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Una familia desapareció en las montañas de Perú en 2001 — 20 años después, un dron encontró esto…

 Los domingos después de misa en la catedral de Haraz, la familia tenía un ritual sagrado, almorzar pachamanca en el mercado, caminar por la plaza de armas comprando picarones y luego Roberto sacaba su vieja cámara Nikon para fotografiar a su familia con el hascarán de fondo para que nunca olviden que somos hijos de estas montañas, decía siempre.

 Ese domingo 15 de julio de 2001, Roberto tenía planeado algo especial. Había conseguido un permiso de acceso a una zona restringida cerca del Parque Nacional Huascarán en la ruta hacia la laguna de Yanganuco. Quería llevar a su familia a un lugar que había descubierto durante sus años de construcción de carreteras. Un mirador natural desde donde se podía ver el valle completo.

 Un sitio que los lugareños llamaban el balcón de los apus, los espíritus protectores de las montañas. Va a ser el viaje más hermoso de sus vidas”, [música] le prometió a Estela la noche anterior mientras empacaban termos con café y bocadillos de pollo. Ninguno de ellos sabía que esas serían las últimas palabras normales que pronunciaría.

 El sábado 14 de julio amaneció con un cielo despejado que prometía condiciones perfectas para la expedición familiar. Roberto revisó el Toyota Land Cruiser blanco que había comprado de segunda mano 2 años atrás, específicamente para estas aventuras. Llantas nuevas, tanque lleno, kit de emergencia, radio CB, mantas térmicas.

 Era meticuloso hasta la obsesión cuando se trataba de la seguridad de su familia en la montaña. A las 6:30 de la mañana, los vecinos del Junior San Martín 428 vieron a la familia Vargas Moreno salir de su casa de dos pisos con las mochilas cargadas, termosumeantes y esa energía contagiosa de quien estaba a punto de vivir algo memorable.

 Don Augusto Rimac, el vecino de al lado que vendía periódicos en la esquina, recordaría después con escalofriante precisión como Lucía, la pequeña, se había detenido en la puerta para mostrarle una piedra turquesa que había encontrado el día anterior. Mira, tío Augusto, esta es especial. Tiene el color del cielo cuando los ángeles están contentos.

 Le dijo con esa seriedad absoluta que solo tienen los niños de 7 años. Don Augusto le revolvió el cabello y le regaló un chocolate. Guárdala bien, cholita, y tráeme otra cuando vuelvas. Nunca volvió. La ruta que Roberto había planeado era conocida, pero exigente. Salir de Haraz por la carretera 3N hacia el norte, desviarse en mancos hacia el camino de tierra que serpentea hacia las alturas y desde ahí seguir un sendero que solo los ingenieros y algunos pastores conocían.

 Roberto había trabajado en esa zona durante la construcción de un puente colgante 5 años atrás. Conocía cada curva, cada desnivel, cada piedra suelta, o eso creía. El último registro verificable de la familia Vargas Moreno fue a las 9:47 de la mañana cuando Roberto detuvo el vehículo en el puesto de control del Parque Nacional Huascarán.

 El guardaparques de turno Félix Hamán registró la entrada en el libro de visitas con letra clara familia Vargas Moreno, cinco personas, destino: [música] Mirador alto Yanganuco. Retorno estimado 18. Félix recordaría después que Mateo, el hijo de 12 años, le había preguntado si era verdad que el lago Yanganuco cambiaba de color dependiendo del humor de los apus.

 A veces es verde esmeralda, a veces azul profundo, a veces casi negro, le respondió Félix. Depende de lo que los espíritus de la montaña quieran mostrarte ese día. [música] El niño había anotado algo en un cuaderno gastado que llevaba colgado del cuello. Esa fue la última vez que alguien vio a la familia Vargas Moreno con vida. A las 20:30 horas, cuando el sol ya había desaparecido detrás del Huascarán y las temperaturas en la montaña habían caído a 2 gr C, el teléfono en casa de los padres de Estela comenzó a sonar.

 Era su hermana menor, Patricia, preocupada porque Roberto siempre cumplía con los horarios y ya llevaban 2 horas y media de retraso. “Algo no está bien”, repetía Patricia con esa intuición que a veces las mujeres de familia tienen, esa sensación visceral que antecede a las tragedias. A las 21:15, Patricia llamó a la comisaría de Huas.

 El oficial de turno, con ese tono de astío profesional, de quien ha atendido 1000 falsas alarmas de turistas despistados, le pidió que esperara hasta la mañana siguiente. Señora, en la montaña no hay señal de celular. Probablemente se quedaron a acampar y decidieron pasar la noche ahí. Es común, si mañana a las 10 no aparecen, hacemos la denuncia formal.

Pero Patricia Moreno conocía a su cuñado. Roberto Vargas era obsesivo con los protocolos de seguridad. Jamás, bajo ninguna circunstancia, se quedaría en la montaña sin avisar. Jamás expondría a sus hijos a una noche en las alturas sin preparación. Jamás rompería una promesa. Esa noche, mientras las autoridades ignoraban su angustia y las montañas guardaban su secreto más oscuro, Patricia Moreno no durmió.

 Se sentó frente a la ventana de su casa, mirando hacia el norte, hacia las cumbres invisibles en la oscuridad, y rezó cada oración que conocía. Las montañas no respondieron. El amanecer del domingo 15 de julio llegó con una claridad obscena. El sol iluminó Warz como si nada hubiera cambiado, como si en algún lugar de las alturas cinco personas no estuvieran perdidas, posiblemente heridas, posiblemente muertas.

 Patricia Moreno no esperó a las 10 de la mañana como le había ordenado el oficial de turno. A las 6:00 en punto estaba golpeando la puerta de la comisaría con una fuerza que hizo temblar el marco de madera. El teniente Mario Saldaña, un hombre de 50 años con 30 de servicio en la policía de montaña, la recibió con una expresión que Patricia no supo interpretar en ese momento.

 No era indiferencia, sino algo peor. Era la mirada de alguien que ya había visto esta historia demasiadas veces y conocía los finales posibles. “Vamos a organizar una patrulla de búsqueda”, dijo Saldaña mientras servía café aguado en vasos de plástico. “Pero necesito que entienda algo, señora Moreno. Las montañas aquí no son como un parque de la ciudad.

 La zona donde su cuñado dijo que iba abarca aproximadamente 200 km² de terreno irregular, barrancos, quebradas, senderos que aparecen y desaparecen según la temporada. Si tuvieron un accidente vehicular, si se desviaron del camino, si mi cuñado conocía esa zona como la palma de su [música] mano interrumpió Patricia con una voz que intentaba sonar firme, pero que se quebraba en los bordes.

 Trabajó ahí durante años. No es un turista perdido, es ingeniero civil. Si algo pasó, fue algo no pudo terminar la frase. ¿Algo qué? ¿Algo imposible? ¿Algo que desafía la lógica? En ese momento Patricia Moreno todavía creía que había una explicación racional. Todavía creía que su hermana, su cuñado y sus sobrinos estaban en algún lugar esperando ser rescatados.

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