parecían disfrutar aquellas conversaciones más de lo que estaban dispuestos a admitir.
Mientras tanto, la oficina también empezó a cambiar. Todo comenzó cuando Annie llevó una pequeña maceta y la colocó junto a una de las ventanas. Unos días después apareció una segunda y para el final de la semana Edward descubrió con horror que alguien había colocado flores sobre uno de los archivadores. ¿Qué es eso? Una planta.
Ya veo que es una planta. Entonces, no entiendo la pregunta. ¿Qué hace aquí? Anie levantó la vista de los documentos. Pexistir. Edward cerró los ojos. Mi oficina no necesita flores. Su oficina parece un funeral. Es una oficina. Ahora es una oficina con flores. El arquitecto permaneció varios segundos observándola antes de regresar a sus documentos.
Annie reconoció aquella reacción por lo que era una rendición silenciosa. Poco a poco comenzó a sentirse cómoda en aquel lugar. Por primera vez desde que había iniciado aquella locura, tenía la sensación de pertenecer a algún sitio. Lo que no sabía era que Edward también comenzaba a acostumbrarse peligrosamente a su presencia.
Las mañanas parecían más silenciosas cuando ella llegaba tarde. La oficina parecía más vacía cuando salía y las discusiones sobre arquitectura se estaban convirtiendo lentamente en una de las partes favoritas de sus días, algo que habría considerado absurdo apenas unas semanas antes. Aquella misma noche, Annie regresó a casa más cansada de lo habitual.
Había pasado gran parte del día intentando no perder documentos importantes, discutiendo con Edward sobre ventanas y soportando sus interminables correcciones. Sin embargo, en cuanto abrió la puerta, algo la hizo detenerse. La casa olía a comida y no a la sopa aguada o al pan duro que habían consumido durante las últimas semanas, sino a comida de verdad, de esa que hacía que una persona sintiera hambre apenas cruzaba el umbral.
confundida, avanzó hacia la cocina y encontró a su madre sentada junto a la mesa mientras Daniel terminaba de acomodar varios platos. Ambos parecían tan sorprendidos como felices. “¿Qué ocurre?”, preguntó Annie mientras dejaba su abrigo. Eso mismo queremos saber nosotros, respondió Daniel sonriendo. Anie frunció el ceño y entonces vio la despensa.
Los estantes que durante semanas habían estado casi vacíos ahora contenían harina, verduras, pan, té, conservas y varias cosas que no recordaba haber visto en mucho tiempo. ¿Qué es todo esto? Su madre sonrió. Eso mismo pregunté yo. ¿Quién lo trajo? No lo sabemos. ¿Cómo que no lo saben? Un repartidor llegó esta tarde con varias cajas.
Pensé que se había equivocado de dirección, pero insistió en que eran para esta casa. ¿Y quién las envió? No quiso decirlo. Nada. Solo repitió que eran para la señora Carter. Mientras ayudaba a servir la cena, Annie intentó encontrar una explicación razonable para todo aquello, pero ninguna parecía encajar. No conocían a nadie con dinero suficiente para enviar semejante cantidad de comida y mucho menos de manera anónima.
Sin embargo, cuando más tarde se quedó sola en su habitación, una imagen apareció inevitablemente en su mente, la de un arquitecto alto, insoportablemente perfeccionista, excesivamente observador y mucho más amable de lo que le gustaba aparentar. Annie negó con la cabeza varias veces e intentó convencerse de que estaba imaginando cosas.
Aún así, mientras se acomodaba bajo las mantas, descubrió que le resultaba cada vez más difícil creer que aquello fuera una simple coincidencia. Cuanto más pensaba en lo ocurrido, más convencida estaba de que Edward Everly sabía mucho más de ella de lo que admitía y, por alguna razón que todavía no comprendía, había decidido ayudar a su familia en secreto.
Capítulo 5. Un problema llamado Annie Carter. La vida comenzó a parecer mucho más sencilla cuando Daniel Carter finalmente se recuperó y pudo empezar a trabajar en la construcción. Durante semanas, Annie había esperado aquel momento. Ya no tendría que preocuparse constantemente por la salud de su hermano y además por fin podría ver al verdadero Daniel ocupando el puesto que originalmente le pertenecía.
La mañana de su primer día, ambos llegaron juntos a la obra. Los obreros no tardaron en rodearlo. Así que usted es el famoso Daniel Carter, dijo uno de ellos. Supongo es mucho más normal que su hermana. Eso no era difícil. Intervino Murphy desde atrás. Las carcajadas resonaron inmediatamente por toda la construcción.
