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Ronaldinho sintió que la tribuna se calló y lo que hizo dejó a todos sin palabras

Eran 12. Los contó después sin habérselo propuesto. 12 chicos con la camiseta del equipo, con las botas todavía puestas y el barro seco de la sesión de la mañana en las espinilleras con los teléfonos en la mano y esa mezcla particular de nerviosismo y determinación que tienen los adolescentes cuando quieren algo, pero no quieren que se note demasiado que lo quieren.

 Tenían entre 16 y 19 años. Venían del filial, de la academia, de esa zona intermedia del fútbol profesional, donde el talento ya ha sido detectado, pero el futuro todavía no ha sido escrito y todo puede ocurrir en cualquier dirección. Habían esperado a que el entrenamiento terminara. Eso también lo notó después, que ninguno se había acercado mientras el trabajo estaba en curso, que habían tenido la paciencia o quizás la educación de esperar el momento correcto.

Se habían quedado en el borde del campo junto a la valla de publicidad con ese lenguaje corporal específico del grupo que ha llegado a un consenso colectivo sin habérselo dicho explícitamente. Ronaldinho los vio cuando se acercó a la zona donde había dejado su bolsa de deporte. vio los teléfonos, vio los 12 pares de ojos y sonrió, no porque hubiera calculado que era el momento de sonreír, sino porque era la respuesta natural, el idioma que su cuerpo había aprendido para esas situaciones en los últimos 15 años y que

ya funcionaba con la automaticidad de los reflejos. El primero se acercó. 16 años, pelo corto, la camiseta metida por dentro del pantalón de entrenamiento con esa pulcritud un poco forzada de quien está intentando dar una buena impresión. Le extendió el teléfono a alguien que estaba a su lado para que tomara la foto y se puso junto a Ronaldinho con la rigidez inicial del que no sabe exactamente cómo colocarse físicamente junto a alguien a quien ha admirado durante años sin haberle tenido nunca a 30 cm.

Ronaldinho le pasó el brazo por el hombro. El chico se relajó visiblemente con esa rapidez específica de los cuerpos jóvenes que responden al contacto físico de una manera que los adultos ya no hacen con tanta velocidad. La foto se tomó. El chico recuperó su teléfono, lo miró y asintió con una seriedad que resultaba casi cómica en un adolescente, la seriedad de quien acaba de verificar que lo que acaba de obtener es lo que esperaba obtener.

El segundo ya estaba de pie, luego el tercero, luego el cuarto. Ronaldinho posó con los 12 sin apresurarse, sin el tipo de impaciencia contenida que tienen a veces las personas famosas cuando acceden a este tipo de peticiones, pero con la mitad de la atención ya puesta en el siguiente compromiso. Con cada uno hubo un momento de contacto real, una mano en el hombro, el brazo que rodea, la cabeza que se inclina ligeramente hacia el chico para que la foto no quede con la diferencia de altura haciendo extraño el encuadre.

Con algunos intercambió dos frases. Con uno que llevaba el dorsal cinco y que tenía la mandíbula apretada del que está intentando no demostrar que está nervioso, se demoró un poco más. Le preguntó por la posición que jugaba. asintió cuando el chico respondió que era mediocampista y dijo algo que el chico no repitió, pero que le hizo soltar la mandíbula y sonreír de una manera diferente a como había llegado.

