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Ronaldinho revela que su mejor critico de futbol era un hombre ciego y esta es su historia

El balón estaba en los pies de Ronaldinho. Era el minuto 34 de un partido de Champions League contra el Manchester United. Barcelona dominaba. El estadio Camp no rugía con cada toque. 78000 personas esperaban la magia que solo Ronaldinho podía crear. Pero entonces sucedió algo que nadie esperaba. Ronaldinho se detuvo.

Miro hacia una esquina específica de la tribuna. Y sin ninguna razón aparente, pateó el balón hacia la línea de banda. Fuera del campo, deteniendo el juego. El árbitro corrió hacia el confundido. Sus compañeros lo miraban sin entender. Los jugadores del Manchester United protestaban. El entrenador Frank Rcard se levantó del banquillo gritando, pero Ronaldinho no escuchaba a nadie porque había escuchado algo más importante.

Una voz que conocía desde hace 7 años. Una voz que había estado en cada partido desde que llego al Barcelona, una voz que hoy sonaba diferente, más débil, más triste, como si fuera la última vez. La voz de Ricardo Mendoza, el hombre ciego que nunca había visto jugar a Ronaldinho, pero que lo había escuchado más que nadie en el mundo.

 Esta es la historia de una amistad que nadie conocía, la historia de un hombre que veía el fútbol con los oídos, la historia de un adiós que sucedió en medio de un partido de Champions League y la razón por la que Ronaldinho hizo algo que ningún futbolista había hecho jamás. Todo comenzó en 2004. Ronaldinho acababa de llegar al Barcelona.

Era joven, era talentoso y estaba completamente perdido en una ciudad nueva. Los primeros meses fueron difíciles. El idioma era diferente, la cultura era diferente. Extrañaba Brasil, extrañaba a su familia. Se sentía solo aunque estuviera rodeado de millones de fans. Una noche después de un entrenamiento, Ronaldinho camino por las calles de Barcelona sin rumbo.

Necesitaba pensar. Necesitaba encontrar algo que lo conectara con esta nueva ciudad. Entonces escucho música. Venía de una plaza pequeña. Un hombre tocaba la guitarra y cantaba canciones brasileñas. Canciones de casa. Canciones que Ronaldinho no había escuchado desde que llegó a Europa. Ronaldinho se acercó, se sentó en un banco cercano.

Cerro los ojos y escucho. Por primera vez en meses se sintió en casa. Cuando la canción terminó, Ronaldinho aplaudió. El musico levantó la cabeza y Ronaldinho notó que el hombre era ciego. Sus ojos estaban cerrados permanentemente. Una cicatriz cruzaba su rostro desde la frente hasta la mejilla, pero su sonrisa era brillante, genuina, como si la oscuridad de sus ojos no hubiera apagado la luz de su alma.

 “Eres brasileño”, dijo el hombre. Reconozco el aplauso de un brasileño, Ronaldinho Río. ¿Cómo puedes reconocer un aplauso? El hombre sonrió. Los brasileños aplaudimos con el corazón. Se escucha diferente, más cálido, más rítmico, como si aplaudieras con samba en las manos. Aquella noche Ronaldinho y Ricardo hablaron durante horas.

Ricardo tenía 35 años. Había nacido en Sao Paulo, pero vivía en Barcelona desde hace 10 años. Había perdido la vista en un accidente de coche cuando tenía 20, pero no había perdido su amor por la música ni su amor por el fútbol. Ricardo era hincha del Barcelona desde que era pequeño. Su padre lo había llevado al Camp cuando tenía 7 años.

Había visto jugar a Maradona, a Romario, a Stoikov y aunque ahora no podía ver, seguía yendo a cada partido. ¿Cómo sigues el juego si no puedes ver?, preguntó Ronaldinho. Ricardo tocó su oreja. Escucho el sonido del balón golpeando el césped, el ruido de las botas, el murmullo de la multitud. Puedo saber exactamente dónde está el balón por cómo reacciona el estadio y cuando hay un gol no necesito verlo.

 Lo siento. En el aire, en la vibración, en el grito de 70,000 personas que se convierte en una sola voz. Ronaldinho estaba fascinado. Nunca había pensado en el fútbol de esa manera. Nunca había considerado que alguien pudiera amar el juego sin verlo. Ricardo continuo. Pero hay algo que me falta. Los comentaristas de radio describen las jugadas, pero no describen la magia.

 No pueden explicar cómo se siente cuando un jugador hace algo imposible. Solo dicen que paso, no como se sintió. Ronaldinho tuvo una idea. Ven a mi próximo partido. Te conseguiré un asiento especial cerca del campo y yo te contaré lo que los comentaristas no pueden contar. Ricardo Río, ¿estás bromeando? Ronaldinho negó con la cabeza, aunque Ricardo no podía verlo.

 Nunca bromeo sobre el fútbol. Suscríbete y deja un comentario porque lo que viene ahora es el momento que cambio todo. El siguiente partido fue contra el Real Madrid, el clásico, el partido más importante del fútbol español. Ronaldinho consiguió un asiento para Ricardo en la primera fila, justo detrás del banquillo del Barcelona.

Durante el calentamiento, Ronaldinho se acercó a Ricardo. Cuando toque el balón, escucha, voy a hacer algo especial solo para ti. Ricardo asintió con lágrimas en los ojos. El partido comenzó. Ronaldinho estaba en llamas. Cada vez que tocaba el balón hacía algo extraordinario. Regates, pases imposibles, jugadas que dejaban a los defensores del Madrid humillados.

Y cada vez que hacía algo especial, Ronaldinho miraba hacia donde estaba Ricardo. Aunque Ricardo no podía verlo, Ronaldinho sabía que lo escuchaba. Sabía que cada ovación del estadio le contaba la historia. En el minuto 70, Ronaldinho recibió el balón en el centro del campo. Hizo un sombrero a un defensor, luego otro, luego un túnel a un tercero y finalmente disparo desde fuera del área.

 El balón entro por la escuadra, el estadio explotó, pero Ronaldinho no celebró de la manera habitual. No corrió hacia sus compañeros, no se deslizó por el césped, corrió hacia la primera fila, hacia donde estaba Ricardo, se arrodilló frente a él, tomó sus manos y las puso sobre su propio rostro para que Ricardo pudiera sentir su sonrisa. ¿Lo escuchaste?, preguntó Ronaldinho.

Ricardo lloraba. Lo sentí. Sentí cada toque, cada ovación, cada segundo de magia. Fue como si pudiera ver por primera vez en 15 años. Aquel momento no fue captado por las cámaras, no salió en ninguna noticia. Era demasiado íntimo, demasiado personal, pero fue el comienzo de algo que duraría 7 años. Desde aquella noche, Ricardo fue a cada partido de Ronaldinho en el Camp, siempre en el mismo asiento, siempre en la primera fila.

 Y después de cada partido, Ronaldinho lo visitaba. Le contaba lo que había pasado, le describía las jugadas de una manera que los comentaristas nunca podrían. Ricardo se convirtió en el crítico más importante de Ronaldinho porque Ricardo no veía lo que Ronaldinho hacía, sentía lo que Ronaldinho transmitía y eso era más valioso que cualquier análisis táctico.

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