Anie cruzó los brazos. Qué amable por su parte, señorita Carter. Después de verla sostener un martillo al revés durante una semana, creo que me he ganado el derecho de hacer algunos comentarios, solo algunos. Intentaré contenerme. La verdad era que Murphy ya no se parecía en nada al hombre que había pasado días enteros gritándole órdenes.
Desde que había descubierto por qué Annie había aceptado aquel trabajo, su actitud había cambiado por completo. Los demás obreros también parecían verla de otra manera. Cada mañana alguien la saludaba cuando cruzaba la obra para llegar a la oficina. Buenos días, señorita Carter. Buenos días. El señor Everly sigue volviendo la loca todos los días.
Excelente. Temíamos que estuviera mejorando. Aquellas conversaciones siempre terminaban haciéndola sonreír. Por primera vez desde que había llegado a la construcción disfrazada de muchacho, sentía que realmente pertenecía a aquel lugar. Y para alivio de Murphy, Daniel resultó ser exactamente el tipo de trabajador que esperaba encontrar desde el principio.
Sabía utilizar herramientas, cargaba materiales sin quejarse y parecía entender inmediatamente cualquier instrucción. Al final de la primera semana, el capataz observó como colocaba varias vigas y negó con la cabeza. Ahora sí entiendo por qué sobrevivieron tanto tiempo con la otra Carter. Perdón, porque claramente usted recibió todo el talento práctico de la familia.
Daniel soltó una carcajada. Anie no va a agradecerle ese comentario. Lo sé. Aquella misma tarde ocurrió algo todavía más inesperado. Añaba organizando varios documentos cuando escuchó unos golpes tímidos en la puerta. Aquello ya era extraño, porque Murphy jamás hacía nada con timidez. Cuando levantó la vista, encontró al enorme capataz de pie junto a la entrada con una expresión tan incómoda que parecía estar sufriendo.
¿Se encuentra bien?, preguntó Annie. No especialmente. ¿Por qué? Murfica raspeó. Quería decirle algo. Sí. El hombre se removió incómodo. Lo siento. Anie parpadeó. Perdón. Lo siento por haberla hecho cargar vigas. Oh, y ladrillos. Oh, y sacos. Oh, y todas esas cosas pesadas. Anie terminó soltando una carcajada. Murphy, usted no sabía que yo era una mujer. Ya lo sé.
Entonces no tiene que disculparse. Aún así voy a hacerlo. Entonces extendió algo que había mantenido escondido detrás de la espalda. Un pequeño ramo de flores silvestres. Annie abrió los ojos. Son para mí. Sí. Usted me trajo flores. Empiezo a arrepentirme. No sabía que tenía un lado sensible. Y si comenta eso con alguien, lo negaré hasta el día de mi muerte.
Anie todavía estaba riéndose cuando la puerta volvió a abrirse. Edward Everly acababa de entrar. El arquitecto se detuvo en seco. Primero observó a Annie, después observó las flores, luego observó a Murphy y finalmente volvió a observar las flores. El silencio que siguió fue tan incómodo que incluso Murphy pareció inquietarse.
¿Qué está ocurriendo aquí? Preguntó Edward. Le traje flores. ¿Por qué? Porque me sentía culpable. Ya veo. La respuesta fue perfectamente educada. Demasiado educada. Añe conocía aquella voz. Edward estaba irritado. Lo extraño era que parecía no saber por qué. Murphy tampoco parecía dispuesto a averiguarlo. Bueno, ya dije lo que tenía que decir.
Tengo trabajo que hacer. y desapareció de la oficina con una velocidad sorprendente para un hombre de su tamaño. Edward observó la puerta durante unos segundos antes de volver la vista hacia Annie. Flores. Sí, ya tiene suficientes plantas aquí. Las flores son diferentes. Por supuesto que lo son. Anie tuvo que morderse el interior de la mejilla para no reírse.
Durante el resto de la tarde, Edward pareció incapaz de concentrarse correctamente. Cada vez que levantaba la vista encontraba aquel pequeño ramo sobre el escritorio de Annie y cada vez que lo veía sentía una irritación completamente absurda. Lo peor era que no lograba explicar el motivo. Aquella noche, mientras Annie regresaba a casa, encontró otra sorpresa esperándola.
