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“¡Dejen ir al viejo!” —ordenó Jack Lightning a los amos de Deadwood.

El que se negaba terminaba con una soga al cuello o una bala en la nuca. Sus hombres, Drego, el más cruel de todos, Cebo el joven salvaje, y los demás, recorrían las calles al atardecer con rifles al hombro, riendo de las lágrimas de las viudas. En medio de aquel infierno vivía Esteban Mora, un anciano de 68 años de piel arrugada por el sol del desierto.

Hacía años que había llegado desde las sierras de Chihuahua con sus ahorros y su sueño. Con sus propias manos y el sudor de su frente levantó la única escuela del pueblo, un edificio modesto de adobe y madera donde 16 niños aprendían a leer, a sumar y, sobre todo, a no convertirse en animales como los que los rodeaban.

Esta escuela es de los niños. No tuya”, le había dicho Esteban con voz firme cuando Van envió a dos de sus hombres a exigirle la llave. Tres días después, el castigo llegó. Era una mañana calurosa. El sol pegaba fuerte sobre la calle principal. Esteban Mora fue arrastrado fuera de su casa por cuatro hombres de van.

Lo tiraron de rodillas en medio del polvo con las manos atadas a la espalda. Drego, con su sombrero negro inclinado y una sonrisa torcida, le puso el cañón del revólver en la nuca. Última oportunidad, viejo cabrón. La escuela ahora es de don Aurelio. Di que sí y te dejamos vivir como perro. Esteban levantó la cabeza.

Sus ojos, aunque llenos de lágrimas, brillaban con una dignidad que no se doblegaba. Antes muerto, murmuró. Drego soltó una carcajada y amartilló el arma. Los otros pistoleros formaron un semicírculo disfrutando el espectáculo. Algunos vecinos miraban desde las ventanas, pero nadie se atrevía a salir. El miedo era más espeso que el polvo.

En ese preciso instante, el sonido de cascos lentos resonó al final de la calle. Un jinete alto, vestido de negro, montado en un caballo a zabache de cren salvaje, avanzaba sin prisa. El animal se llamaba Trueno y parecía tan peligroso como su dueño. Jack Relámpago detuvo la montura a 20 m del grupo.

Desmontó con movimientos fluidos, casi perezosos, y comenzó a caminar hacia ellos. Sus espuelas sonaban como una cuenta regresiva. Drego levantó la vista. ¿Quién chingados eres tú? Jack no contestó de inmediato, siguió avanzando. Su mano derecha colgaba cerca del col que llevaba abajo, pero no lo tocaba. Sus ojos grises, fríos como acero de navaja, observaban la escena sin parpadear.

“Te hice una pregunta, forastero”, gruñó Drego, apuntando ahora el revólver hacia el recién llegado. Jack se detuvo a 10 pasos. Su voz salió baja, calmada, casi amable. Suelten al viejo. Los pistoleros se miraron entre sí y luego estallaron en risas. Sebo, el más joven, un muchacho de apenas 20 años con cara de ángel y corazón de demonio, escupió al suelo.

Y si no queremos, cabrón, ¿qué vas a hacer? Rezar. Jack no sonrió, solo inclinó ligeramente la cabeza. Prefiero no matar hoy. Pero si insisten, suéltenlo. Drego dio un paso adelante, furioso por el tono sereno del desconocido. Eres un muerto que camina, amigo. Don Aurelio decide quién respira en este pueblo.

Jack miró directamente a los ojos de Drego. Hubo un silencio largo, pesado. El viento levantó un remolino de polvo entre ellos. Finalmente, el pistolero de Ban bajó el arma con desgana. “Llévenselo”, ordenó a sus hombres. “Esta noche don Aurelio va a querer hablar con este pendejo.” Desataron a Esteban y lo empujaron hacia un costado.

El anciano se tambaleó, pero se mantuvo en pie. Jack se acercó lentamente y cortó las cuerdas restantes con su cuchillo. Bogi. El viejo lo miró con ojos húmedos. Hijo, no tenías que hacer esto. Te van a matar. Jack solo respondió, vaya a su casa, don Esteban. Cierre la puerta. Cuando el grupo de Van se retiró, Jack montó de nuevo en trueno y se dirigió al celú más grande del pueblo, el cuerno de oro.

Sabía que Aurelio B no estaría esperando. La noche cayó sobre Deadwot como un manto negro. Dentro del celú, el humo de cigarros y el olor a whisky barato llenaban el ambiente. Aurelio Van estaba sentado en una mesa del fondo rodeado de cinco de sus hombres. Era un hombre corpulento de unos 45 años con cicatrices en la cara y una mirada que prometía sufrimiento lento. Jack entró solo.

Todos los ojos se volvieron hacia él. El pianista dejó de tocar. El silencio fue absoluto. Van sonrió y señaló una silla frente a él. Siéntate, relámpago. Me han contado que tienes huevos grandes. Jack se sentó sin quitar la mano de cerca de su revólver. Pidió un whisky y lo bebió de un trago. “Vine a hablar claro”, dijo.

La escuela se queda. El viejo sigue enseñando. Usted y sus nueve hombres se largan del pueblo antes del amanecer. Van soltó una carcajada fuerte que resonó en todo el local. Eso es todo. Un solo hombre me viene a dar órdenes. Uno solo, respondió Jack. Pero suficiente. Los ojos de Van se entrecerraron. La diversión desapareció de su rostro.

Mañana al amanecer a las 6 en punto, mis hombres van a estar en la calle principal. Si sigues vivo después de eso, tal vez considere tu petición. Si no, tu cadáver alimentará a los buitres y la escuela será mía. Jack se levantó lentamente. Allí estaré. Salió del celú sin dar la espalda.

Afuera, el viento frío de la noche le golpeó la cara. Sabía que había firmado su sentencia de muerte, pero también sabía que algunos hombres nacen para caminar hacia la tormenta. Esa noche Jack no durmió. limpió sus armas bajo la luz de una lámpara de aceite en una habitación alquilada. Revisó cada bala, cada mecanismo. Pensó en el viejo Esteban, en los 16 niños que solo querían aprender a leer.

Pensó en todos los pueblos como de Adwot, donde el fuerte pisoteaba al débil. Mientras tanto, en la casa grande que Van había robado, el tirano, reunía a sus nueve hombres. Les repartía whisky y órdenes precisas. Maten al forastero lentamente, dijo. Quiero que sufra. Que sepa que nadie desafía a Aurelio Ban.

Drego sonrió afilando su cuchillo. Será un placer, jefe. Sebo cargaba sus revólveres con manos temblorosas de excitación. La luna estaba alta. Deadw contenía la respiración. En algún lugar, un perroó a lo lejos. El destino de un pueblo entero pendía de un solo hombre vestido de negro y su caballo llamado Trueno.

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