Jacobo Zabludovsky es, sin lugar a dudas, la figura más emblemática y polémica en la historia del periodismo televisivo en México. Durante casi tres décadas, su rostro fue la ventana a través de la cual millones de mexicanos miraban el mundo. Su voz, medida y solemne, marcaba la agenda de lo que existía y lo que no existía en el país. Sin embargo, detrás de esa figura legendaria que narró el terremoto de 1985 y que se presentaba como un pilar de la respetabilidad, existía un secreto asqueroso. Un pacto silencioso de lealtad absoluta al régimen político en turno que no solo torció la verdad de una nación entera, sino que terminó devorando y destruyendo la vida de su propia familia, especialmente la de su hijo, Abraham Zabludovsky.
Para entender la magnitud de esta traición, tanto periodística como familiar, es necesario hacer un viaje a las entrañas del poder en México, a los pasillos oscuros de Televisa y a los sótanos de la residencia presidencial de Los Pinos, donde se decidía el destino de más de cincuenta millones de espectadores.
La historia de Zabludovsky comienza mucho antes de las cámaras y los micrófonos. Nacido en 1928 en el seno de una familia de inmigrantes polacos de origen judío que llegó a México huyendo del antisemitismo europeo, Jacobo aprendió su pri
mera y más valiosa lección en la colonia Roma de los años treinta: el silencio es la clave de la supervivencia. En un México posrevolucionario donde ser extranjero y judío implicaba estar siempre al margen, su familia prosperó bajando la cabeza y agradeciendo a quienes detentaban el poder.
Jacobo interiorizó esta dinámica. Entendió, con una lucidez escalofriante para su edad, que el poder en México no se conquistaba con la rebeldía, sino que se administraba con la obediencia. Mientras estudiaba Derecho en la UNAM, su verdadera pasión lo llevó a la radio. Allí se dio cuenta de un patrón innegable: los periodistas que criticaban al gobierno desaparecían del medio; los que callaban, ascendían; y los que ayudaban activamente al régimen, se hacían millonarios. Zabludovsky tomó una decisión consciente que marcaría el destino de su sangre: decidió ayudar al poder.
El Pacto con el Gobierno: El Funcionario Disfrazado de Periodista
En 1958, una llamada telefónica desde el gabinete del presidente Adolfo López Mateos cambió el rumbo del periodismo nacional. Identificaron a Jacobo como un joven ambicioso que “entendía el juego”. En cuestión de meses, aceptó un nombramiento que mantuvo oculto a las masas: se convirtió en coordinador de radio y televisión de la Presidencia de la República. Mientras el país encendía sus televisores para escuchar las “noticias objetivas” en Telesistema Mexicano (hoy Televisa), el hombre frente a la cámara cobraba un sueldo del gobierno.
Jacobo no era un periodista que se había vendido al sistema; era un engranaje creado por y para el sistema. Su papel se volvió tan fundamental que los opositores de Gustavo Díaz Ordaz llegaron a apodarlo “el ministro sin cartera”. Decidía qué se sabía y qué se ignoraba, forjando un monopolio de la verdad que nadie podía desafiar.
La Sangre Derramada y la Corbata Negra
La prueba de fuego de su lealtad llegó el 2 de octubre de 1968. Tras la brutal masacre de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, el régimen necesitaba encubrir uno de los peores crímenes de Estado del siglo XX. Zabludovsky cumplió su parte del trato. Leyó un guion oficial que minimizaba la tragedia, ocultando los testimonios de las víctimas y las cintas que documentaban los disparos del ejército. Su única muestra de rebeldía fue presentarse al aire con una discreta corbata negra, un gesto que enfureció al mismísimo Díaz Ordaz, quien lo reprendió por teléfono.