Cuando abrió la puerta, descubrió varias cajas sobre la mesa de la cocina. Su madre y Daniel ya estaban revisando el contenido con expresiones de auténtica fascinación. “Botra entrega”, anunció Daniel. Annie se acercó inmediatamente. Había pan recién horneado, frutas que nunca habían podido permitirse comprar, conservas importadas, distintos tipos de té y varias cosas que ninguno de ellos había probado jamás.
Esto es increíble. Eso mismo dije yo,”, respondió su madre. Volvieron a decir que era para la señora Carter. Exactamente lo mismo. Mientras compartían la cena, Annie observó a su familia disfrutar de alimentos que hasta hacía poco parecían un lujo inalcanzable. Ver a su madre recuperando fuerzas y a Daniel sonriendo otra vez hacía que todo pareciera un poco más fácil.
Sin embargo, cuando más tarde se quedó sola en su habitación, volvió a pensar en el misterioso benefactor. Intentó considerar otras posibilidades. De verdad lo intentó, pero una y otra vez terminaba imaginando al mismo hombre, un arquitecto brillante, insoportablemente perfeccionista y mucho más amable de lo que le gustaba admitir.
Y mientras se acomodaba bajo las mantas, An descubrió algo todavía más preocupante que aquellas cajas de comida. Cada vez le costaba más dejar de pensar en Edward Everly y eso comenzaba a parecerle mucho más peligroso que cualquier secreto que hubiera ocultado hasta entonces. Capítulo 6.
El arquitecto más imposible de Inglaterra. Con el paso de las semanas, la vida comenzó a encontrar un ritmo que Annie jamás habría imaginado cuando se presentó en aquella construcción disfrazada de su hermano. Cada mañana atravesaba la obra rumbo a la oficina mientras los obreros la saludaban al verla pasar, algo que todavía le resultaba extraño, considerando que poco tiempo atrás muchos de ellos apenas sabían quién era.
Buenos días, señorita Carter. Buenos días. El señor Everly sigue discutiendo por la posición exacta de cada lápiz todos los días. Me alegra saber que algunas cosas nunca cambian. Anie siempre terminaba sonriendo antes de continuar su camino. La construcción también parecía más alegre desde que Daniel había comenzado a trabajar allí.
Su hermano se había ganado rápidamente el respeto de todos, especialmente el de Murphy, que parecía encantado de haber descubierto al fin a un cárter capaz de distinguir correctamente una herramienta de otra. “Ve a ese muchacho, preguntó el capataz una mañana mientras observaba a Daniel trabajar. Así debería ser un obrero.
No empiece.” levanta Viga sin quejarse. Murphy, y jamás ha sostenido un martillo al revés. Murphy, solo digo que uno de los dos hermanos claramente recibió más sentido común. Daniel soltó una carcajada mientras Annie le dedicaba una mirada de advertencia. La verdad era que se sentía feliz. Su madre estaba completamente recuperada.
Daniel tenía un empleo estable y ella disfrutaba más de su trabajo de lo que estaba dispuesta a reconocer. Incluso había comenzado a esperar con cierta impaciencia las discusiones diarias con Edward, algo que probablemente no era una buena señal. Aquella mañana encontró un paquete sobre su escritorio y después de observarlo unos segundos, dirigió una mirada sospechosa hacia el arquitecto.
¿Qué es esto? Ábralo. Annie obedeció y descubrió un libro encuadernado en cuero. Es un libro de arquitectura. Sí. ¿Y por qué está sobre mi escritorio? Porque lo necesito fuera del mío. Qué casualidad. Una coincidencia extraordinaria. Annie abrió el libro y descubrió ilustraciones, diseños y explicaciones sobre estructuras que jamás había visto.
Pes precioso. Es útil. También es precioso. Me está regalando un libro. Lo estoy prestando. Parece nuevo. Lo es. Entonces no puede estar prestándomelo. Señorita Carter. No arruiné un gesto amable señalando detalles. Annie sonrió mientras acariciaba la cubierta. Gracias. Edward intentó seguir trabajando, aunque Annie alcanzó a ver una pequeña sonrisa antes de que él bajara la vista hacia sus documentos.
Aquellos regalos comenzaron a repetirse con frecuencia. A veces era un libro, otras veces un cuaderno de dibujo o algún instrumento relacionado con el trabajo. Edward siempre encontraba una explicación perfectamente razonable para cada uno de ellos. Edward siempre encontraba una excusa, que los libros le sobraban, que los lápices habían sido un error de compra, que los cuadernos ocupaban espacio.
