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“Si Me Da Techo, Le Hago La Comida” Dijo la madre al viudo Con Sus Dos Hijos En Brazos.

Suscríbete al canal, activa la campanita para no perderte ninguna historia y cuéntame en los comentarios desde qué rincón del mundo nos estás escuchando. Vamos a comenzar. Rosario Fuentes tenía 26 años y cargaba en el cuerpo el tipo de cansancio que no se ve, pero que se siente en cada movimiento.

 Ese cansancio que viene de sostenerse sola demasiado tiempo sin que nadie pregunte cómo está. Había nacido en un pueblo chico donde las casas se conocían por el nombre de los dueños y no por número de calle. Hija de don Ignacio Fuentes, herrero de oficio y de doña Petra, que hacía el mejor queso de la región, y que murió de un paro cuando Rosario tenía 19 años, dejando a su hija con el saber de las manos y el hueco grande en el pecho que dejan las madres que se van antes de que uno termine de aprender de ellas.

 Don Ignacio vivió tres años más, lo suficientes para ver a Rosario casarse con Héctor y se fue también en paz con la fragua apagada y las herramientas colgadas con ese orden de quien no piensa volver. Rosario quedó con 22 años. un marido que al principio parecía hombre de fondo y que con el tiempo fue mostrando que el fondo era más angosto de lo que aparentaba y con la certeza de que el mundo no iba a esperarla mientras ella procesaba la orfandad.

 Héctor era mecánico de maquinaria agrícola, hombre de manos hábiles y lengua fácil, que tenía el talento específico de parecer más de lo que era cuando uno lo miraba de cerca y menos cuando lo miraba de lejos. Los primeros dos años fueron soportables de esa manera en que lo son las cosas que todavía no han mostrado del todo lo que son.

 Héctor trabajaba bien, traía dinero, no levantaba la voz, pero había en él una inquietud que Rosario notó desde temprano y que no supo nombrar bien hasta mucho después. Una manera de mirar hacia el costado cuando hablaba, una costumbre de llegar tarde sin explicación creíble, una serie de encargos que siempre tardaban más de lo que decía que iban a tardar.

 Tomás nació cuando Rosario tenía 23 años y con él llegó la primera versión de Héctor que Rosario no había conocido antes, la del hombre que mira su hijo recién nacido con la expresión de quien está calculando cuánto le va a costar. No fue nada concreto, fue un gesto. Fue el tiempo que tardó en cargar al niño esa primera noche en el hospital.

 Fue la manera en que se fue a dormir antes de que Rosario terminara de amamantar. Esas cosas pequeñas que no alcanzan para una queja, pero que se van acumulando la memoria sin que uno les dé permiso. Con el segundo embarazo, Héctor se puso diferente de una manera que ya no podía nombrarse como intuición, sino como evidencia.

 Llegaba más tarde, salía más temprano. Había una mujer. Rosario lo supo antes de saber los detalles, porque el cuerpo de un hombre cambia cuando hay otra y una mujer que conoce bien a su marido lo lee en los gestos antes de leerlo en los papeles. Lo confrontó una noche de marzo con 4 meses de embarazo y Tomás dormido en el cuarto.

 Héctor no lo negó. Lo dijo con esa tranquilidad de quien ya tomó la decisión y solo estaba esperando el momento de anunciarla. dijo que se iba, que la otra era de otro pueblo y que ya tenía trabajado todo para irse con ella, que lo sentía, pero que las cosas eran así. Rosario no lloró esa noche.

 Se quedó sentada a la mesa de la cocina después de que Héctor salió a empacar y se quedó mirando la llama del kinqué que se movía con la corriente de la ventana abierta, pensando en su madre y en lo poco que le había faltado para que doña Petra alcanzara a conocer a Tomás y para lo mucho que faltaba para que conociera al que venía.

 Pensó en don Ignacio y en las herramientas colgadas con orden. Pensó en que ella no tenía herramientas que colgar ni fragua que apagar. Tenía un hijo de 2 años dormido en el cuarto, otro creciendo adentro y la casa rentada que iba a perder en cuanto Héctor dejara de pagar porque el dinero de la renta era de él y no había manera de que ella sola lo sostuviera con lo poco que le entraba cociendo ajeno.

 Héctor se fue al día siguiente antes del amanecer. Tomás ni lo oyó salir. Rosario sí, pero se quedó acostada porque levantarse a ver irse a alguien que ya decidió irse es el esfuerzo más inútil del mundo. La renta se atrasó el primer mes. El segundo mes, el dueño de la casa apareció con esa cara de quien tiene razón y lo siente. Rosario le explicó la situación.

 El hombre le dio 30 días más porque no era mal hombre, pero le dejó claro que 30 días era lo que había y que después necesitaba el espacio. Rosario usó esos 30 días para tener a Lucio, para recuperarse lo mínimo del parto y para pensar. Lucio llegó en mayo, seis semanas antes de que se venciera el plazo.

 Llegó de noche con doña Sagrario, la partera del barrio, que había traído al mundo a medio pueblo y que no cobró esa vez porque dijo que Dios le iba a cobrar a Héctor lo que ella no le cobraba a Rosario. Llegó chiquito, rosado, con los puños apretados, como si desde el primer momento supiera que iba a necesitar pelear. Rosario lo recibió en los brazos con ese amor que no se puede preparar por más que uno sepa que viene y que cuando llega lo llena todo, aunque afuera el mundo esté en ruinas.

Tomás lo vio al día siguiente, parado en la puerta del cuarto con la seriedad de sus cuatro años y los ojos puestos en ese bulto rojo que hacía ruidos raros. Preguntó si era para quedarse. Rosario dijo que sí. Tomás asintió con la cabeza, entró al cuarto, se sentó en el banquito de al lado de la cama y se quedó mirando a su hermano con una atención que Rosario no le había visto antes, la atención de quien acaba de entender que tiene una responsabilidad nueva y que la toma en serio.

 Al mes de haber nacido Lucio, Rosario ya no tenía casa. Metió en la maleta lo que cabía, amarró a Lucio en el reboso, tomó a Tomás de la mano y salió. No tenía familia en el pueblo que pudiera recibirla sin que fuera un problema. Los hermanos de don Ignacio eran viejos y cada uno con lo suyo. Las amigas de la escuela se habían ido dispersando con los años y el matrimonio y las distancias que la vida pone sin que uno las planee.

 Rosario tenía la maleta, los dos hijos y la habilidad de sus manos que había heredado de la madre y que era lo más concreto que poseía. Caminó hacia el norte porque el norte era donde menos gente la conocía, que es a veces lo que uno necesita cuando empieza de nuevo. Paró en dos ranchos el primer día. En el primero le dieron agua y tortilla porque tenían poco, pero lo compartieron.

 En el segundo había trabajo de limpieza por tres días a cambio de cuarto y comida y Rosario aceptó porque Lucio necesitaba un techo y Tomás necesitaba comer caliente. Trabajó los tres días y siguió. El cuarto día llegó a la vereda que llevaba al rancho del portón abierto. No lo había planeado. Iba por el camino principal cuando Tomás preguntó si podían descansar en la sombra y señaló la vereda que cortaba hacia los árboles.

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