Posted in

Una joven embarazada fue refugiada en una gruta por una anciana, y así comenzó una venganza familiar

Tropezó con una raíz oculta  y cayó de rodillas en el lodo. El golpe le arrancó un gemido. Se quedó allí, arrodillada bajo la tormenta, sintiendo como el agua helada le escurría  por la espalda. Por un momento pensó en no levantarse. ¿Para qué? No tenía destino, no tenía familia, no tenía nada, solo el bebé que pateaba dentro de ella,  recordándole que no estaba completamente sola.

 Con un esfuerzo sobrehumano  se incorporó. Fue entonces cuando lo vio, un resplandor tenue entre las rocas, apenas visible entre la cortina de  lluvia. Parecía una luz de vela o de lamparina parpadeando  como una estrella caída. Catalina parpadeó creyendo que era una alucinación, pero la luz seguía allí.

 Caminó hacia ella como quien camina hacia un espejismo  en el desierto, sin esperanza real, pero sin otra opción. subió por un sendero empinado,  resbalando varias veces, aferrándose a las rocas con las manos ensangrentadas,  y entonces encontró la entrada de la gruta.

 Era una abertura natural en la roca, apenas lo suficientemente ancha para que pasara una persona. De su interior emanaba aquel resplandor  cálido, anaranjado, prometedor. Catalina se detuvo en el umbral jadeando. Una figura emergió de las sombras. Era una anciana de rostro arrugado,  como la corteza de un mezquite viejo, con ojos negros que  brillaban como obsidiana bajo la luz de la lamparina que sostenía.

 Su cabello  blanco estaba recogido en una trenza larga que le caía sobre el hombro. Vestía ropas  oscuras, gastadas pero limpias. La anciana observó a Catalina de arriba a abajo. Miró su  vientre abultado. Miró sus ojos hundidos por el hambre. Miró sus manos temblorosas. No hizo ninguna pregunta, simplemente dijo, “Entra.

” Y se hizo a  un lado. Catalina cruzó el umbral y sintió inmediatamente el calor del interior. Un fuego pequeño  ardía en un rincón, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de roca. Había  petates en el suelo, ollas de barro, hierbas colgando del techo. La anciana cerró la entrada con una manta gruesa  y señaló un rincón donde había mantas secas.

Quítate eso mojado, vas a enfermar. Catalina obedeció  como una niña. Estaba demasiado exhausta para preguntar, demasiado agradecida para desconfiar. Mientras se cambiaba, sintió los ojos de la anciana sobre ella. No era una mirada hostil,  pero tampoco era casual. Había algo en aquellos ojos negros, algo que Catalina no podía descifrar.

 Una sensación extraña la invadió como si la anciana ya la conociera, como si la hubiera estado  esperando. “¿Cómo te llamas?”, preguntó la anciana. “¡Catalina, Catalina Mendoza.” La anciana no reaccionó al nombre, pero Catalina habría jurado ver un  destello en sus ojos, apenas un parpadeo, antes de que la expresión volviera a ser  impasible.

“Yo soy soledad”, dijo la anciana. Duerme, mañana hablaremos. Catalina se envolvió en las mantas secas  y se acostó el petate. El calor del fuego la envolvió como un  abrazo. Las contracciones se habían calmado. El bebé se había  quedado quieto. Cerró los ojos. No sabía si estaba segura.

 No sabía quién era aquella mujer ni por qué  vivía sola en una gruta en medio de las colinas. No sabía qué pasaría mañana, pero por primera vez en tres días durmió. Si esta historia  te está atrapando, te invito a quedarte hasta el final. Lo que Catalina no sabía aquella noche  cambiaría para siempre la historia de dos familias.

 Comenta qué crees que oculta la anciana y sigue leyendo, porque la  verdad que está por revelarse es más oscura de lo que imaginas. Catalina despertó con el aroma de la tole caliente. Por un instante no recordó dónde  estaba. Abrió los ojos y vio el techo de roca, las sombras  del fuego, las hierbas colgando.

 Entonces la memoria  regresó como un golpe. La huida, la tormenta, la gruta, la anciana. Se incorporó lentamente, sintiendo cada músculo de su cuerpo  protestar. Soledad estaba sentada junto al fuego removiendo una olla pequeña. Sin volverse dijo, “Siéntate, tienes que comer.” Catalina obedeció. La anciana le sirvió un cuenco de atole espeso, humeante, con un poco de piloncillo.

 El primer sorbo le supo a Gloria. Comió en silencio, sintiendo como el calor  le devolvía la vida al cuerpo. Soledad la observaba sin  disimulo. “¿De cuántos meses estás? Ocho, tal vez un poco más. Y el padre Catalina bajó la mirada  hacia el cuenco. Muerto. La palabra cayó entre ellas como una piedra en un pozo.

Soledad no expresó  condolencias ni sorpresa. Simplemente asintió como si hubiera esperado esa respuesta. ¿Cómo murió? Catalina cerró los ojos. No quería recordar, pero las imágenes vinieron de todos modos, nítidas  y dolorosas. Como el día en que ocurrió un accidente en la mina, dijo con voz apagada.

 Hace 4 meses un derrumbe. Vicente Arteaga  había sido minero en las minas de plata de Zacatecas como su padre antes que él, como su abuelo antes que su padre. Era un hombre bueno, trabajador, de manos callosas y sonrisa fácil. Se habían casado hacía 2 años cuando Catalina  tenía 21 años y él 25. No tenían mucho, pero eran felices.

 Cuando Catalina le dijo que estaba embarazada, Vicente había llorado de alegría.  Será un varón, había dicho acariciándole el vientre. Lo llamaremos Sebastián  como mi abuelo. Tres semanas después estaba muerto. El derrumbe había sepultado  a ocho hombres. Tardaron dos días en sacar los cuerpos.

Catalina había esperado en la bocamina bajo el sol inclemente, negándose a moverse hasta ver a su marido. Cuando finalmente lo trajeron, apenas era reconocible. “Lo siento”,  dijo Soledad, pero sin el tono vacío de las condolencias obligadas. Había algo genuino en su voz, algo que sugería que conocía  el dolor de primera mano.

 Catalina asintió tragándose las lágrimas. Después del entierro me quedé con su familia. No tenía otro lugar. Mis padres murieron cuando era niña.  Me crié con una tía que también falleció hace años. Vicente era todo lo que tenía. ¿Y su familia te echó? La pregunta fue directa, sin rodeos. Catalina levantó  la mirada y encontró los ojos de la anciana fijos en ella.

Read More