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La conmovedora historia de Toño Rosario: Entre la pobreza extrema, el éxito mundial y el dolor de ver morir a su hermano Pepe

El merengue, ese ritmo vibrante que corre por las venas de la República Dominicana y que ha puesto a bailar al mundo entero durante décadas, posee páginas doradas escritas con sudor, gloria y, en ocasiones, con un profundo e indescriptible dolor. En el centro de esta dualidad entre la fiesta y la tragedia se encuentra la figura de Máximo Antonio del Rosario Almonte, conocido universalmente en la industria musical como Toño Rosario, o cariñosamente apodado por su público como “El Cuco”. Con 68 años de edad, Toño se erige como uno de los máximos exponentes de la música tropical, un artista cuya excentricidad, potente voz y presencia escénica revolucionaron el género. Sin embargo, detrás de las luces multicolores, los trajes estrafalarios y los estadios llenos, se esconde una crónica de supervivencia que comenzó en las calles de Higüey y quedó marcada de forma perpetua por la muerte de su hermano Pepe.

El origen de la dinastía de los Rosario estuvo lejos de las comodidades del estrellato. Toño nació el 3 de noviembre de 1955 en la provincia de Higüey, en el seno de una familia numerosa capitaneada por Don Ramón del Rosario, un zapatero y cantante de serenatas, y Doña Aura Almonte, una abnegada costurera. En total, la pareja llegó a criar a unos 16 hijos bajo estrictos valores de amor y respeto mutuo. La situación económica de la familia era sumamente precaria, catalogada dentro de la clase baja dominicana. En sus años de infancia, el hambre fue un visitante recurrente en el hogar. El propio Toño ha rememorado con nostalgia y crudeza cómo llegaron a pasar hasta cuatro días consecutivos sin probar bocado. En esas jornadas de escasez, los hermanos se internaban en los campos cercanos para recolectar mangos, guayabas, aguacates o naranjas; cualquier fruto de temporada servía para engañar al estómago y calmar la necesidad. Lejos de amargarse por la carestía, el artista recuerda que se reían del hambre en lugar de quejarse, mostrando una resiliencia inquebrantable desde niños.

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