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“Por Favor deme un hogar Señor” Dijo La Embarazada Sin Hogar Al Viudo con su hijo en pleno invierno.

 El rancho estaba apartado del camino por una vereda corta con árboles oscuros alrededor cuyos contornos Valentina apenas adivinaba y la luz venía de la ventana de la sala. Esa ventana que da al frente los ranchos del campo y que es la primera que uno ve al llegar. Valentina se detuvo. Miró esa luz, pensó en la cara que pondría quien abriera al ver a una mujer de 8 meses en la puerta.

 A esas horas con el frío que hacía. Pensó en que podían no abrir y después el bebé se movió dentro de ella con esa fuerza que tienen los de 8 meses que ya no tienen mucho espacio, pero que siguen insistiendo moverse. Y ese movimiento le recordó que no tenía tiempo para pensar más. llamó tres veces y esperó.

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 Honrada, trabajadora, sin mucho y sin poco, sostenida por el trabajo de los padres y por la costumbre de no quejarse de lo que no se puede cambiar. El padre me diero en tierras ajenas, la madre haciendo que todo alcanzara por pura voluntad y Valentina desde niña aprendiendo lo que se aprende cuando no hay más remedio que aprenderlo.

 A cocer con lo que hubiera, a cocinar con lo que quedara, a lavar la ropa de todo sin que nadie tuviera que pedírselo, a cuidar a los hermanos menores como si fueran responsabilidad propia, aunque todavía no tuviera edad para cargar responsabilidades así. Era muchacha de carácter sereno y manos rápidas, con unos ojos color avellana claro que observaban más de lo que parecía y que guardaban más de lo que mostraban.

 Porque en el campo uno aprende temprano que mostrar todo lo que uno siente es lujo de quien tiene a alguien que lo sostenga cuando lo que muestra pesa. A los 20 años conoció a Rodrigo, hijo de un comerciante que venía al rancho del padre a comprar maíz cada temporada y que tenía la costumbre de quedarse más tiempo del necesario cuando Valentina andaba cerca.

 Era muchacho de buena planta, sonrisa fácil, palabras bonitas de las que saben exactamente dónde llegar cuando se le dicen a una muchacha de rancho que no ha escuchado palabras bonitas con frecuencia. Valentina no era tonta, pero tenía 20 años y el corazón sin estrenar. Y esas dos cosas juntas son la combinación que más aprovechan los hombres que saben lo que hacen.

 La relación duró un año. Un año de visitas, de paseos cortos por el camino, de promesas que sonaban a verdad, porque Rodrigo las decía con la convicción de quien ha practicado decirlas. Cuando Valentina quedó embarazada y fue a decírselo, la respuesta llegó sin adorno, que el bebé no podía ser de él, que ella debía haber andado con alguien más, que sus padres no iban a aceptar eso.

 Lo dijo con la frialdad de quien tenía el discurso preparado porque sabía que el día iba a llegar. Valentina salió de esa casa, esperó a estar a medio camino, se sentó en una piedra al borde del camino y lloró. No de tristeza, sino de rabia, que es el llanto que viene cuando uno entiende que confió en quien no merecía la confianza.

 Los padres respondieron como respondía esa familia a todo lo difícil, sin drama y hacia adelante. Doña Celia abrazó a Valentina y dijo que el bebé era bienvenido. Don Aurelio se quedó callado tres días, que era su manera de procesar y al cuarto dijo que era su nieto y que punto. Pero el ranchero dueño de las tierras donde trabajaba don Aurelio era amigo cercano del padre de Rodrigo y cuando la historia llegó a sus oídos, decidió que no quería en sus tierras a la familia de la muchacha que había causado problemas.

Le dijo a don Aurelio que el contrato de mediería no se renovaba, que tenía hasta fin de mes para desocupar la casita que venía con el trato. Don Aurelio tenía 58 años, la espalda que le dolía desde hacía dos, cuatro hijos menores que mantener de más de Valentina y de un día para otro nada.

 El golpe lo dobló de una manera que Valentina vio y que le partió el corazón más que cualquier cosa que Rodrigo le hubiera dicho, porque ver al padre doblarse era peor que doblar una misma. Fue Valentina quien tomó la decisión. Sola una noche, sin decírsela a nadie hasta la mañana siguiente, le dijo a la madre que se iba, que con ella en la casa el problema del ranchero seguía siendo problema de toda la familia, que si ella se iba quizás le daban tiempo de encontrar otra cosa, que no sabía dónde iba, pero que iba a encontrar trabajo y techo, que tenía

manos y sabía usarlas, y que el bebé iban a hacer bien, aunque no supiera todavía dónde. Doña Celia lloró. Don Aurelio no dijo que sí, pero tampoco dijo que no, que era su manera de decir que entendía, aunque le doliera más de lo que iba a admitir. Le pusieron en la maleta lo que cabía, dos mudas de ropa, una cobija delgada, el rosario de cuentas azules que había sido de la abuela, unas tortillas y frijoles para el camino y los ahorros que la madre guardaba en el del delantal, que eran poco pero eran todo. Y una mañana

gris de principios de diciembre, con el frío del invierno ya instalado y la barriga de 8 meses empujando el reboso, Valentina salió por el camino sin mirar atrás, porque mirar atrás era un lujo que no podía darse. Caminó el primer día con esa determinación de quien no tiene destino, pero sí dirección.

 El frío era el tipo de frío que en el campo de esa región se asienta en diciembre y no se va hasta marzo. A mediodía encontró una casa de rancho donde una señora le dio frijoles calientes a cambio de lavar tres blusas que tenía pendientes. Y esa fue la única comida del día porque la señora no ofreció más y Valentina no pidió.

 El segundo día, el frío se puso peor y las contracciones falsas de las últimas semanas se hacían notar más cuando el cuerpo estaba tenso de frío. Durmió esa noche en un pajar abierto al borde del camino, envuelta en la cobija, rezando el rosario de la abuela bajito, hasta que el sueño la fue venciendo. El tercer día fue el de la luz encendida.

Había caminado toda la mañana y toda la tarde. En una casa le dijeron que no tenían lugar, en otra ni abrieron. En una tercera, una mujer asomó la cabeza por la ventana, miró la barriga y cerró sin decir nada. Valentina guardó cada rechazo en el mismo lugar donde guardaba todo lo que no podía resolver adentro, sin darle más espacio del necesario, porque si uno le da espacio, lo que duele termina ocupando todo y no queda sitio para seguir.

 La noche cayó de golpe, como cae en diciembre, sin transición. Con ella llegó el frío más fuerte, el de después del sol, que es el que más duele, porque el cuerpo ya gastó el día entero peleando y ya no tiene reservas. Valentina sintió las piernas pesadas y la barriga jalando con una incomodidad que iba más allá del peso. Dobló la curva, vio la luz, tocó la puerta tres veces.

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