Ninguna explicación resultaba creíble y ambos lo sabían. Pero Annie ya había aprendido que el arquitecto tenía la costumbre de esconder los gestos amables detrás de excusas absurdas. Mientras tanto, la misteriosa comida seguía llegando a casa de los Carter. Cada vez que aparecía una nueva entrega, Annie intentaba descubrir quién la enviaba.
Sin embargo, nadie parecía saber nada. Los repartidores siempre repetían exactamente la misma frase, asegurando que todo iba dirigido a la señora Carter y negándose a dar más explicaciones. “Definitivamente esto no viene de Murphy”, declaró mientras examinaba una caja de galletas. “¿Por qué no?” “Porque Murphy considera que una comida elegante es una papa cocida.
” Anie terminó riéndose. Aunque seguía sin tener pruebas, cada vez le costaba más creer que Edward no tuviera nada que ver con aquello. El problema era que pensar en Edward comenzaba a convertirse en una costumbre demasiado frecuente. Lo descubrió una tarde en que permaneció varios minutos observándolo trabajar sin darse cuenta.
El arquitecto estaba concentrado en unos planos y parecía completamente ajeno al mundo que lo rodeaba. An conocía ya aquella expresión. Era la misma que aparecía cada vez que resolvía un problema complicado o encontraba una solución especialmente brillante. Va a seguir mirándome mucho tiempo más. La voz de Edward la hizo sobresaltarse.
No lo estaba mirando. Claro que sí. No, señorita Carter. Lleva casi un minuto observándome. Quizá estaba observando la pared que tiene detrás. La pared no parece tan interesante. Depende de la pared. Edward negó lentamente con la cabeza. Definitivamente era más fácil cuando fingía ser un obrero.
Anie soltó una carcajada y fue precisamente en medio de aquella tranquilidad cuando apareció la invitación. Uno de los clientes más importantes de Edward organizaba una recepción para presentar oficialmente el proyecto de una nueva mansión. Como arquitecto principal, Edward debía asistir y, para sorpresa de Annie, insistió en que ella lo acompañara.
No creo que sea buena idea. ¿Por qué? Porque no pertenezco a ese tipo de reuniones. Va como mi secretaria. Eso no cambia nada, lo cambia todo. Annie intentó discutir, pero descubrió que convencer a Edward Everly de algo era casi imposible. La noche del evento confirmó todos sus temores. El salón estaba lleno de aristócratas, empresarios y miembros de algunas de las familias más importantes de Londres.
Annie intentó concentrarse en su trabajo, pero no pudo evitar sentirse fuera de lugar entre tantas personas elegantes. Durante un rato logró pasar desapercibida. Después apareció una mujer decidida a arruinarle la noche. Es usted la señorita Carter. Annie levantó la vista. Sí, qué interesante. He oído hablar de usted.
Aquello no sonó prometedor. La dama sonrió con aparente amabilidad. Me dijeron que empezó trabajando como obrero. Es cierto. Qué historia tan curiosa. Varias personas cercanas comenzaron a escuchar la conversación. Supongo que no es algo que se vea todos los días. No. Y ahora trabaja para el señor Everly. Sí. La mujer sonrió nuevamente.
Debo admitir que resulta fascinante. No todos los días una encuentra una secretaria que comenzó cargando ladrillos. Algunas personas soltaron risas discretas. Annie sintió que el rostro comenzaba a calentársele. No se avergonzaba de lo que había hecho, pero de pronto se sintió muy consciente de la distancia que existía entre aquel mundo y el suyo.
Fue entonces cuando escuchó la voz de Edward. La señorita Carter comenzó cargando ladrillos porque estaba intentando alimentar a una familia enferma cuando nadie más podía hacerlo. El silencio cayó inmediatamente sobre el grupo. Edward se acercó sin apartar la vista de la mujer. Personalmente, considero que eso demuestra más valor que muchas de las cosas que suelen admirarse en estos salones.
Nadie respondió. La sonrisa de la dama desapareció. Yo no pretendía ofenderla. Entonces eligió una manera muy desafortunada de expresarse. La conversación terminó allí. Minutos después, Annie salió al jardín para recuperar la calma. Necesitaba alejarse del ruido y ordenar sus pensamientos, pero no le sorprendió demasiado descubrir que Edward apareció poco después.
Caminaron unos pasos en silencio antes de que ella hablara. Gracias. No tiene que agradecer nada. Si tengo que hacerlo. Edward la observó unos segundos. No me gusta que la traten así. La respuesta fue tan simple y tan sincera que Annie sintió que el corazón comenzaba a latir más rápido. No debería importarle tanto. Tal vez Bedwa. Era la primera vez que pronunciaba su nombre. Ambos lo notaron.
