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CANTINFLAS encontró a su mejor amigo viviendo en POBREZA EXTREMA… y la verdad lo dejó en SHOCK

“No te muevas”, dijo Mario y se arrodilló junto a la caja de madera sin importarle el gabán de Casimir, sin importarle que en cualquier momento podía pasar alguien que lo reconociera. “¿Qué pasó, Aurelio? ¿Qué pasó con todo?” Y entonces Aurelio Jiménez Villanueva dijo algo que Mario no esperaba, algo que no encajaba con lo que él creía saber sobre la vida de su amigo, algo que revelaría en los minutos siguientes una historia de traición, de promesas incumplidas  y de una deuda que el mundo del espectáculo

mexicano jamás reconoció públicamente. No es lo que crees dijo Aurelio. No es que me haya ido mal, es que me robaron. Me robaron todo. Para entender lo que Aurelio quiso decir con esas palabras, hay que retroceder casi 30 años. Hay que volver a 1928, cuando la Ciudad de México era todavía una ciudad de poco más de un millón de habitantes, cuando el cine mexicano apenas empezaba a balbucear sus primeras palabras y cuando dos muchachos de Tepito decidieron que el mundo del espectáculo era el único mundo que les

pertenecía de derecho. En aquellos años, Mario Moreno y Aurelio Jiménez formaban parte de una pequeña compañía de variedades que recorría los teatros de segunda categoría en el Distrito Federal. Actuaban en el teatro lírico, en el FIS, en el principal. ganaban poco, a veces nada, pero actuaban con una entrega total, con esa mezcla de hambre y vocación que solo  tiene quien sabe que no tiene otra cosa a que aferrarse.

Lo que casi nadie sabe es que en esos años Aurelio Jiménez era en muchos sentidos más talentoso que Mario. Tenía una presencia escénica natural, una capacidad vocal extraordinaria y una habilidad para improvisar diálogos que dejaba sin palabras al público. Hay testimonios, cartas guardadas en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional que demuestran que varios productores de la época consideraron a Aurelio antes que a Mario para sus primeras producciones importantes.

Pero algo sucedió, algo que cambió el rumbo de los dos para siempre. En el verano  de 1929, un productor de nombre Ernesto Villalobos Garza, hombre de dinero viejo. De esos que heredaban fortunas construidas durante el porfiriato y las administraban con la misma arrogancia con que sus padres habían administrado haciendas, llegó al teatro lírico, Una noche de estreno.

Villalobos no era conocido por su generosidad ni por su sensibilidad artística, pero sí era conocido por su olfato para el dinero y por su capacidad para apoderarse de los talentos ajenos, con la misma naturalidad con que otros se apoderan de un taxi en la lluvia. Esa noche, Villalobos vio a Aurelio actuar y al día siguiente  mandó llamar a los dos muchachos a su oficina en el edificio del centro, sobre la avenida Madero, donde el brillo del mármol del piso contrastaba de manera casi obsena con la ropa gastada que traían Mario y

Aurelio. “Tengo un proyecto”, les dijo Villalobos sin levantar la vista de sus papeles. “Una obra grande con dinero de verdad. Necesito a uno de los dos. Villalobos quería a Aurelio, no a Mario. Eso es un hecho que Mario Moreno jamás contó en entrevistas, jamás mencionó en sus memorias y que solo salió a la luz décadas después a través de cartas que Aurelio guardó toda su vida en una caja de lata debajo de su cama.

Cartas en las que el propio Villalobos le ofrecía a Aurelio ser la estrella principal de lo que él llamaba el espectáculo más grande que México haya visto. Y Aurelio rechazó esa oferta. la rechazó porque en ese cuarto sentado a su lado, estaba su amigo Mario y Aurelio no podía imaginar un escenario sin él.

