El merengue es un ritmo vibrante que invita a la celebración y al baile, un género musical que llena de alegría los corazones de millones de personas en todo el mundo. Sin embargo, detrás de las luces del escenario, los trajes deslumbrantes y las melodías contagiosas, a menudo se esconden historias humanas de un dolor profundo, sacrificios inimaginables y una resiliencia inquebrantable. Una de las trayectorias más conmovedoras y sorprendentes en la historia de la música tropical es la de Roberto Antonio Pérez Herrera, conocido mundialmente en el ambiente artístico como Rubby Pérez. Apodado con justa razón como “la voz más alta del merengue”, este coloso de la música dominicana ha tenido que esquivar los golpes más duros del destino para poder consolidar un legado que hoy en día es respetado de manera unánime.
Pocos de los fanáticos que hoy bailan al ritmo de sus canciones imaginan que el sueño original de este gran artista estaba muy lejos de los micrófonos y los estudios de grabación. Durante su infancia y temprana adolescencia en Haina, República Dominicana, el pequeño Roberto no tenía el más mínimo interés por la música. Su mente y su corazón estaban completamente enfocados en el diamante de béisbol. Su gran aspiración era convertirse en un pelotero profesional y llegar a las Grandes Ligas, un camino de éxito deportivo que años más tarde sí lograría concretar su propio hermano, Neifi Pérez. El joven Roberto mostraba un talento innato para el deporte, dedicando sus días a entrenar con la firme convicción de que el béisbol sería su boleto de salida de la pobreza humilde en la que se criaba junto a su abuela materna, a quien siempre consideró como su verdadera madre.
Sin embargo, el destino tenía preparados otros planes, y lo hizo de una manera sumamente violenta. En el año 1972, cuando apenas contaba con quince años de
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edad, un terrible accidente automovilístico destruyó sus ilusiones en una fracción de segundo. Mientras caminaba por las calles de su pueblo natal, un vehículo lo atropelló de forma brutal. El impacto fue tan devastador que el joven quedó inconsciente de inmediato, entrando en un estado de coma profundo que se prolongó por treinta días agónicos. Los pronósticos médicos eran completamente desalentadores y su familia temía lo peor.
Cuando Roberto finalmente despertó del coma, se encontró en una realidad de pesadilla: estaba completamente inmovilizado en una cama de hospital, sostenido por aparatos en la cabeza, las manos y los pies. Pasó un año entero recluido en el centro de salud, enfrentando múltiples transfusiones de sangre y tratamientos médicos agresivos que en varias ocasiones hicieron que su cuerpo colapsara al borde de la muerte. La gravedad de las lesiones en una de sus piernas truncó para siempre cualquier posibilidad de regresar al campo de béisbol. El golpe emocional fue tan severo que el adolescente cayó en una profunda depresión, perdiendo por completo el deseo de seguir viviendo al ver sus sueños deportivos enterrados para siempre.
Fue precisamente en medio de esa oscuridad absoluta, dentro de las frías paredes del hospital, donde ocurrió un milagro silencioso. Al no tener recursos económicos suficientes para un tratamiento especializado, la recuperación marchaba a un paso extremadamente lento. Le tomó cerca de dos años volver a aprender a caminar y a hablar de manera normal. Durante ese doloroso proceso, una guitarra se convirtió en su única balsa de salvación. Desde su cama de enfermo, Roberto comenzó a cantarle a los demás pacientes con una pasión y una fuerza que brotaban desde lo más profundo de su alma herida. Sin buscarlo y sin saberlo, en esas largas jornadas de convalecencia médica se estaba empezando a moldear la voz más potente y emblemática del merengue contemporáneo.
La verdadera transformación espiritual y profesional comenzó gracias a la intervención de un joven de su pueblo, quien lo visitó de forma desinteresada y logró convencerlo, tras mucha insistencia, de integrarse al coro de la iglesia local, perteneciente a la Sociedad de Orientación Juvenil. Aunque al principio la idea no le entusiasmaba en absoluto, el canto coral encendió una chispa incombustible en su interior. En cuestión de pocos días, su impresionante registro vocal llamó la atención de expertos, permitiéndole ingresar al prestigioso coro del Conservatorio Nacional de Música. La transición hacia la música popular era inevitable; aunque él inicialmente se consideraba un intérprete de boleros finos y miraba con cierto desdén la rapidez del merengue, terminó cediendo ante la fuerza del ritmo autóctono de su patria.