Durante unos segundos, ninguno dijo nada. Finalmente, Edward soltó un largo suspiro. Añe, usted tiene la costumbre de complicarme la vida. Ella sonrió. Eso parece. Antes de conocerla, todo estaba perfectamente organizado. Eso suena aburrido. Lo era. Aquella respuesta la hizo reír y cuando Edward la observó, comprendió algo que llevaba semanas intentando ignorar.
Estaba enamorado profundamente, irremediablemente, y aquello era una noticia terrible, porque Annie Carter se había convertido en la persona más importante de su vida sin pedir permiso. Mientras regresaban al interior de la casa, Edward tomó una decisión. Ya no pensaba limitarse a observarla desde la distancia, porque si había algo que había aprendido de Annie, era que algunas cosas valían la pena incluso cuando parecían una completa locura.
Capítulo 7. La verdad salió a la luz. Todo ocurrió por culpa de Murphy. Annie apenas escuchó la conversación completa. No esperó explicaciones ni detalles y en cuanto comprendió lo que había ocurrido durante aquellos meses, salió prácticamente corriendo hacia la oficina. Abrió la puerta con tanta fuerza que Edward levantó la cabeza de inmediato.
La joven respiraba agitadamente, tenía los ojos brillantes y parecía estar haciendo un enorme esfuerzo por no llorar. Al verla así, toda la tranquilidad desapareció del rostro del arquitecto. Annie, ¿qué ocurrió? Ella no respondió. Edward se puso de pie inmediatamente y rodeó el escritorio con rapidez. ¿Está bien? ¿Alguien le hizo algo? Anie seguía observándolo en silencio mientras las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.
“¿Fue Murphy?”, preguntó él cada vez más preocupado. Edwa, ¿qué pasó? La angustia en su voz era tan sincera que Annie sintió que las lágrimas finalmente escapaban. Fue usted, Edward parpadeó. Fui yo que la comida. El silencio fue inmediato. Durante unos segundos, ninguno de los dos habló. Entonces, Edward comprendió exactamente a qué se refería.
Aie, ¿fue usted? Él abrió la boca, pero no llegó a responder. La expresión de su rostro bastó para darle la respuesta que necesitaba. Anie soltó una pequeña risa entre lágrimas. Fue usted, Edward parecía no saber qué decir. Yo, pero jamás terminó la frase. Antes de que pudiera hacerlo, Annie se lanzó directamente a sus brazos.
El arquitecto apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de sentirla abrazándolo con fuerza. Durante un instante permaneció inmóvil por la sorpresa, pero enseguida la rodeó con ambos brazos y la estrechó contra él. “Gracias”, susurró ella. Edward cerró los ojos. “No tiene que agradecerme.” “Claro que sí.” “No.” “Sí, Anie”.
La joven levantó la cabeza para mirarlo. Mi madre volvió a sonreír. Daniel recuperó las fuerzas y volvió a trabajar. Durante todo este tiempo pensé que había ocurrido un milagro. Edward la observó en silencio. No fue un milagro. No. Anie sonrió a través de las lágrimas. Fue usted.
Edward no tenía intención de soltarla. Lo comprendió varios segundos después. cuando descubrió que seguía sosteniéndola entre sus brazos sin el menor deseo de apartarse. Una parte razonable de su mente le decía que probablemente debería hacerlo, pero la parte que llevaba meses enamorada de Annie Carter ignoró aquella sugerencia por completo.
La joven levantó ligeramente la cabeza. Todavía tenía lágrimas en los ojos, aunque ahora también sonreía y aquella combinación resultó mucho más peligrosa que cualquier otra cosa. Dewa. No, Annie parpadeó. No, ¿qué? No me agradezca. Pero no. Ella soltó una pequeña risa. Es la primera vez que alguien se niega a aceptar un agradecimiento.
Porque no lo hice para que me agradeciera. La sonrisa de Annie se suavizó. Entonces, ¿por qué lo hizo? Edward la observó durante unos segundos. Aquella era la pregunta que había estado evitando durante meses y ya no quería seguir haciéndolo porque no soportaba verla preocupada, porque cada vez que llegaba a la oficina parecía más cansada que el día anterior, porque sabía que estaba intentando sostener sola el peso de toda una familia y porque me volvía loco la idea de que pudiera necesitar ayuda y no tenerla. Las lágrimas regresaron
inmediatamente a los ojos de Annie. No diga eso. ¿Por qué? Porque voy a llorar otra vez. Aquello arrancó una sonrisa auténtica a Edward, probablemente la más sincera que había tenido en años. Anie, llevo meses intentando comportarme como una persona razonable. ¿Y cómo le ha ido? Fatal. Ella soltó una carcajada y Edward sintió que el corazón se le encogía.
amaba aquella risa, amaba su sonrisa, sus discusiones absurdas sobre ventanas, las flores que habían invadido su oficina y hasta la manera en que conseguía alterar cada uno de sus planes. Estaba cansado de fingir que no era así. Cuando apareció en la construcción, pensé que era el peor obrero que había visto en toda mi vida.
