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CANTINFLAS estuvo a punto de RECHAZAR “Ahí está el detalle”… por un motivo que casi NADIE conoce…

Pero esa noche, viendo a Mario Moreno transformarse en Cantinflas frente a un público que rugía de risa, entendió algo que los otros productores todavía no habían visto. Este hombre no era un cómico de carpa, era una fuerza de la naturaleza. La primera película de Cantinflas fue No te engañes, corazón, en 1936. Pequeña, modesta, casi irrelevante en el contexto de lo que vendría después.

Pero fue suficiente para confirmar lo que Grobas había intuido. Cantinflas tenía algo que no podía enseñarse ni fabricarse. Tenía conexión, una conexión directa, visceral, casi mística con el público que lo veía. Entre 1936 y 1939 filmó varias películas cortas, Siempre listo en las tinieblas, jengibre contra dinamita, águila o sol, el signo de la muerte.

Eran comedias de carpa trasladadas a la pantalla y en algunas funcionaban mejor que en otras. El público las recibía bien, pero la crítica era tibia. Algunos señalaban que Cantinflas era un fenómeno de las carpas, que no terminaba de encontrar su forma en el cine, que su talento era demasiado vivo, demasiado físico, demasiado dependiente de la reacción inmediata del público para sobrevivir en el frío de una cámara.

Y Mario Moreno lo sabía, lo sabía mejor que nadie, porque en el silencio de su cuarto en la colonia Guerrero, cuando apagaba la luz y se quedaba mirando el techo, se hacía siempre la misma pregunta. ¿Qué tenía que darle el cine que las carpas no le podían dar? Y no encontraba la respuesta. Hay algo que los documentales sobre  Cantinflas no suelen mostrar, algo que incomodaría la imagen del icono invulnerable que la historia ha construido.

Mario Moreno tenía miedo, ¿no? El miedo superficial de quien teme una mala reseña o un fracaso comercial. Tenía un miedo más profundo, más íntimo. El miedo de ser un fraude. En las carpas el éxito era inmediato y sin mediación. El público reía o no reía, te tiraban naranja o no te tiraban naranja. No había ambigüedad posible, pero el cine era diferente.

En el cine podías filmar algo que te parecía brillante  y descubrir tres meses después, cuando se proyectaba en las salas, que al público le parecía mediocre. No había forma de ajustarse sobre la marcha, no había posibilidad de leer la sala y cambiar de dirección. La cámara registraba y punto. Y eso para un hombre cuyo mayor talento era la improvisación era aterrador.

Hacia finales de 1939, Mario Moreno tenía 28 años. Había hecho ya media docena de películas, eso 900 de uno. Había ganado dinero suficiente para mudarse a un departamento más cómodo, para ayudar a su familia, para vestirse bien, pero seguía siendo en el fondo un hombre de teito que no terminaba de creer que merecía el lugar donde estaba parado.

Ese síndrome de impostor que afecta a tantos que salen de la pobreza y que nadie habla en voz alta porque la narrativa del triunfo no tiene espacio  para las dudas. Y fue precisamente en ese momento de mayor vulnerabilidad cuando llegó la propuesta que lo cambiaría todo. Y la reacción inicial de Mario Moreno no fue de emoción ni de gratitud, fue de pánico.

Para entender la magnitud de lo que estaba en juego, hay que entender el México cinematográfico de 1939. Ese año, Argentina dominaba con claridad el mercado latinoamericano. Sus películas eran más sofisticadas en producción. Sus actores tenían formación teatral de verdad. Sus directores conocían las técnicas europeas.

México intentaba competir, pero seguía a la zaga. Los críticos latinoamericanos se referían al cine mexicano con una condescendencia apenas disimulada. Entonces llegó Emilio Fernández Romo, conocido en el medio como el Indio Fernández. Aunque en 1939 todavía no era la leyenda que sería en los 40, llegó también Salvador Elizondo, guionista que empezaba a consolidar su reputación y llegó sobre todo el productor Santiago Reachi, un hombre con visión y con dinero que creía que el cine mexicano estaba a punto de dar el salto que lo pondría al nivel de

cualquier cinematografía del mundo. Reach tenía un proyecto, un proyecto que había estado desarrollando durante meses y que en su cabeza tenía todas las características de ser algo extraordinario. Necesitaba al cómico más auténtico que tuviera el cine mexicano. Necesitaba a alguien que fuera capaz de llenar una pantalla con presencia, con energía, con esa calidad indefinible que hace que el público no pueda apartar los ojos. Necesitaba a Cantinflas.

El guion se llamaba, Ahí está el detalle, lo había escrito Humberto Gómez Landero. La historia era, en apariencia sencilla. Un peladito llamado Cantinflas se ve envuelto accidentalmente en un lío con la ley después de que un perro de nombre Bobby muere en circunstancias que la justicia interpreta como sospechosas.

Lo que seguía era una cadena de malentendidos, confrontaciones con la autoridad y momentos de ingenio del personaje para salir de situaciones imposibles. Pero lo que hacía especial a este guion no era su trama, era lo que ocurría cuando Cantinflas llegaba a juicio, porque en el centro de la película había una escena que ningún cómico mexicano había intentado antes, una escena de tribunal en la que el personaje de Cantinflas debía defenderse a sí  mismo usando su propio idioma intraducible, su propio sistema

de lógica imposible, frente a un juez que representaba toda la autoridad formal del Estado. Era una escena que si salía bien podía convertirse en el momento más poderoso que el cine cómico mexicano hubiera producido jamás. Y si salía mal, podía destruir para siempre la credibilidad de Cantinflas como figura cinematográfica.

La propuesta llegó a Mario Moreno a través de su representante en una reunión en un café de la calle Bucarelli a finales de octubre de 1939. Los detalles del guion se presentaron con entusiasmo, con números de producción, con promesas de distribución amplia. Era la película más ambiciosa que se le había propuesto hasta entonces.

El presupuesto era mayor, el equipo técnico era mejor, la historia tenía sustancia.  Mario escuchó todo con atención, hizo preguntas, tomó notas y al final de la reunión dijo que necesitaba tiempo para pensarlo. Su representante interpretó eso como una negociación táctica, como la estrategia de quien sabe que tiene el poder de hacer subir el precio.

Pero no era eso. Mario Moreno necesitaba tiempo porque  estaba considerando seriamente no hacer la película y la razón era una que ninguno de los productores, ninguno de los guionistas, ninguno de los representantes involucrados hubiera podido  anticipar. El problema no era el guion. El guion le parecía brillante.

El problema no era el dinero ni las condiciones de producción. El problema era la escena del juicio. En aquella tarde de octubre de 1939, cuando Mario Moreno llegó a su departamento después de la  reunión y se sentó a leer el guion completo por primera vez, llegó a la escena del tribunal y la leyó tres veces.

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