Su andar profesional formal inició con agrupaciones como Los Pitágoras del Ritmo y Los Juveniles de Baní, pero el verdadero salto de calidad ocurrió en 1980 cuando se cruzó en el camino de Fernando Villalona, “El Mayimbe”. Al escucharlo cantar en una fiesta en el sector de Herrera, Villalona quedó impactado por su arrolladora potencia vocal y lo contrató de inmediato para su orquesta. Fue en esa etapa donde, por sugerencia de sus compañeros que consideraban que ya había demasiados músicos llamados Roberto en el medio, adoptó de forma definitiva el nombre artístico de Rubby Pérez. A pesar de las carencias económicas extremas de la época, donde en ocasiones no tenía dinero ni para comprar la leche de sus hijos, Rubby siempre guardó un agradecimiento profundo hacia Villalona, a quien describió como un hermano mayor que lo protegía en los viajes y le brindaba techo y comida en los momentos más críticos.
El año 1982 marcaría el inicio de su consagración internacional al ingresar a la legendaria agrupación de Wilfrido Vargas. Inicialmente llegó como un préstamo musical para inyectar energía a la banda, pero rápidamente se convirtió en una pieza indispensable. El maestro Wilfrido Vargas tenía una estricta política interna de no permitir que un mismo cantante grabara demasiados temas principales, esto con el fin de evitar que adquirieran excesiva fama y abandonaran el grupo. No obstante, el talento descomunal de Rubby Pérez rompió todas las reglas establecidas, llegando a grabar la impresionante cifra de 22 canciones durante los cinco años que permaneció en la orquesta, incluyendo el superéxito internacional “El Africano”.
Lamentablemente, la relación con Wilfrido Vargas terminó de forma abrupta debido a un malentendido provocado por el agotamiento físico. Al regresar de una extenuante gira de conciertos, un Rubby exhausto interrumpió una sesión de arreglos del director para solicitarle permiso de ir a descansar con su familia. La respuesta de Wilfrido fue tajante y fría: le ordenó marcharse a descansar, pero de manera indefinida. Aquel despido fulminante dejó al cantante en una situación de total vulnerabilidad emocional y financiera.
Sin embargo, la vida le deparaba una revancha histórica. La disquera Karen Records, liderada por Bienvenido Rodríguez, tenía en sus manos un tema de origen español que había sido rechazado por múltiples artistas de renombre debido a su compleja temática lírica. De la mano del maestro Ramón Orlando, Rubby Pérez aceptó el reto y grabó la canción “Volveré”. El impacto en la radio nacional e internacional fue inmediato y descomunal; en apenas tres días, el tema se convirtió en un fenómeno de masas absolute, consolidando la carrera en solitario de Rubby y obligando al propio Wilfrido Vargas a buscarlo nuevamente para realizar giras internacionales multitudinarias bajo medidas de seguridad extremas debido al furor de los fanáticos.
La industria de la música suele ser voluble, y Rubby Pérez lo vivió en carne propia a finales de la década de los ochenta. Con la llegada del fenómeno musical de Juan Luis Guerra y 440 a la disquera Karen Records, los recursos publicitarios y la atención ejecutiva se volcaron por completo hacia el nuevo proyecto, dejando a Rubby en un segundo plano. Al sentirse desprotegido, sin apoyo comercial y sin dinero para promocionar sus temas en la radio local, tomó la drástica decisión de abandonar la República Dominicana con las manos vacías y probar suerte en el extranjero, logrando un éxito rotundo en plazas como Colombia, Venezuela y los Estados Unidos a través de producciones emblemáticas como “Simplemente Amor” y “Amores Extraños”.
El costo más alto de su exitosa carrera artística no se midió en dinero, sino en dolor familiar. Debido a los constantes viajes y compromisos internacionales en los escenarios del mundo, Rubby Pérez tuvo la dolorosa desdicha de estar lejos de su tierra natal cada vez que sus seres más amados partieron de este mundo: primero su padre, luego su abuela y posteriormente su madre biológica. Sin embargo, el golpe más devastador ocurrió en el año 2022 con el fallecimiento de su amada esposa, Inés Lizardo. Ella había sido su compañera sentimental desde que ambos tenían apenas doce años de edad. A lo largo de más de 47 años de unión matrimonial, Inés demostró una lealtad a toda prueba, soportando las andanzas juveniles del artista e incluso acogiendo de buena fe a los hijos que él tuvo fuera del matrimonio. Inés batalló con entereza contra un agresivo cáncer de seno y, en sus últimos días de vida, le suplicó a su esposo que jamás abandonara los escenarios ni su pasión por el canto.
Hoy en día, a las puertas de un nuevo año de vida y habiendo cosechado galardones de la talla de los Premios Casandra, discos de oro y de platino, Rubby Pérez camina con la frente en alto. A pesar de las profundas cicatrices físicas de aquel accidente de su juventud y las heridas emocionales causadas por las pérdidas familiares, el legendario merenguero sigue sonriéndole a la vida con una disciplina militar heredada de sus mejores años y una fe inquebrantable en Dios, demostrando que su prodigiosa voz sigue estando tan alta como su espíritu de superación.