Annie abrió la boca. Bedwa, déjeme terminar. Eso no está mejorando. Lo sé. Ella volvió a reír. Después descubrí que tampoco era una gran secretaria. Edward extraviaba documentos. Solo algunos. Derramó tinta sobre informes importantes. Fue una vez. Confundió tres proyectos distintos. Dos. Tres. Ani entrecerró los ojos. Si continúa por ese camino, terminaré pensando que está intentando insultarme.
Tenga un poco de paciencia. Estoy llegando a la parte importante. Beso, espero. Edward respiró profundamente. Por primera vez en mucho tiempo parecía verdaderamente nervioso. Lo que intento decir es que entró en mi vida como un desastre absoluto y aún así consiguió hacer algo que nadie había logrado jamás. La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Annie.
¿Qué cosa? Hacerme feliz. Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ambos. Edward apoyó una mano sobre su mejilla y la observó con una ternura que ya no intentaba ocultar. Antes de conocerla, mi vida estaba perfectamente organizada. Eso ya me lo había dicho y también le dije que era aburrida. Anie sonrió. Sí. Entonces llegó usted.
Llegó disfrazada de hombre, sosteniendo un martillo al revés y convirtiendo mi vida en un caos. Exactamente. Aquello hizo reír a ambos. Cuando el silencio regresó, Edward apoyó su frente contra la de ella. Estoy enamorado de usted, Annie Carter, y creo que lo estoy desde hace mucho más tiempo del que quiero admitir.
Las lágrimas volvieron a aparecer en los ojos de Annie. Aunque esta vez no intentó ocultarlas. Yo también estoy enamorada de usted. Edward cerró los ojos durante un instante. Aquellas palabras bastaban para hacerlo feliz durante el resto de su vida. Annie sonrió entre lágrimas y acarició suavemente su mejilla. Me enamoré del hombre que siempre fingía estar enfadado cuando en realidad tenía el corazón más bondadoso que he conocido.
Me enamoré del hombre que me dio una oportunidad cuando nadie más lo habría hecho, del hombre que escuchaba mis opiniones, aunque después discutiera conmigo durante media hora y del hombre que me prestaba libros que acababa de comprar. Eso nunca estuvo demostrado y también me enamoré del hombre que se enfadaba cada vez que Murphy me traía flores.
Edward suspiró. Eso tampoco está demostrado. Edward, está bien. Quizá un poco. La sonrisa de Annie se hizo más grande. Intenté no enamorarme de usted. ¿Y qué ocurrió? Usted siguió apareciendo todos los días. Aquella respuesta hizo que Edward se echara a reír antes de volverse completamente serio. Entonces, quizá debería hacer una última pregunta.
¿Cuál? ¿Quiere casarse conmigo? Las lágrimas aparecieron de nuevo. Sí, sí, sí, Edwa. Claro que sí. Y entonces fue Annie quien lo besó, porque después de todo lo que habían pasado, le parecía injusto hacerlo esperar un segundo más. Epílogo. 5 años después, Edward Everly estaba perdiendo una discusión. Otra vez.
Necesita una ventana más. No. Sí. No. Sí. Edward apoyó lentamente la pluma sobre el escritorio y observó a su esposa con la resignación de un hombre que ya conocía perfectamente el resultado de aquella conversación. Añ, esta casa ya tiene más ventanas que cualquier otra propiedad de Londres. Precisamente por eso es tan bonita.
Eso no es un argumento técnico, es un argumento excelente. Edward suspiró. Lo sabía. ¿Qué cosa? que no debería haberte enseñado arquitectura. La sonrisa de Annie se hizo más grande. La oficina donde discutían ya no era la pequeña habitación provisional de la construcción. Ahora ocupaba una luminosa estancia en una de las propiedades diseñadas por Edward, aunque muchas cosas seguían exactamente igual.
