Era el 17 de octubre de 2024. El reloj marcaba las 2:40 de la tarde en el corazón latente de la Ciudad de México. El sol caía a plomo sobre la calle Motolinia, una de las arterias más vibrantes, transitadas y comerciales del Centro Histórico. No era un callejón oscuro ni una zona abandonada; era un hervidero de turistas, compradores y vendedores ambulantes. En medio de ese bullicio cotidiano, caminaba Diana Sánchez Barrios, reconocida lideresa de comerciantes ambulantes y diputada suplente, acompañada de su equipo de trabajo. Acababan de salir del Congreso de la Ciudad de México, sin saber que cada uno de sus pasos estaba siendo meticulosamente acechado.

De pronto, la cotidianidad se hizo añicos. Una motocicleta negra se aproximó de manera sigilosa. Un hombre vestido con playera blanca y una gorra descendió del vehículo, sacó un arma de fuego y, sin mediar palabra, desató el infierno. Los disparos resonaron secos, ensordecedores. El pánico se apoderó de la multitud, provocando una estampida humana. Diana corrió desesperada buscando refugio, pero el sicario no dudó en perseguirla, cazándola como a una presa.
Las cámaras de seguridad, testigos fríos y mudos de la tragedia, captaron la cacería completa. Diana logró internarse en un local comercial, pero el atacante entró tras ella y continuó disparando. El saldo de esa tarde fue devastador. Dos colaboradores de la lideresa cayeron abatidos; uno de ellos, su propio primo, quien perdería la batalla meses después en una cama de hospital. La tragedia también alcanzó a un inocente: un vendedor de lentes que simplemente pasaba por el lugar equivocado en el momento equivocado, recibiendo un impacto de bala que terminó con su vida.
Diana sobrevivió, pero su cuerpo pagó un precio altísimo. Llegó al hospital en estado crítico, aferrándose a la vida con cada latido. Enfrentó cuatro complejas cirugías y permaneció semanas sumida en un coma inducido. Cuando finalmente despertó, el mundo a su alrededor había cambiado, pero la pesadilla apenas comenzaba.
La Impunidad que Mata: 20 Meses en la Sombra
Mientras Diana luchaba por recuperar su salud y su vida, el aparato de justicia parecía moverse en cámara lenta. A principios de noviembre de 2024, las autoridades lograron capturar a los eslabones más bajos de la cadena: Gael “N”, alias “El Flaco”, e Iván Aldair “N”, los sicarios materiales, así como a Shaneri “N”, la mujer que facilitó su escape. Con estas detenciones, la atención mediática comenzó a desvanecerse, creando una falsa ilusión de justicia.
Pero el verdadero cerebro detrás de la masacre, el hombre que orquestó cada detalle, que proporcionó la casa de seguridad y dictó las órdenes de seguimiento, seguía respirando el mismo aire de la ciudad con total impunidad. Su nombre: Dylan Sebastián Marroquín López, mejor conocido en el inframundo criminal como “El Cojo”.
Durante 20 largos y angustiantes meses, “El Cojo” no se escondió en una cueva ni huyó del país. Se paseó libremente por las calles de la capital y, peor aún, siguió derramando sangre. Las investigaciones posteriores demostraron que, en ese lapso de gracia otorgado por la inoperancia de las autoridades, este individuo ordenó un brutal feminicidio en la alcaldía Tláhuac el 14 de febrero de 2026 y participó en un doble homicidio en la alcaldía Venustiano Carranza. Era un fantasma intocable, un generador de violencia que se burlaba abiertamente de la ley, acumulando carpetas de investigación sin que nadie le pusiera un alto.
El Grito de una Sobreviviente: Denuncias de Corrupción
Frente a la parálisis institucional, Diana Sánchez Barrios no se quedó callada. Sabía que su vida pendía de un hilo, pues las amenazas seguían llegando de todas partes, incluso desde el interior de su propio círculo familiar. Con la valentía de quien ha mirado a la muerte a los ojos, lanzó una acusación pública que hizo temblar los cimientos del sistema de justicia capitalino.
En declaraciones a medios de comunicación, la diputada señaló directamente a la Fiscalía de la Ciudad de México: “Parece que la fiscalía los está protegiendo, está actuando como cómplice porque no los detiene, no los quiere detener”. Sus palabras fueron un dardo envenenado que apuntó a lo más alto del poder. Y fue más allá, dejando una advertencia escalofriante: “Yo ya le dije a la fiscal, si me llega a pasar algo, usted es responsable”.
Que una víctima de intento de asesinato, siendo figura pública y legisladora, responsabilizara a la encargada de procurar justicia de su posible muerte, es un hecho inaudito. Sin embargo, el silencio oficial fue ensordecedor. Pasaron los meses, cambiaron las estaciones, y “El Cojo” seguía sumando muertes a su oscuro expediente.
La Unión Tepito y el Multimillonario Negocio Callejero

Para comprender la magnitud de este atentado, es imperativo sumergirse en las entrañas del comercio informal del Centro Histórico, un ecosistema donde las leyes del Estado a menudo son reemplazadas por la ley del más fuerte. Diana Sánchez Barrios es la lideresa de miles de comerciantes ambulantes, una economía paralela que mueve miles de millones de pesos anuales.
Aquí es donde entra en escena el monstruo subterráneo de la capital: la Unión Tepito. Esta organización criminal, que nació como un grupo de narcomenudeo en el “Barrio Bravo”, mutó rápidamente hasta convertirse en un cártel sofisticado que controla la extorsión, el secuestro y el cobro de piso a los comerciantes. Según investigaciones periodísticas, líderes de la Unión Tepito como “El Irving” y “El Huguito” vieron en Sánchez Barrios un obstáculo colosal para sus ambiciones económicas. Una lideresa que defiende a sus agremiados de las garras del crimen organizado significa, para el cártel, una pérdida directa de ingresos.
La orden de asesinar a la diputada no fue un arrebato pasional; fue una fría decisión corporativa tomada en las cúpulas de la Unión Tepito. “El Cojo” fue el gerente de rango medio encargado de ejecutar ese proyecto letal. La supervivencia del cártel a lo largo de los años no solo se debe a su capacidad de fuego o a la geografía laberíntica de la colonia Morelos, sino a la evidente protección política que ha tejido, permitiéndole operar casi a la vista de todos.
El Operativo Final: Cae “El Cojo”
La justicia, aunque tardía, finalmente tocó a la puerta. Las autoridades de la Secretaría de Seguridad Ciudadana (SSC), bajo el mando de Pablo Vázquez Camacho, comenzaron a estrechar el cerco tras meses de trabajo de inteligencia. Rastrearon la zona de movilidad del objetivo hasta ubicarlo en la alcaldía Gustavo A. Madero. Se desplegaron vigilancias sigilosas, sin sirenas ni luces, esperando el momento exacto.