Con el nacimiento del noticiero “24 Horas” en 1970, su control se volvió total. A partir de entonces, y mientras el país se desangraba durante el “Halconazo” de 1971 y la posterior Guerra Sucia —donde cientos de jóvenes fueron torturados y desaparecidos— Zabludovsky iniciaba sus transmisiones con una frase que se convirtió en el símbolo de la manipulación mediática: “Hoy fue un día soleado”. Las madres buscaban a sus hijos desaparecidos, pero para los televidentes de Jacobo, en México no pasaba nada. Recibía diariamente sobres amarillos con instrucciones precisas de Emilio Azcárraga Milmo y de Los Pinos. Calló fraudes electorales, encubrió el asesinato de periodistas como Manuel Buendía y suavizó masacres, todo a cambio de un estatus intocable.
La Carga del Heredero: El Delfín que Nunca Fue Rey
Mientras Jacobo construía este imperio de mentiras a nivel nacional, en su hogar crecía quien estaba destinado a heredar su trono: su hijo mayor, Abraham Zabludovsky. Educado en los pasillos de Televisa, Abraham aprendió a leer un teleprompter antes que muchos libros. Se formó rigurosamente para suceder a su padre, asumiendo la conducción de espacios vespertinos y creando proyectos editoriales como la revista “Época”. Sin embargo, Abraham nunca pudo brillar por sí mismo; siempre estuvo a la sombra de la inmensa figura paterna y de un apellido que comenzaba a apestar a complicidad gubernamental.
Todo culminó de manera trágica en el año 2000. Con la inminente salida del PRI de la presidencia y el ascenso de Vicente Fox, Televisa comprendió que necesitaba limpiar su imagen. Cuando llegó el momento de que Jacobo se retirara y cediera la batuta de “24 Horas” (o su equivalente estelar) a su hijo, Emilio Azcárraga Jean tomó una decisión tajante: la silla no sería para Abraham Zabludovsky. Se la entregaron a Joaquín López-Dóriga. La empresa consideró que el apellido Zabludovsky estaba demasiado contaminado por el régimen saliente. Abraham vio cómo el trabajo de toda su vida y su herencia prometida se desmoronaban en un instante, viéndose obligado a presentar su renuncia irrevocable.
La Cinta de la Traición
La versión oficial afirmó que Jacobo renunció a Televisa en un noble acto de solidaridad con su hijo. Sin embargo, las investigaciones y los testimonios de exejecutivos revelan una verdad mucho más siniestra y dolorosa. Existía una grabación oculta de los años ochenta en la que Jacobo Zabludovsky negociaba su propia protección y permanencia en la cima a cambio de sacrificar el futuro directivo y estelar de Abraham. El padre vendió el destino de su propio hijo para mantener su prestigio intacto hasta el final de sus días. Abraham se preparó durante décadas para ocupar un lugar que, a sus espaldas, su propio padre ya había entregado.
El Karma y la Ironía en una Cama de Hospital
Los pecados del padre cayeron sobre los hombros del hijo. Tras la ruptura en el año 2000, Abraham intentó reinventarse sin éxito. Su espíritu se quebró, y esa fractura pareció materializarse en el año 2018. En septiembre de ese año, tres años después de la muerte de Jacobo, la familia Zabludovsky tuvo que emitir un desesperado llamado a la opinión pública mexicana. Abraham se encontraba postrado en una cama del hospital ABC en la Ciudad de México, luchando por su vida y necesitando donadores de sangre urgentes.

La ironía es escalofriante. El hijo del hombre que durante treinta años le mintió a México, encubriendo matanzas y engañando a la población todas las noches, tuvo que recurrir a ese mismo pueblo, a las mismas familias que su padre desinformó, para pedirles su sangre y poder sobrevivir. Jacobo firmó un pacto con el diablo para ser el rey de las noticias, pero fue Abraham quien terminó pagando la factura más alta. Es una historia de ambición y ceguera moral que demuestra, de la manera más cruda, cómo el poder mal habido no solo pudre a las naciones, sino que termina destrozando y humillando a las propias familias que creyeron poder controlarlo.