Los planos continuaban cubriendo los escritorios, los libros se acumulaban en los estantes y las flores seguían apareciendo misteriosamente en cada rincón disponible. Edward todavía afirmaba que había demasiadas. Nadie le creía, especialmente porque varias de ellas habían sido compradas por él.
La puerta se abrió en ese momento y Murphy apareció sin molestarse en llamar. Algunas cosas tampoco cambiaban nunca. Buenos días. ¿Por qué entra como si fuera dueño del lugar? Preguntó Edward. Porque llevo haciéndolo años y nadie me ha detenido. Eso no responde mi pregunta. Y además encontré a una señorita tratando de levantar un martillo.
Anie soltó una carcajada incluso antes de que Murphy terminara la frase. Un instante después apareció Daniel detrás de él cargando en brazos a una niña de 4 años que reía como si acabara de escuchar el mejor chiste del mundo. “Tío Murphy dice que puedo ayudar en la construcción”, anunció Alice.
“Eso explica muchas cosas”, murmuró Edward. La pequeña se retorció en brazos de Daniel y extendió los brazos hacia su padre. Papá. Edward se puso de pie inmediatamente. Alice Everly, espero que no haya intentado levantar herramientas otra vez. La niña lo observó con absoluta inocencia. Solo un poquito, Alice.

Pero la pequeña ya se había lanzado sobre él. Como ocurría siempre, todo el intento de regaño desapareció en cuanto ella rodeó su cuello con los brazos. Sabes perfectamente lo que haces, ¿verdad? Alice sonrió. Aquello fue suficiente para derrotarlo. Murphy se cruzó de brazos. La niña tiene más talento para negociar que todos nosotros juntos.
Lo heredó de su madre, respondió Edward. Eso lo tomaré como un cumplido. Dijo Annie. Daniel dejó escapar una risa. Durante aquellos años se había convertido en uno de los trabajadores más respetados de la empresa. Murphy lo consideraba prácticamente su mano derecha y todavía disfrutaba, recordándole a su hermana que él seguía siendo mejor utilizando herramientas.
“Por cierto, mamá quiere que vayamos a cenar el domingo. Estaremos allí”, respondió Annie. “¿Y quiere que alguien le explique por qué la nueva casa tiene 30 ventanas? Edward señaló inmediatamente a su esposa. Fue idea suya. Mentira. Fue completamente idea suya. Solo sugerí algunas. Anie, hay ventanas en habitaciones que no necesitan ventanas.
Todas las habitaciones necesitan ventanas. Murphy comenzó a reír antes incluso de que terminara la frase. Aquella discusión continuó varios minutos más y terminó exactamente igual que siempre. con Edward perdiendo. Cuando finalmente Daniel y Murphy se marcharon, Alice se trepó inmediatamente a la silla de su padre para examinar los planos que había sobre el escritorio.
“No toque eso”, advirtió Edward. La niña lo ignoró por completo. Alice. Ella fingió no escucharlo. Alice, estoy trabajando. Anie soltó una carcajada tan fuerte que tuvo que apoyarse en el escritorio. Definitivamente es tu hija. Eso es preocupante para ti, quizá. Finalmente, Alice volvió a concentrarse en los dibujos mientras Edward se acomodaba en uno de los sillones cercanos sin dejar de vigilarla.
Annie aprovechó para acercarse y sentarse sobre sus piernas. “¿Sabes una cosa?”, preguntó ella. Eso depende de lo que vayas a decir. Eres mucho más feliz que antes. Edward levantó la vista. Ah, sí, muchísimo más. No estoy seguro. Yo sí. El arquitecto permaneció en silencio durante unos segundos. La verdad era que Annie tenía razón.
Antes de conocerla, sus días habían sido ordenados, tranquilos y perfectamente previsibles. También habían sido terriblemente solitarios. Ahora las flores invadían su oficina, Murphy aparecía sin avisar. Daniel discutía sobre diseños como si fuera arquitecto desde hacía 20 años. Alice hacía exactamente lo que quería con él y el bebé que venía en camino lograba arrancarle suspiros cada vez que pensaba en el futuro y jamás había sido tan feliz.
Edward la abrazó un poco más cerca y apoyó una mano sobre la curva de su vientre. Añe sonrió al sentir el gesto y bajó la vista hacia su barriga de 5 meses antes de volver a mirarlo. La expresión de Edward era tan tierna que todavía conseguía acelerar su corazón. ¿Qué ocurre? Preguntó ella. Nada. Mentiroso. Quizá estaba pensando. Eso es peligroso.
