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El secreto que CANTINFLAS se llevó a la tumba y que aún inquieta a México

Pero la mansión de Cantinflas era diferente. Todo comenzó cuando Villanueva recibió una carta anónima. Venía sin remitente, escrita en papel blanco sin membrete, con una caligrafía apretada y nerviosa que sugería que quien la escribió lo hizo con prisa o con miedo. La carta decía lo siguiente, y esto Villanueva lo recordó por el resto de su vida.

Si quieres saber qué esconde Cantinflas en Acapulco, pregunte a los que trabajan por las noches en la orilla del mar. Pregunte por lo que entra cuando todos duermen. Pregunte, pero no se acerque demasiado. Hay cosas que es mejor ver desde lejos. La carta estaba sin firma. Villanueva tardó tres días en decidir si ignorarla o seguirla.

Al final, como era de esperarse en un hombre de su temperamento, hizo su maleta, tomó el autobús de primera clase que salía de Taxqueña y llegó a Acapulco una mañana de martes cuando el sol apenas despuntaba sobre el cerro del veladero. Lo primero que hizo fue buscar alojamiento lejos de la zona hotelera. Rentó un cuarto modesto en la colonia Lagarita, cerca del mercado, donde los turistas no llegaban y donde la gente del lugar vivía su vida cotidiana.

sin los adornos que el puerto mostraba a los visitantes. Desde ahí comenzó su investigación de la manera más discreta posible, conversando, “En México, si uno sabe escuchar, tarde o temprano la gente habla.” Fue en una taquería de la calle 5 de Mayo, donde conoció a un hombre que dijo llamarse Rodrigo.

Tendría unos 50 años, manos de trabajador, una cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda. trabajaba como jardinero en varias de las propiedades que los ricos de la capital tenían en Acapulco y decía conocer el puerto como la palma de su mano. Cuando Villanueva, fingiendo simple curiosidad turística, mencionó que le gustaría ver la mansión de Cantinflas, Rodrigo lo miró de un modo raro. No una mirada de desconfianza.

Era algo diferente. Era la mirada de alguien que recuerda algo que preferiría olvidar. ¿Para qué quiere verla?, preguntó Rodrigo. Curiosidad no más, dijo Villanueva. Todo el mundo habla de que es muy bonita. Rodrigo asintió despacio y mordió su taco. Pasaron varios segundos antes de que volviera a hablar.

Es bonita, dijo al fin, pero tiene cosas que uno no se explica. Villanueva puso el taco en el plato y se recostó ligeramente en la silla como quien no tiene ningún interés especial en el tema. ¿Qué tipo de cosas? Rodrigo lo miró de nuevo, luego miró hacia los lados, luego volvió a su taco. Sonidos, dijo, por las noches, sonidos que uno no espera escuchar en una propiedad como esa.

Y no dijo más, pero fue suficiente para que Ernesto Villanueva supiera que había llegado al lugar correcto. En los días siguientes, el reportero construyó pacientemente una red de informantes. habló con un vigilante nocturno que patrullaba la zona de las brisas. Habló con una lavandera que trabajaba para varias de las casas grandes de la bahía.

habló con un marinero retirado que vivía a tres cuadras del mar y que aseguraba haber visto en más de una ocasión algo que no supo cómo describir. Todos coincidían en una cosa. En la mansión de Cantinflas, de noche ocurrían cosas que nadie explicaba, nadie decía qué cosas, nadie quería ser específico.

Pero la consistencia del rumor, el hecho de que personas distintas que no se conocían entre sí dijeran exactamente lo mismo con las mismas palabras de evasión, le decía a Villanueva que había algo real detrás de todo aquello. La pregunta era, ¿qué? Y la respuesta, una respuesta que nadie habría podido imaginar.

Vendría de un lugar completamente inesperado. Pero eso ocurriría después, mucho después. cuando ya fuera demasiado tarde para que Villanueva se echara para atrás. La mansión estaba situada en un promontorio discreto, no en la zona más visible de la bahía, sino ligeramente apartada, en un terreno que descendía en terrazas hacia el mar.

Desde la calle, lo único que se veía era una barda alta de piedra volcánica, enredaderas que la cubrían parcialmente y una reja de hierro negro coronada por puntas ornamentales. El nombre de la propiedad no estaba escrito en ningún lado, no hacía falta. Todos en el puerto sabían de quién era. Ernesto Villanueva pasó tres mañanas caminando por los alrededores.

A distancia prudente, con la actitud despreocupada del turista que explora sin rumbo fijo. Tomaba notas mentales, observaba los ritmos de la propiedad, a qué hora llegaban los proveedores, cuántos trabajadores entraban y salían, cuándo se abría la reja y cuándo permanecía cerrada. Lo que notó le pareció en un primer momento completamente ordinario y sin embargo había una cosa que no encajaba.

Todos los días sin excepción llegaba un camión. No un camión de reparto común, sino un vehículo de carga mediano con la caja cerrada, sin logotipos ni señales identificatorias. Llegaba siempre entre las 11 de la mañana y el mediodía. Permanecía dentro de la propiedad entre 40 minutos y una hora. Luego salía. Nunca el mismo camión dos días seguidos, pero siempre el mismo tipo de vehículo, el mismo horario, la misma rutina, como si alguien se hubiera esmerado en que no hubiera un patrón demasiado obvio, pero sin poder evitar que el patrón existiera. Villanueva

preguntó a Rodrigo el jardinero, “¿Y ese camión qué trae?” Rodrigo tardó en responder. “Cosas para los tanques.” Dijo al final, “¿Qué tanques?” Una pausa larga, los tanques de adentro y cambió el tema. Fue entonces cuando Villanueva comenzó a entender que el misterio de la mansión de Cantinflas no era de los que se resolvían haciendo preguntas directas, era del tipo que se iba revelando solo lentamente, cuando uno tenía la paciencia suficiente para esperar que la realidad se mostrara por sí misma. decidió cambiar de estrategia.

En lugar de buscar informantes que le contaran lo que ocurría adentro, empezó a preguntar por las noches, por lo que se escuchaba, por lo que se veía desde afuera cuando la oscuridad lo cubría todo y la bahía brillaba con sus propias luces. Una mujer que vendía pan en una esquina cercana le dijo algo que se le quedó grabado.

De noche se escucha el agua, pero no el agua del mar. Es otra agua más tranquila, como si hubiera una laguna adentro que no se ve desde afuera. Villanueva le preguntó si eso le parecía extraño. La mujer se encogió de hombros. Todo lo que tiene ese señor es extraño, pero es su dinero. Uno no tiene por qué meterse en lo que no le importa.

Nadie quería meterse. Ese era el problema. Y ese miedo colectivo a involucrarse era paradójicamente lo que hacía el rumor más interesante. Cantinflas era en esos años un hombre con un poder que iba mucho más allá de sus películas. Era dueño de bienes raíces en la Ciudad de México.

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