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El peor Hombre de María Félix que marcó su vida para siempre

Algunos querían ser vistos con ella para subir su propio prestigio. Otros querían conquistarla para alimentar su ego. Los más peligrosos querían poseerla. Como se posee un cuadro valioso que se cuelga en la pared para que los invitados lo admiren. María los veía venir desde lejos con esa intuición que tienen las mujeres que han aprendido a leer las intenciones de los hombres como quien lee el pronóstico del tiempo.

Y cerraba las puertas antes de que tocaran. Sonreía, seducía, deslumbraba y se iba. Siempre se iba antes de que la cosa pasara de superficie, hasta que conoció a alguien que ni siquiera intentó tocar la puerta. Su nombre era Adolfo, aunque todos lo llamaban el negro. No por su piel, que era morena clara, del color de la tierra de Oaxaca después de la lluvia, sino por algo en su mirada, una profundidad que incomodaba, que hacía sentir que ese hombre estaba viendo algo que los demás no podían ver, como si tuviera un telescopio apuntado hacia dentro de las personas y pudiera

leer lo que estaba escrito en la parte de atrás del alma, donde nadie se molesta en mentir porque supone que nadie va a llegar tan lejos. No era actor, no era director, no era productor ni político ni heredero de ninguna fortuna familiar, era pintor. Aunque decir simplemente pintor era como decir que el mar es simplemente agua.

Sus cuadros no decoraban paredes, las habitaban. Había algo en su trazo que parecía hecho de rabia contenida y ternura secreta. Una combinación que ningún crítico de arte de la época supo explicar del todo bien, porque para explicarla había que haberla sentido y los críticos de arte rara vez se permiten sentir lo que están analizando.

Tenía 34 años, un estudio en la colonia Santa María la Ribera, que olía permanentemente a Trementina y a Café Viejo. pocos muebles, muchos libros apilados en el suelo y en las repisas y encima de la mesa de trabajo y una reputación que era exactamente opuesta a la de María. Si María era el imán que atraía todo hacia sí con una fuerza que parecía desafiar la física, Adolfo era el punto fijo que no se movía por nada ni por nadie. Lo conoció en una fiesta.

Era un viernes de octubre de 1940 en la casa de un director de cine en la colonia Polanco, una de esas casas enormes con jardín interior y fuente de cantera, donde cada viernes se reunía lo más brillante y lo más escandaloso de la Ciudad de México. Actores, directores, pintores, escritores, políticos que se hacían pasar por intelectuales e intelectuales que se hacían pasar por personas normales.

El tequila corría con la misma facilidad que los chismes y el humo de los cigarrillos formaban nubes que se confundían con las conversaciones. María llegó tarde como siempre, porque llegar tarde era una forma de poder que ella había perfeccionado hasta convertirla en arte. Llegar tarde significaba que la fiesta no empezaba realmente hasta que ella aparecía y todos lo sabían.

Cuando entró el salón hizo lo que siempre hacía cuando ella aparecía. Se congeló. 40 personas dejaron de hablar simultáneamente como si alguien hubiera apretado el botón de pausa en una película. Los ojos se fueron hacia ella como limaduras de hierro hacia un imán. Las mujeres la midieron con esa mezcla de envidia y fascinación que María provocaba en su género.

Los hombres simplemente se quedaron sin aire. vestido negro, largo, ceñido en la cintura, escote que sugería sin mostrar, que era infinitamente más peligroso que mostrar. Aretes de esmeralda que su amiga Frida Calo le había ayudado a elegir en una joyería del centro la semana anterior. El cabello recogido de esa manera que solo María lograba, como si no le hubiera costado ningún esfuerzo, pero que en realidad requería una hora de trabajo meticuloso frente al espejo.

Y los ojos, siempre los ojos, esos ojos que hacían que los hombres se sintieran simultáneamente elegidos y condenados. Pero hubo un hombre que no se congeló, que no levantó la vista de su copa de mezcal, que siguió hablando con la persona que tenía al lado como si nada hubiera cambiado en la habitación, como si María Félix fuera simplemente una persona más entrando a una fiesta, lo cual, para cualquiera que tuviera ojos, era evidentemente falso.

María lo notó de inmediato, precisamente porque no la notó a ella. Era como encontrar un punto ciego en un espejo que siempre te había devuelto una imagen perfecta. Disconcertant, irritant, magnetico. Se acercó. Era inevitable. María Félix no perseguía a los hombres. Eso era un principio que había establecido como ley personal desde los 20 años y que no había roto jamás.

Pero ese principio tenía una excepción tácita, una cláusula secreta que María no habría admitido ante nadie. Los hombres que parecían no necesitarla. Esos la fascinaban de una manera que ella misma no se terminaba de explicar porque desafiaban el orden del universo tal como ella lo entendía. Se paró a su lado Sparrow.

El hombre siguió hablando con un escritor sobre algo relacionado con la luz natural en los cuadros de Velázquez. María tosió levemente. Nada. Finalmente dijo su nombre. María Félix. con esa voz grave y perfecta que había hipnotizado a medio México desde las pantallas de los cines, el hombre la miró. Sus ojos eran oscuros, tranquilos, sin el brillo nervioso que ponían todos los demás cuando se encontraban con ella, sin la dilatación de las pupilas que María había aprendido a reconocer como señal de deseo, sin la sonrisa automática de

quien siente que acaba de ganar algo sin haber comprado boleto. “Sí”, dijo, “ya sé quién eres.” Y siguió hablando con el escritor sobre Velázquez. María sintió algo que no sentía desde los 12 años. Desde aquella vez en Álamos, cuando un niño del pueblo le dijo que su cara le daba miedo y ella tuvo que irse corriendo a su casa para que nadie la viera llorar, sintió que la habían ignorado y, en lugar de indignarse, como habría sido lo esperable, lo lógico, lo que cualquier versión de sí misma hubiera hecho en cualquier otro momento

de su vida, sintió una curiosidad tan intensa que casi le dolía en el centro del pecho, como un anzuelo que alguien acababa de clavar en un lugar que ella no sabía que existía. Esa noche, antes de irse buscó al anfitrión de la fiesta. Lo encontró en la cocina sirviendo más tequila. “Quiero saber todo sobre ese hombre”, le dijo señalando hacia la esquina donde Adolfo seguía en el mismo rincón.

Copa en mano, ajeno al mundo que giraba a su alrededor con la misma indiferencia con la que la luna ignora las mareas que provoca. El anfitrión sonrió con esa sonrisa de quien sabe que acaba de presenciar algo histórico y que probablemente va a terminar mal. Cuidado, María”, le dijo en voz baja.

“Ese hombre le ha roto el corazón a mujeres mucho más preparadas que tú para ese tipo de dolor.” María lo miró fijo con esos ojos que podían convertir a cualquier hombre en ceniza si se concentraba lo suficiente. Soltó una carcajada corta, seca, como el chasquido de un fósforo. “Yo no tengo corazón que romper”, respondió y salió a la noche convencida de que era verdad.

No lo era. Si alguna vez conociste a alguien que cambió la manera en que te mirabas al espejo, sabes lo que vino después para María. Y si esa persona ya no está, si se fue como se van las cosas que más importan, en silencio y sin dar explicaciones suficientes, entonces esta historia es para ti. Quedate.

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