El 22 de mayo de 1998, las autoridades de la Ciudad de México ingresaron a un departamento ubicado en la colonia Culhuacán, al sur de la capital. Lo que encontraron en su interior fue documentado por la prensa de la época utilizando el lenguaje esquivo característico de los años noventa, un código velado para no llamar a las cosas por su nombre. La escena era a todas luces brutal: un hombre semidesnudo, estrangulado y con evidentes indicios de violencia física y sexual.

La respuesta de las autoridades fue tan rápida como negligente. La policía catalogó el hecho como un simple “asalto”, nadie fue arrestado, el caso jamás fue esclarecido y el país, simplemente, pasó a otra cosa. Así fue como el sistema decidió poner punto final a la historia del hombre que, apenas en 1986, había abarrotado el majestuoso Palacio de los Deportes con más de 32,000 almas, dejando a miles más en las calles anhelando entrar. Ese hombre era Tony Barrera, el DJ que hizo que México descubriera el High Energy, el genio musical que llevó el concepto sonidero de PolyMarchs desde un modesto estacionamiento hasta los escenarios de Los Ángeles, Nueva York y Chicago.
Tenía tan solo 34 años cuando su vida fue apagada violentamente. Sin embargo, detrás de la fachada de un “asalto común” se esconde una oscura verdad sobre cómo operaba la justicia en la Ciudad de México de los noventa. Esta es la historia completa de Marco Antonio Silva de la Barrera, el ascenso de un gigante de la música electrónica y el escandaloso encubrimiento de un crimen de odio que, hasta el día de hoy, clama por justicia.
De Puerto Ángel al Estrellato: El Nacimiento de un Showman
Marco Antonio Silva de la Barrera nació el 13 de octubre de 1963 en Puerto Ángel, un pequeño y pintoresco rincón en la costa del Pacífico del estado de Oaxaca. Desde muy temprana edad, a los 7 años, demostró poseer ese magnetismo innato que caracteriza a las grandes estrellas, organizando teatros de títeres para entretener a los niños de su barrio. Aquel niño que fascinaba a su pequeña audiencia oaxaqueña sería el mismo adulto que años después haría vibrar a multitudes masivas en la capital.
Como muchos jóvenes con talento pero sin recursos en los estados del sur, Tony emigró a la Ciudad de México durante la década de los setenta. En ese entonces, la capital era un hervidero cultural al que llegaban, con algunos meses de retraso, las tendencias de la música disco y electrónica desde Estados Unidos y Europa. Tony se integró al colectivo PolyMarchs —fundado por el ingeniero Apolinar Silva de la Barrera— cuando apenas tenía 15 años. Su conexión con el público fue mágica e inmediata. No era solo un operador de tornamesas; era un verdadero “showman”, un coreógrafo deslumbrante que bailaba, leía las emociones de la gente y convertía la cabina de sonido en un escenario de proporciones épicas.
La Explosión del High Energy y el Fenómeno PolyMarchs
El High Energy mexicano no nació en las exclusivas discotecas de la Zona Rosa, sino en los espacios populares: los estacionamientos, las canchas de básquetbol y los salones sindicales de Iztapalapa, Ciudad Nezahualcóyotl y el oriente de la capital. Fue en estos lugares donde Tony Barrera y PolyMarchs comenzaron a transformar recintos ordinarios en verdaderos templos de liberación y baile.
Para 1986, el fenómeno era imparable. El evento en el Palacio de los Deportes superó cualquier expectativa lógica. Con más de 32,000 asistentes en un recinto abarrotado hasta el sobrecupo y miles de personas escuchando desde la calle, quedó demostrado que lo de Tony no era un movimiento de nicho, sino la cultura popular masiva de toda una generación. El Toreo de Cuatro Caminos, el Hotel de México y el Centro de Convenciones de Acapulco se rindieron ante su talento.
Un Éxito que Traspasó Fronteras
El impacto de Tony Barrera no se limitó al territorio nacional. PolyMarchs cruzó fronteras hacia los mercados de la comunidad latina en Estados Unidos, encendiendo pistas de baile en Los Ángeles, Chicago y Nueva York. Además, su destreza en la producción musical alcanzó niveles de internacionalización inusuales para un artista mexicano de su época.

Su tema “Duri Duri”, coproducido con el brasileño Alan Coelo para el grupo Click, llegó a las disqueras del mercado europeo, recibiendo mezclas de los reconocidos productores italianos Mauro Farina y Juliano Cribellente. Tony Barrera demostró que el talento surgido desde los barrios populares de México tenía la calidad suficiente para competir en las grandes ligas de la música electrónica global.
La Doble Vida: El Secreto a Voces en una Sociedad Conservadora
El High Energy tiene sus raíces profundamente ancladas en la comunidad LGBTQ+ de San Francisco y Nueva York a finales de los años setenta. Pioneros del género como Patrick Cowley y Sylvester crearon esta música trepidante en clubes donde los hombres homosexuales encontraban la libertad que la sociedad les negaba. Cuando el género llegó a México, fue adoptado por un mercado masivo que, en su mayoría, ignoraba o elegía ignorar estos orígenes.
Tony Barrera vivía en el centro de esta fascinante paradoja. Por un lado, era el ídolo indiscutible de las masas, el DJ de los barrios populares que hacía bailar a familias enteras. Por el otro, era un hombre que pertenecía a la comunidad LGBTQ+, un hecho que sus seguidores y su círculo cercano conocían y respetaban, aunque no se discutiera abiertamente debido al clima machista y conservador del México de los ochenta y noventa. Los eventos de PolyMarchs eran su refugio, el único lugar donde podía existir plenamente sin ser juzgado por las categorías excluyentes del mundo exterior.
La Noche del Crimen: Un Asesinato Disfrazado de Asalto
La tragedia golpeó el 22 de mayo de 1998. El departamento de Tony en Culhuacán se convirtió en el escenario de un crimen atroz. A sus 34 años, en la cúspide de su carrera, su vida fue arrebatada. Los vecinos reportaron haber visto a tres personas conocidas por Tony entrando a su domicilio esa misma noche.
Cualquier investigación forense competente habría notado de inmediato que las circunstancias del hallazgo —un hombre semidesnudo, estrangulado y con marcas de violencia sexual— no coincidían en absoluto con un robo común. Los asaltos no requieren desnudar a la víctima ni suelen dejar ese tipo de agresiones íntimas. Sin embargo, la policía cerró filas.