“Os o ninguno”, le dijo Aurelio a Villalobos aquella mañana en la oficina del edificio de Madero. Villalobos los miró a los dos con la frialdad de quien ha aprendido a no desperdiciar emociones en negocios. Luego sonrió de una manera que no era una sonrisa, sino una calculación.  “Muy bien”, dijo los dos. Pero las palabras de los hombres como villalobos no pesan lo mismo que las palabras de los hombres comunes.

Las palabras de los hombres como villalobos pesan exactamente lo que a ellos les conviene que pesen. Y en los meses siguientes, Mario Moreno fue adquiriendo un protagonismo cada vez mayor en el proyecto, mientras Aurelio fue quedando en un papel cada vez más periférico. Hasta que llegó el momento en que Aurelio ya no era parte del proyecto en absoluto. Nadie le explicó nada.

Nadie le dijo que estaba despedido, simplemente los ensayos empezaron a programarse en horas en las que Aurelio no se le avisaba. Las reuniones con el director ocurrieron cuando Aurelio estaba actuando en otro lugar y Mario, que en esos días estaba siendo absorbido por la maquinaria del espectáculo con una velocidad que él mismo no terminaba de comprender, fue dejando pasar los días sin decirle nada a su amigo.

Lo que Mario Moreno nunca pudo perdonarse, según confesó en privado a su esposa Valentina Ivanova años después, fue ese silencio, ¿no? de Villalobos, que era el silencio esperable de un hombre sin conciencia, sino el suyo propio, el de un muchacho de 20 años que quería tanto ser famoso, que dejó que su mejor amigo quedara atrás sin decirle ni una sola palabra.

Y esa culpa,  enterrada bajo décadas de gloria, de premios, de aplausos y de películas, había seguido viva todo ese tiempo como una brasa que no termina de apagarse. Los años que siguieron fueron muy distintos para los dos. Mario Moreno creó a Cantinflas, un personaje que surgió de manera casi accidental según la leyenda, cuando en una actuación en la carpa Teatro Valentina en el barrio de Nonualco, Mario olvidó sus diálogos y empezó a improvisar un lenguaje lleno de contradicciones y circunloquios que hizo reír al público hasta las lágrimas. De

ese momento nació el cantinfleo. De ese momento nació el peladito que hablaría por todos los que nunca habían tenido voz. Para 1936, Mario Moreno ya era una figura conocida en toda la Ciudad de México. Para 1940, con películas como, Ahí está el detalle, se había convertido en un fenómeno nacional. Para 1956 con el bolero de Raquel era ya una leyenda viva.

Y en cada uno de esos años, Aurelio Jiménez Villanueva estuvo en otro lugar llevando una vida que ningún cartel anunciaba y que ninguna revista fotografiaba. ¿Qué hizo Aurelio durante todos esos años? Esa es la parte que Mario desconocía y la parte que esa tarde de octubre de 1957, Aurelio comenzó a contarle de pie junto a su caja de periódicos con la voz que alguna vez fue hermosa.

Y ahora era apenas un susurro que el ruido de la calle Guerrero amenazaba  con tragarse. Después de lo de Villalobos, dijo Aurelio, me fui a Veracruz. Me dijeron que allá había oportunidades,  que el puerto necesitaba actores para los cafés de chinos, para los bailes de los hoteles. Me fui con lo que tenía, que no era mucho.

En Veracruz, Aurelio trabajó durante casi 10 años en los círculos del espectáculo porteño. Actuó en el café El Diligencias, en el Hotel Imperial, en los bailes del carnaval. Conoció músicos, actores de segunda, cantantes de danzón, que hacían de la vida una fiesta permanente con una alegría que solo pueden tener los que no tienen nada que perder.

Y fue en Veracruz, donde conoció a Dolores. Dolores Méndez era hija de un estibador del puerto y de una mujer que lavaba ropa para las familias ricas del malecón. Era morena, de ojos oscuros como el café veracruzano y tenía una risa que, según Aurelio contaba, era capaz de hacerte olvidar que tenías hambre. Se casaron en 1935 en la parroquia de la Asunción con el mar de fondo y un pastel de tres pisos  que costearon entre los amigos del barrio.

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