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Periodista desapareció en 2000 — fue hallado 10 años después con su cuaderno y nombres borrados

 Mateo no se casó, no tuvo hijos. Su familia era su cuaderno Mkin. Siempre en el bolsillo trasero de sus jeans desteñidos y su grabadora Sony de cassettes, que cargaba como un sacerdote carga la Biblia. Vivía en una habitación alquilada encima de la panadería Los Angelitos, donde el olor a pan recién horneado lo despertaba a las 5 de la mañana desayunaba café negro y un pan de mono.

 Leía el tiempo de punta a punta. Luego salía a hacer lo que mejor sabía. Preguntar. Mateo es incómodo decía don Esteban, el dueño del café de la esquina. Pero es honesto y eso aquí vale oro. La gente confiaba en él. Las viudas le contaban sobre pensiones robadas, los campesinos sobre tierras despojadas, los maestros sobre presupuestos fantasma.

 Mateo escuchaba, anotaba, publicaba, no con rabia, con precisión quirúrgica. Sus artículos no gritaban, susurraban verdades que otros preferían no oír. En el año 2000, San Vicente de los Robles todavía era un pueblo donde se podía caminar de noche sin miedo, pero había grietas, grietas profundas. Y Mateo Cardona estaba a punto de caer por una de ellas.

 Fue un martes, el 14 de marzo de 2000. Mateo salió de su cuarto a las 6 de la mañana como siempre. Doña Celina lo vio pasar frente a su casa camino a la terminal de buses. Él levantó la mano en saludo silencioso. Ella le gritó desde la ventana, “¿Vas a volver para almorzar?” “No sé, mamá, tal vez tarde.” Esas fueron las últimas palabras que alguien de su familia escuchó de su boca.

 Mateo había recibido una llamada anónima tres días antes. Un hombre con voz rasposa, como si fumara dos cajetillas diarias, le dijo que tenía información sobre el negocio de las tierras. No dio detalles, solo un lugar. La vereda el silencio a dos horas en bus desde San Vicente. Venga, solo. El martes 10 de la mañana.

Finca la esperanza. Pregunté por Rubén. Mateo anotó todo en su cuaderno. Después llamó a su editor, don Hernando, un hombre de 60 años con bigote de morza y corbata perpetuamente floja. Hernando, voy a el silencio el martes. ¿Alguien quiere hablar sobre el despojo de tierras? ¿Quién? No sé. Un anónimo. Mateo, no seas Eso huele mal.

Todo huele mal aquí, Hernando, por eso investigo. Don Hernando suspiró. Conocía a Mateo desde que era un pasante torpe que confundía el lad con el cierre. Al menos llama cuando llegues y si no vuelves a las 6, mando a alguien. Tranquilo. El bus salió a las 7. Mateo se sentó al fondo junto a una campesina que llevaba gallinas en un costal.

 sacó su cuaderno y repasó las notas de la semana anterior. Había estado investigando una red de compra ilegal de tierras en veredas cercanas, campesinos que vendían por miedo, notarios que firmaban escrituras falsas, políticos locales que aparecían como nuevos dueños de fincas que antes alimentaban a familias enteras.

 Los nombres eran explosivos. El notario Fabián Uribe, el concejal Rodrigo Salcedo, el empresario madero, Álvaro Enao, todos conectados, todos intocables. Mateo no tenía miedo, o tal vez sí, pero lo disfrazaba de terquedad. El bus llegó a él silencio a las 9:15. El pueblo, si se le podía llamar pueblo, era un puñado de casas de madera rodeadas de cafetales y niebla espesa.

 No había plaza, no había iglesia, solo una tienda con techo de zinc y un letrero desteñido que decía miselánea luz darí. Mateo bajó, preguntó por la finca la esperanza. Un niño descalso señaló un camino de tierra que subía hacia la montaña. Está lejos, como media hora caminando, señor. Mateo echó a andar. La niebla se tragaba los sonidos, solo se oía el crujido de sus pasos sobre hojas secas y el canto lejano de un gallo.

 Nunca llegó a la finca. O tal vez sí llegó. Nadie lo vio después de las 10 de la mañana. A las 7 de la noche, don Hernando llamó a doña Celina. Mateo llegó. No, no estaba contigo. Fue a el silencio. Dijo que volvía en la tarde. Doña Celina sintió que el piso se abría bajo sus pies. El silencio.

 ¿Para qué? Una entrevista, no sé más. Colgaron. Doña Celina llamó a la policía. El sargento de turno, un hombre de voz aburrida, le dijo que esperara 24 horas. A lo mejor se quedó donde un amigo. Ya sabe cómo son los muchachos. Mi hijo no tiene amigos en el silencio. Mi hijo no desaparece sin avisar. Señora, espere hasta mañana. Si no aparece, hacemos el reporte.

Doña Celina no durmió esa noche. Se sentó en la sala con el rosario en las manos y las luces encendidas. esperando el sonido de la llave en la cerradura, esperando la voz de Mateo diciendo, “Perdón, mamá, se me hizo tarde.” Pero Mateo no volvió. Y San Vicente de los Robles acababa de descubrir que el silencio a veces no es solo ausencia de ruido, es ausencia de respuestas.

 La madrugada del miércoles 15 de marzo, doña Celina entró a la estación de policía con los ojos rojos y una foto de Mateo en las manos. Era una imagen de su cumpleaños 30 sonriendo frente a una torta casera, gafas redondas. camisa a cuadros. Esa sonrisa tímida que nunca encajaba con la valentía de sus artículos.

 El sargento Parra, el mismo que la había despachado por teléfono, la recibió con un café aguado y una libreta vieja. Dígame todo desde el principio, doña Celina. Ella habló sin pausas, como si al detenerse fuera a olvidar algo crucial. habló de la llamada anónima, del silencio de don Hernando, de las investigaciones de Mateo sobre las tierras, del notario, del concejal, del maderero.

 Parra anotaba lento, demasiado lento. ¿Y usted cree que esto tiene que ver con esos señores que menciona? No lo sé, pero mi hijo no desaparece así no más, señora, con todo respeto, a veces los periodistas se meten en problemas por andar buscando lo que no deben. Doña Celina lo miró con una mezcla de dolor y rabia. Mi hijo busca la verdad.

 Eso no es un delito. No, pero tampoco es seguro. Parra prometió enviar una patrulla a el silencio esa misma tarde doña Celina salió de la estación con un papel firmado que no le daba ninguna esperanza. Mientras tanto, en la oficina de La Voz del Valle, don Hernando llamó a todos los contactos que Mateo había mencionado en las últimas semanas.

 Nadie sabía nada o nadie quería saber. Hernando, usted sabe cómo es esto.” Le dijo un abogado amigo por teléfono. “Si Mateo tocó un nido de avispas, las avispas pican y aquí las avispas tienen placa y apellido.” Don Hernando colgó, se quedó mirando el escritorio de Mateo. Todavía había un café frío en una taza de plástico, una pila de recortes de periódicos, un postita amarillo con un número de teléfono sin nombre.

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