12 fotos, 12 momentos, 12 chicos que se alejaron del campo con algo en los teléfonos que iba a existir para siempre, o al menos durante todo el tiempo que los teléfonos y las plataformas donde se guardan esas cosas decidan existir. Y luego, cuando el último se fue, Ronaldinho recogió su bolsa del suelo, se la colgó del hombro y caminó hacia el borde del campo, no hacia el vestuario, no hacia la salida, hacia el extremo opuesto del campo de entrenamiento, el que quedaba detrás de la portería norte, donde había un banco

de madera viejo que nadie usaba normalmente porque estaba demasiado lejos de la acción para ser útil durante las sesiones y demasiado expuesto al sol del mediodía para ser cómodo como lugar de descanso. Se sentó en ese banco, dejó la bolsa a sus pies y se quedó mirando el campo vacío. Améico Ferreira llevaba 19 años como segundo entrenador en distintos clubes de Brasil y una temporada trabajando en el mismo cuerpo técnico que Ronaldinho.

era un hombre callado, de los que escuchan más de lo que hablan y que por eso con el tiempo saben cosas sobre las personas que los que hablan más raramente llegan a saber. Había observado todo desde la esquina del campo donde estaba revisando unos apuntes tácticos. Los 12 chicos, las 12 fotos, la sonrisa y luego la caminata hacia el banco de madera detrás de la portería norte.

Esperó 5 minutos, luego guardó sus apuntes, cruzó el campo en diagonal y se sentó en el banco junto a Ronaldinho. Ninguno de los dos dijo nada durante un momento. Américo tenía la virtud de los hombres que saben estar en silencio sin que el silencio se vuelva incómodo para ninguno de los dos. Ronaldinho seguía mirando el campo vacío con la expresión de alguien que está viendo algo que no está en el campo.

Luego Américo preguntó con la sencillez directa que había aprendido. Es la única forma que funciona cuando quieres que alguien te diga algo que no tenía planeado decir, ¿por qué se había alejado? Ronaldinho no respondió de inmediato. Bajó la vista a sus propias manos que descansaban sobre las rodillas con la palma hacia arriba, abiertas como si estuvieran esperando algo.

Las miró durante un segundo y luego dijo algo que Amédico tardó horas en terminar de procesar. Ya soy parte de sus historias, no de la mía. Amé. Había aprendido a no responder cuando alguien decía algo que necesitaba espacio alrededor para existir correctamente. Suscríbete ahora y deja un comentario, porque lo que Ronaldinho le explicó a Américo en ese banco de madera durante los 30 minutos siguientes es la conversación que más tardó en contar a alguien que la escuchó en primera persona. Y es la razón por la que una

frase de ocho palabras dicha en el borde de un campo de entrenamiento importa más que cualquier estadística de cualquier temporada. La frase no era un lamento. Eso fue lo primero que Américo entendió cuando Ronaldinho comenzó a desarrollarla. No había en su voz el tono de alguien que se queja de algo, ni el amargo reconocimiento de quien ha perdido algo que valoraba.

 Era más parecido a la observación serena de alguien que ha llegado a una conclusión después de mucho tiempo pensando en ella y que por fin ha encontrado las palabras exactas para formularla. Lo que Ronaldino intentaba describir era un fenómeno que raramente aparece en las conversaciones públicas de los deportistas, porque el vocabulario para hablar de las propias vidas interiores suele ser más limitado que la capacidad para vivirlas.

El fenómeno de convertirse en un objeto de la historia de otras personas mientras tu propia historia continúa como si hubiera dos versiones de ti en circulación simultánea. La que existe en tu propia experiencia y avanza con el tiempo y la que existe en la memoria de quienes te han visto y queda fijada en un momento específico.

El chico del dorsal 5 tenía en ese teléfono una foto con el Ronaldinho del Camp del Bernabéu, de los 80.000 1 vestidos de blanco. No lo sabía porque lo conocía por los vídeos y la mitología que el fútbol construye alrededor de sus mejores momentos. Pero eso era lo que tenía. No al hombre con el barro en las botas y los treint y tantos años, al otro, al de la historia.

Y eso le dijo Ronaldinho era bonito. No lo decía con tristeza, lo decía con el reconocimiento genuino de alguien que entiende el valor de lo que ha dado y no lo menosprecia. Era bonito que esos chicos tuvieran esa foto. Era bonito que para ellos él fuera lo que era, que su presencia en ese campo tuviera el peso específico de lo que habían visto en los vídeos.

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