Muy graciosa. Annie sonrió y se inclinó para besarlo suavemente. ¿Qué fue eso?, preguntó Edward cuando se separaron. Nada. Mentira. Quizá estaba agradeciendo algo. ¿Qué cosa? Annie apoyó una mano sobre su mejilla. Que el arquitecto más terco de Inglaterra decidiera darme trabajo aquel día. Edward soltó una pequeña risa.
Yo recuerdo a una persona completamente distinta. Ah, sí, sí. Recuerdo al peor obrero que ha pisado una construcción. An fingió indignación. Voy a recordarte toda la vida que terminé siendo mejor arquitecta que tú. Eso jamás ocurrirá. Ya veremos. La discusión continuó mientras abandonaban la oficina juntos con Alice corriendo delante de ellos y hablando sin parar sobre la enorme casa que algún día pensaba construir.
Y si alguien hubiera pasado por allí en ese momento, habría visto exactamente lo mismo que veían todos los días, a un arquitecto brillante, a una mujer que había puesto su mundo de cabeza, a una niña que gobernaba ambos con una sonrisa y a una familia que había nacido gracias a una decisión desesperada, un corte de cabello improvisado y una mentira que jamás debió funcionar.
Después de todo, gracias a una ventana, una oficina llena de flores y una joven que una vez sostuvo un martillo al revés, Edward y Annie habían encontrado algo mucho más valioso que cualquier edificio. Habían encontrado un hogar. Bueno, creo que ya quedó bastante claro que Annie Carter era capaz de hacer cualquier cosa por su familia, incluso cortarse el cabello, disfrazarse de su hermano y convertirse en el peor obrero que había visto Edward Everly en toda su vida.
Y hablando de eso, les voy a contar cómo surgió esta historia. La verdad es que hacer una novela diaria no siempre es tan sencillo como parece. Hay días en los que las ideas llegan solas y otros en los que me quedo mirando la pantalla pensando, “¿Y ahora qué escribo?” Así que muchas veces termino haciendo algo muy poco romántico.
Voy a buscar información. En este caso me puse a investigar los empleos que existían en la época victoriana y cuando encontré la profesión de arquitecto pensé inmediatamente, “Perfecto, ya tengo protagonista.” El problema era encontrar a la protagonista porque necesitaba una razón para que estuviera cerca de él todo el tiempo.
Así que seguí buscando profesiones de la época y cuando encontré a los obreros de construcción, literalmente pensé, “Bingo!” Y así nació Annie, una joven que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por su familia, porque después de todo el cabello vuelve a crecer y además era demasiado valiente para quedarse sentada esperando que alguien la rescatara.
Creo que también hay un poquito de mí en algunas partes de esta historia, no porque me haya disfrazado de obrero, por supuesto, pero sí porque entiendo perfectamente la emoción de los cuadernos nuevos, los lápices, los colores y los libros. Aunque soy diseñadora gráfica, sigo sintiendo exactamente la misma felicidad que cuando era niña cada vez que entro en una librería.
De hecho, si me preguntaran ahora mismo, Carmen, ¿quieres ir a una zapatería o a una librería? Me voy a la librería sin pensarlo dos veces. Y si además pasamos por una panadería, bueno, ya no necesito nada más por hoy. Antes de despedirme, quiero darles las gracias por estar aquí, por acompañarme día tras día y por ayudarme a hacer crecer poquito a poquito este canal que comenzó como una simple idea y terminó convirtiéndose en algo que quiero muchísimo, porque la verdad es que terminé enamorándome no solo de mis historias, sino también de todos los
mensajes tan bonitos que me dejan, de las personas que regresan cada día y de esta pequeña comunidad que hemos construido juntos. Espero de corazón que esta historia les haya sacado aunque sea una pequeña sonrisa. Como siempre les digo, mis historias no son perfectas, pero están hechas con muchísimo cariño y para mí eso las hace especiales.
Y si conocen a alguien que necesite una sonrisa, un momento de distracción o simplemente una historia bonita para terminar el día, no dejen de compartirle este canal. A veces una pequeña historia llega justo en el momento en que alguien más la necesita. Les mando un abrazo enorme. Carmen postdata, si soy completamente sincera, estoy escribiendo este cierre bastante emocionada y tratando de no llorar.
Siempre quiero encontrar la forma de agradecerles todo el cariño que me dejan y lo mucho que significa para mí que estén aquí acompañándome. Mis hermanas siempre dicen que soy una llorona y la verdad es que tienen razón. Siempre he sido así. O me río muchísimo o lloro por todo.