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Cantinflas intentó humillar a María Félix en un restaurante Lujoso- Nadie esperaba su respuesta

Tres semanas antes se había casado con Jorge Negrete, el ídolo de México, en una ceremonia que había paralizado al país entero. La boda del siglo la llamaron los periódicos. La mujer más bella de México con el hombre más apuesto de México. Una unión que parecía diseñada por los dioses del cine. Pero lo que nadie sabía era que Jorge Negrete ya estaba enfermo.

Una hepatitis que avanzaba silenciosamente, que escondía con la misma determinación con la que cantaba sus rancheras. María lo sabía. Era quizás la única persona en México que lo sabía. Y esa noche, mientras caminaba entre las mesas del Ambasaders con su sonrisa de diosa, por dentro cargaba un peso que nadie podía imaginar.

Se sentó en la mesa principal, la mesa uno, reservada para las estrellas más grandes. A su derecha, el productor Gregorio Bayerstein. A su izquierda, la actriz Dolores del Río, quien había regresado de Hollywood convertida en leyenda. Frente a ella, un asiento vacío, el asiento de Jorge Negrete, quien no había podido asistir porque esa noche se sentía demasiado débil, pero le había pedido a María que fuera.

Ve le dijo desde la cama, no dejes que nadie piense que estamos escondidos. Muéstrate, María, eres mi esposa y eres la más grande. No necesitas que yo esté a tu lado para demostrarlo. Y María fue sola, sin su esposo enfermo, sin saber que en la mesa tres, a solo 15 m de distancia, Mario Moreno ya estaba sentado, ya estaba bebiendo y ya estaba planeando algo.

Gregorio Ballerstein, sentado a su lado, notó algo en María esa noche. una tensión particular debajo de la calma. María le susurró mientras le servían la sopa de langosta. ¿Estás bien? Estoy perfecta, respondió ella sin mirarlo. Gregorio no insistió. Conocía a María lo suficiente para saber que cuando decía que estaba perfecta con ese tono, significaba exactamente lo contrario.

Pero también sabía que María resolvía sus batallas sola. No pedía ayuda, no buscaba aliados, no necesitaba caballeros andantes, era su propia armadura y su propia espada. Y esa noche, aunque Gregorio no lo sabía todavía, iba a necesitar ambas cosas. El problema entre Cantinflas y María Félix no era nuevo.

Venía de años atrás, de una rivalidad silenciosa que la industria conocía, pero que nadie se atrevía a mencionar públicamente. En el cine mexicano existía una regla no escrita. Cantinflas era el rey y María era la reina. Mientras cada uno se mantuviera en su territorio, había paz. Pero Mario Moreno tenía un resentimiento particular hacia María Félix, un resentimiento que pocos conocían, pero que esa noche explotaría de la peor manera posible. Todo comenzó en 1946.

7 años antes de aquella cena, María había rechazado actuar en una película de Cantinflas. El proyecto se llamaba El rey del barrio y Mario Moreno quería a María como su coprotagonista, como la mujer hermosa y sofisticada que contrastara con su personaje de peladito. Era un papel menor, decorativo, diseñado para que María fuera el adorno bonito mientras Cantinflas hacía reír.

María leyó el guion y lo devolvió con una sola frase escrita en el margen con tinta roja. Yo no soy el telón de fondo de nadie. La frase llegó a oídos de Mario Moreno y nunca la olvidó. Para un hombre acostumbrado a que todo México dijera que sí, que la mujer más famosa del país dijera que no y de esa manera fue una herida que supuró durante años y no fue la única vez.

En 1949, durante una entrevista conjunta para la revista Cinema Reporter, un periodista les preguntó a ambos quién era más importante para el cine mexicano. Cantinflas río con su risa característica y dijo algo sobre como el público necesitaba tanto reír como soñar. María, sin sonreíró, el cine mexicano tiene muchos payasos.

Lo que le faltan son artistas. La frase fue publicada. Mario Moreno la leyó esa mañana con su café. Su esposa Valentina Subárev lo encontró en el estudio con el periódico arrugado en la mano. Es una arrogante, dijo Mario. Se cree mejor que todos. Se cree mejor que yo. Valentina intento Calmar Marlo. Es María Félix.

Mario. Así es ella con todos. No es personal. No, respondió Mario. Con ella siempre es personal. Desde aquel día, Mario Moreno guardó cada comentario, cada desplante, cada mirada de María que pudiera interpretarse como desprecio. Los coleccionaba como quien colecciona razones para un ajuste de cuentas. Y aquella noche de octubre de 1953 en el Ambassaders decidió que había llegado el momento de cobrar.

La cena transcurrió sin incidentes durante las primeras 2 horas. Los discursos de los productores, los brindis por el cine mexicano, los aplausos protocolarios. María apenas comió. Bebía champañe francés. Hablaba con dolores del río sobre París, sobre moda, sobre la diferencia entre los hombres europeos y los mexicanos.

Reía poco, pero cuando lo hacía, todos en las mesas cercanas giraban la cabeza. La risa de María Félix era un evento en sí mismo, escasa y por eso preciosa. Mario Moreno en la mesa 3 estaba rodeado de su corte habitual. Productores, actores de comedia, empresarios que pagaban por sentarse cerca de Cantinflas y poder decir después que habían cenado con él.

Bebía tequila, no champañe. Cantinflas siempre bebía tequila, incluso en los eventos más elegantes. Era su manera de recordarle al mundo que él venía del pueblo, que a diferencia de María Félix con sus vestidos europeos y sus joyas de condesa, él era uno de ellos. A las 11 de la noche, cuando los postres ya se habían servido y la mayoría de los invitados estaban en ese estado agradable entre la sobriedad y la borrachera, Mario Moreno se puso de pie.

tomó su copa y la golpeó con un cuchillo. El tintineo cortó las conversaciones. Todos miraron hacia la mesa tres. Mario tenía esa sonrisa, esa sonrisa que todo México conocía, la sonrisa de Cantinflas cuando estaba a punto de hacer algo gracioso. Pero quienes lo conocían bien, quienes conocían a Mario Moreno y no solo a su personaje, vieron algo diferente en esa sonrisa.

Había algo filoso detrás de ella, algo calculado. “Señoras y señores,”, dijo Mario con voz fuerte y clara, “su voz real, no la voz enredada de Cantinflas. Quiero proponer un brindis por el cine mexicano, por nuestra industria gloriosa, por todos los que estamos aquí esta noche representando lo mejor de México. Plasos, Brindis, todos bebieron, pero Mario no se sentó, siguió de pie y por nuestras grandes estrellas continuó, por las que siguen brillando y por las que bueno, siguen intentándolo.

Una risa nerviosa recorrió el salón. Algunos ya intuían hacia dónde iba esto. “Hablemos de estrellas”, dijo Mario caminando lentamente entre las mesas como un torero que se acerca al toro. Yo soy una estrella del pueblo. Mi público es la gente común, la gente que trabaja, la gente real. Los que se ríen porque necesitan reír, porque la vida es dura y necesitan un momento de alegría.

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