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No quiero esta música. Estudiante vienés conmocionado en Barranquilla.

Jamás pondré un pie en Colombia. Esa fue la frase arrogante que solté frente a mis amigas, Ana, una joven estudiante del prestigioso conservatorio de Viena. Junto a mis compañeras Melissa y María, habíamos planeado el viaje de graduación de nuestros sueños, una gira por el mundo en busca de la perfección musical.

Nuestro itinerario incluía las grandes capitales de la música clásica, Viena, Berlín, Praga y luego por un capricho del destino y un vuelo barato de conexión, una escala forzada en un lugar que para nosotras no era más que un borrón en el mapa, Colombia. Para nosotras, tres devotas de la disciplina, la técnica impecable y la solemnidad de los teatros europeos, Colombia era la antítesis de todo lo que valorábamos.

 Era el ruido frente al silencio, el caos frente al orden, el reggaetón barato frente a una fuga de baja. Era en nuestra mente una simple y ruidosa sala de espera antes de regresar a la verdadera civilización. Pero qué equivocadas estábamos. Qué arrogancia tan ciega la nuestra. En solo unos días, ese país queábamos sin conocerlos, sacudiría nuestros cimientos, destrozaría nuestros prejuicios y nos haría llorar.

 no de frustración, sino de una revelación tan profunda que cambiaría el curso de nuestras vidas y nuestra música para siempre. En Alemania habíamos encontrado la perfección técnica, sí, pero era una perfección gélida envuelta en un silencio sepulcral que lava el alma. La audiencia inmóvil, los aplausos, una formalidad.

El viaje que debía ser una epifanía se estaba convirtiendo en una lección de vacío y desilusión. Al final, la perfección es solo una jaula dorada”, murmuraba yo, cerrando mi corazón a cualquier nueva experiencia. Sin embargo, en esa última parada en Colombia nos esperaba un espectáculo que superaba con creces cualquier cosa que hubiéramos podido imaginar.

El estruendo ensordecedor del tráfico en Bogotá, el ritmo hipnótico de unos tambores en una calle de Barranquilla, el calor humano en un bus de colores estrientes llamado Chiva y la calidez de un abrazo que retía años de formalidad europea. Para nosotras, un país que era un mero trámite, un extra en el itinerario, se convirtió en el que sacudió nuestros corazones con más fuerza, el que nos desarmó y nos reconstruyó, el que nos cambió la vida.

 ¿Qué fue exactamente lo que vimos en un bus que parecía una discoteca con ruedas? ¿Cómo fue que yo, Ana, la purista del silencio, terminé llorando a lágrima viva y confesando que amaba el ruido de Colombia? Cuando conozcan la respuesta que nos esperaba al final de este viaje, les aseguro que su propia percepción del valor, de la alegría y la pasión también cambiará para siempre.

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La filarmónica de Berlín era un templo, un santuario de cristal y aceronde el sonido nacía y moría con una pureza matemática. La luz fría y azulada se reflejaba en los instrumentos pulidos. Al llegar, Anna contuvo la respiración. Sus oídos, entrenados para captar la más mínima disonancia, solo percibían un silencio reverencial, casi aterrador.

No había susurros, ni carraspeos, ni el rose de la ropa. Para ella, acostumbrada a la disciplina del pentagrama, aquello era el orden supremo, la cúspide de la civilización musical. “¡Qué perfección”, susurró Melisa, “maravillada. Es como si el propio aire estuviera afinado”, añadió María aferrándose al brazo de Ana.

 El concierto estaba a punto de empezar y el silencio era tan denso que se podía cortar. La orquesta interpretó una sinfonía de Maler con una precisión inhumana. Cada nota era perfecta, cada crecendo calculado al milímetro, cada silencio, un abismo de control absoluto. Ana, con la partitura grabada en su mente, seguía cada movimiento, admirando la técnica, la disciplina de los músicos, la dirección impecable del maestro.

Pero a medida que avanzaba la pieza, una extraña sensación comenzó a invadirla. Era como admirar una estatua de mármol perfectamente esculpida, hermosa, sí, pero fría, sin vida. No había alma, no había un atisbo de error humano, de pasión desbordada. Era una ejecución, no una interpretación. Al final, un estallido de aplausos, tan sincronizado y uniforme como la música misma, llenó la sala.

Duró exactamente 45 segundos y se detuvo en seco. Nadie gritó bravo. Nadie se puso de pie con lágrimas en los ojos. Era un reconocimiento, no una celebración. Eso es todo, pensó Anna con un nudo de decepción en el estómago. Esa noche en el hotel las tres estaban extrañamente calladas. La grandeza de la arquitectura berlinesa, la eficiencia del transporte, la pulcritud de las calles, todo era admirable.

Pero el sonido que fluía en esa ciudad era el de una máquina bien engrasada, carente de corazón. Desde la ventana se veía una ciudad iluminada, ordenada, perfecta. Anna cerró las cortinas sintiendo como algo dentro de ella se resquebrajaba. La utopía musical que había soñado toda su vida era en realidad un desierto emocional.

¿Será que la perfección es así de vacía en todas partes? Susurró Melisa con la mirada perdida. Anna no pudo responder. En su pecho solo resonaba el eco de una sinfonía perfecta que no le había hecho sentir absolutamente nada. Y aún no lo sabía, pero esa sensación de vacío era el preludio necesario para la explosión de vida que estaba a punto de golpearla.

Aún no sabía que su frase, “Jamás pondré un pie en Colombia”, se convertiría en el prólogo de la lección más importante de su vida. Los días siguientes en Europa fueron una repetición de esa misma experiencia. Conciertos en Viena, ópera en Praga. Siempre la misma técnica impecable, la misma audiencia solemne, el mismo aplauso cortés.

La belleza estaba ahí, era innegable, pero era una belleza distante, académica, que no invitaba a formar parte de ella, solo observarla desde lejos. Melissa, que estudiaba antropología cultural, intentaba encontrar la riqueza en la historia, en los museos. María, devota de la arquitectura sacra, se maravillaba con las catedrales góticas.

Pero incluso en esos lugares, el silencio y el orden se sentían más como una regla impuesta que como una atmósfera natural. Anna se sentía cada vez más frustrada. El viaje de su sueño se había convertido en una visita a una serie de museos de cera perfectamente conservados, pero sin pulso. El día que volaron hacia Bogotá, el ambiente en el avión era pesado.

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