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The Boyfriend Who Said “If She’s Not Mine, She’s Nobody’s” — She Was Found Buried in Concrete

The Boyfriend Who Said “If She’s Not Mine, She’s Nobody’s” — She Was Found Buried in Concrete

Valeria Reyes tenía 16 años cuando el mundo aún le parecía comprensible. Vivía en el sector norte de Monterrey, en una colonia de casas apretadas, donde los niños jugaban en las banquetas hasta que el calor los vencía y las madres los llamaban desde las ventanas. Era la segunda hija de don Ernesto, obrero de turno partido en una ensambladora de autopartes y de doña Carmen, quien hacía tamales los fines de semana para venderlos en la esquina y completar el gasto familiar.

La vida en esa casa era digna, aunque estrecha, con el televisor encendido después de las 8 y el olor a frijoles que impregnaba las paredes. Valeria era discreta hasta el punto de pasar inadvertida. Sus maestros la recordarían después como una alumna tranquila, sin mayores problemas ni logros que destacar. Sus compañeras de preparatoria la describían como alguien que sonreía, pero que rara vez se abría, que estaba presente, pero siempre un poco al margen del grupo.

No era infelizmente, era más [música] bien una chica que habitaba su propia soledad con una resignación que nadie había pensado en cuestionar. tenía un teléfono viejo que le había heredado su prima mayor cuando esta cambió de modelo. Era un aparato lento con la pantalla rallada en una esquina, pero a Valeria le bastaba para escuchar música con audífonos [música] durante el trayecto al colegio y para revisar de vez en cuando las redes sociales que sus compañeras usaban con una naturalidad que a ella le costaba

imitar. fue a través de una aplicación de mensajes de esas [música] que proliferaron en los años en que los adolescentes empezaron a construir mundos paralelos en sus pantallas, que recibió [música] un martes de septiembre un mensaje de un desconocido. El nombre del perfil era Rodrigo. [música] La foto mostraba a un hombre de facciones agradables con una sonrisa calculada y una actitud desenfadada que Valeria no supo leer como lo que era.

Una construcción. Le escribió con la soltura de quien lleva mucho tiempo practicando ese tipo de presentaciones. Le preguntó cómo se llamaba. Le dijo que la había visto en un grupo en común. le hizo sentir que había sido ella, específicamente ella, la que había llamado su atención entre muchas. Valeria le respondió esa misma tarde.

Rodrigo Saavedra tenía 23 años, aunque a veces decía 22 para acortar la distancia. Era oriundo de Saltillo, pero llevaba varios años moviéndose entre ciudades del noreste del país, sin un rumbo claro ni un trabajo fijo. Tenía antecedentes menores, nada que lo hubiera retenido mucho tiempo y una habilidad notable para aparecer simpático [música] ante quien necesitaba creerle.

Conocía el lenguaje que usan los adolescentes, sabía cuándo presionar y cuándo retroceder, y tenía una red de personas, hombres y mujeres jóvenes, que funcionaban como un sistema sin nombre ni estructura visible. Durante las primeras semanas, los mensajes entre Rodrigo y Valeria fueron lo que cualquier chica de su edad habría reconocido como atención romántica.

Él le preguntaba por su día, le mandaba memes, le decía que era diferente a las demás con esa frase gastada, que sin embargo, seguía funcionando en Bocas, que la pronunciaban con convicción. Valeria empezó a esperar sus mensajes, empezó a buscarlos, comenzó a construir [música] en el reducido espacio de su habitación compartida con su hermana menor, una imagen de ese hombre que tenía poco que ver con la realidad.

 Don Ernesto, de haber sabido, habría intervenido, pero Valeria no decía nada, no por malicia, sino porque no había aprendido que ese tipo de conversaciones se pudieran compartir. En su casa no se hablaba de novios ni de sentimientos con esa facilidad. Había afecto, sí, pero del tipo silencioso, el que se expresa poniendo el plato en la mesa o esperando despierto hasta que el otro llega.

Las palabras grandes se quedaban guardadas. Un domingo de octubre, Rodrigo le propuso que se vieran. Le dijo que quería conocerla de verdad, que los mensajes ya no le alcanzaban. Valeria dudó tres días antes de responder que sí. Se encontraron en una plaza comercial del centro, tomaron un refresco, caminaron durante casi dos horas.

Rodrigo fue encantador. Supo preguntar. Supo callar en los momentos exactos. Supo hacerla reír dos veces con historias que probablemente no eran del todo ciertas. Esa noche Valeria llegó a casa antes de las 9. Doña Carmen no notó nada distinto en su expresión. Don Ernesto estaba viendo el partido. Nadie supo que esa tarde había comenzado algo que con el tiempo se convertiría en la peor pesadilla de esa familia.

Los siguientes encuentros se volvieron rutina antes de que Valeria pudiera reconocerlos como hábito. Rodrigo aparecía cuando decía que aparecería, cosa que ella, sin saberlo, ya había empezado a considerar una virtud. Le traía pequeños detalles, un dulce, una pulsera de 10 pesos, una canción que le había mandado con el mensaje, “Escucha esto y piensa en ti.

” Valeria los recibía con una mezcla de gratitud y extrañeza, como quien no está acostumbrado a ser visto y no sabe bien qué hacer cuando alguien lo mira. En noviembre, Rodrigo le dijo que la quería. Valeria no respondió de inmediato, pero esa noche no pudo dormir. Lo que vino después fue gradual, casi imperceptible.

Rodrigo comenzó a hacer preguntas sobre sus amigas, sobre sus horarios, sobre qué hacía cuando no estaba con él. Al principio sonaban a interés genuino. Luego empezaron a sonar a otra cosa. Cuando Valeria mencionó que saldría el sábado con unas compañeras del colegio, Rodrigo guardó silencio un momento y después dijo con una calma que incomodaba más que los gritos.

Pensé que ese día era para nosotros. Valeria canceló los planes con sus amigas. Eso ocurrió tres veces antes de que las amigas dejaran de invitarla. En diciembre, Rodrigo le presentó aparte de su círculo. Eran jóvenes de entre 18 y 26 años, dos hombres y una chica llamada Fernanda, [música] que tenía una mirada plana y que apenas habló durante toda la tarde.

Valeria no se sintió cómoda, pero no supo nombrar por qué. Rodrigo le dijo después que Fernanda era tímida, que los otros eran buena gente, que ella debería confiar más en su criterio. Valeria empezó a confiar en su criterio. En enero, don Ernesto encontró a su hija llorando en el baño un lunes por la noche.

 Cuando le preguntó qué pasaba, ella dijo que nada, que era el colegio. Él le creyó porque quería creerle, porque la alternativa era más difícil de sostener. Doña Carmen le comentó esa semana a una vecina que Valeria andaba rara, más callada que de costumbre. La vecina dijo que eran cosas de la edad. Fue en febrero cuando Rodrigo le planteó por primera vez la idea de escaparse juntos.

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