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Su suegra rompió su vestido para que no fuera a la fiesta… ella llegó en limusina con el Millonario…

Su suegra rompió su vestido para que no fuera a la fiesta.  Pensó que la había vencido. Pensó que se quedaría en casa. Pero horas después, una limusina se detuvo frente al salón.  Ella bajó del brazo del millonario y nadie pudo decir una palabra. Aurora cerró la laptop y se recostó en la silla desgastada de su pequeño departamento.

  3 meses, tres meses trabajando hasta las 2 de la mañana, diseñando logos para pequeños negocios,  editando fotografías de bodas ajenas, creando menús digitales para restaurantes que nunca visitaría,  cada peso contado, cada gasto medido, el café instantáneo en lugar del de cafetería, los sándwiches caseros en vez de comida corrida, las caminatas largas para ahorrar el transporte, todo por esto.

 abrió el navegador otra vez, aunque ya se sabía de memoria cada detalle de la página.  Exposición Vanguardia Contemporánea. Obras de artistas emergentes y consagrados de América Latina. Las fotografías mostraban salas amplias con techos altos, pinturas que parecían respirar luz propia, esculturas que desafiaban la gravedad.

 Durante años había seguido museos y galerías en redes sociales, descargado catálogos digitales, visto documentales en plataformas gratuitas, conocía los nombres, las técnicas, las corrientes, pero nunca había estado frente a una obra real. Hasta ahora el vestido colgaba en su armario, color azul medianoche, sencillo elegante.

 Lo había encontrado en una tienda de segunda mano, casi nuevo, probablemente usado una sola vez por alguien que podía darse el lujo de estrenar y olvidar. Le había costado ajustarlo a su talla, coser el dobladillo, cambiar el cierre, pero quedaba perfecto. La entrada a la exposición había representado un mes entero de trabajo extra.

 Valía cada hora de sueño perdido. Se levantó y preparó té. Mañana era el día. Revisó mentalmente la ruta.  Dos camiones. 20 minutos caminando. Llegaría temprano cuando hubiera menos gente. Podría observar con calma, leer las fichas técnicas.  Tal vez incluso sentarse en alguna de esas bancas que aparecían en las fotografías.

El teléfono vibró. Mensaje de Lucía, su única amiga que entendía esta obsesión por el arte. Ya estás nerviosa, emocionada, tecleó Aurora. No he dormido bien en tres días. Vas a amar cada segundo. Tómale fotos a todo. No sé si se pueda. Entonces grábatelo en la memoria  y cuéntame cada detalle. Aurora sonró.

 Lucía trabajaba doble turno en un hospital. Apenas tenía tiempo para respirar, mucho menos para acompañarla, pero siempre preguntaba, siempre escuchaba. Cuando Aurora hablaba de composición, de paletas de color, de movimientos artísticos que sonaban a idioma extranjero para la mayoría. Esa noche durmió poco.

 Cuando finalmente cerró los ojos, soñó con pasillos blancos interminables llenos de cuadros que cambiaban cada vez que parpadeaba. La galería Montemayor ocupaba un edificio antiguo restaurado en el centro histórico. Aurora llegó 40 minutos antes de la apertura y encontró ya una fila de unas 20 personas. Se formó al final abrazando su bolso pequeño, sintiendo el peso del vestido en la bolsa de tela que llevaba.

 Se cambiaría en el baño de algún café cercano antes de entrar. La mujer frente a ella hablaba por teléfono en inglés, discutiendo precios de algo que Aurora no alcanzó a comprender. A su lado, un hombre de traje revisaba un catálogo impreso con anotaciones al margen. Todos parecían pertenecer a este mundo.

 Aurora se preguntó si se notaba que era su primera vez, si llevaba escrita en la frente la palabra intrusa. Pero cuando las puertas se abrieron y comenzó a avanzar la fila, cuando entregó su boleto impreso y la mujer en recepción, le sonrió con calidez profesional. Cuando finalmente cruzó el umbral y vio la primera sala, todo lo demás dejó de importar.

 La pieza central era un óleo de casi 3 m de alto. Una mujer fragmentada en planos de color, rostro dividido entre sombra y luz, manos que alcanzaban algo invisible.  Aurora se acercó despacio. En la pantalla de su computadora había visto esta obra docenas de veces, pero aquí las pinceladas tenían textura. El barniz capturaba la luz de manera diferente según el ángulo.

 Los colores vibraban. Se quedó parada frente al cuadro sin medir el tiempo. Leyó la ficha técnica. Mariana del Val, 2023. Óleo sobre lienzo. Memorizó los trazos. La forma en que el azul cobalto se fundía con ocre en las sombras del cuello. Cerró los ojos un momento para guardar la imagen completa. Cuando los abrió, un hombre estaba a su lado, alto,  vestido con camisa blanca impecable y pantalón oscuro.

 No la miraba a ella, sino a la pintura. Pero había algo en su postura en la forma en que ladeaba ligeramente la cabeza que le hizo pensar que llevaba rato ahí. Es diferente en persona, ¿verdad?, dijo él sin voltear. Aurora tardó un segundo en darse cuenta de que le hablaba a ella completamente respondió. La textura cambia todo.

 Los monitores aplanan. Por mejores que sean, nunca capturan la tercera dimensión. Ahora sí la miró. Ojos oscuros. Expresión tranquila. Primera vez aquí. Aurora sintió calor en las mejillas, pero asintió.  Primera vez en cualquier galería. En realidad esperaba con descendencia, tal vez una sonrisa educada antes de que él se alejara hacia conversaciones más interesantes.

 En cambio, el hombre sonrió con genuino interés. Entonces, elegiste bien para empezar, esta exposición tiene piezas increíbles. ¿Ya viste la sala de escultura? Todavía  no. Quería ir despacio. La mejor forma de hacerlo. Extendió la mano. Eitor. Aurora. El apretón fue firme, pero breve. Heor señaló hacia un pasillo lateral.

 Si te gusta del vale, en la sala tres hay dos acuarelas suyas. Estudios previos. No están en el catálogo principal, pero valen la pena. ¿Cómo sabes eso? Vengo seguido. Se encogió de hombros. Conozco al curador. Caminaron juntos hacia la siguiente sala. Aurora esperaba que él se adelantara, que la conversación muriera naturalmente, pero Eitor se detuvo frente a cada pieza que llamaba su atención.

 No hablaba demasiado, hacía preguntas. ¿Qué ves aquí? Estaban frente a una instalación de espejos fragmentados que reflejaban luces de colores. Aurora dudó. En la escuela siempre la habían callado cuando intentaba hablar de arte. “Muy rebuscado”, decían sus compañeros. “Solo son manchas”, se burlaban. Pero Eitor esperaba con paciencia genuina.

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