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Monje desapareció en un antiguo monasterio, lo que encontraron en su celda dejó a todos sin palabras

 El padre Abad ordenó una búsqueda. Revisaron la capilla, el refectorio, los claustros, los jardines. Nada. Fue el hermano Gabriel, el más joven de la orden, quien finalmente se atrevió a abrir la puerta de la celda de Tomás. Lo que encontró lo dejó paralizado. La habitación estaba en perfecto orden. La cama sin deshacer, el crucifijo en la pared, el breviario sobre la mesa de madera, pero en el centro de la celda, sobre el suelo de piedra fría, había una caja de metal oxidada.

 Estaba abierta dentro, fotografías amarillentas, cartas manuscritas con tinta desvanecida, recortes de periódicos de los años 70 y un diario con páginas manchadas de lo que parecía ser Sangre Seca. Y en la última página del diario, escritas con letra temblorosa, dos palabras que él haría en la sangre de todos los que las leyeran. Perdónenme, maté.

La policía llegó 3 horas después. El misterio del monje desaparecido acababa de comenzar. El inspector Matías Correa no era un hombre religioso. A sus años había visto demasiada maldad humana como para creer en la bondad divina. Divorciado con una hija adolescente que apenas le dirigía la palabra, Matías encontraba más consuelo en el whisky barato que en cualquier sermón dominical.

 Pero cuando recibió la llamada sobre el monje desaparecido, algo en su interior se removió. Quizás era la curiosidad profesional, quizás era el deseo de escapar de su apartamento vacío en la ciudad. Llegó al monasterio al mediodía. El sol de marzo caía implacable sobre las paredes blancas del edificio colonial. Un monje anciano lo recibió en la entrada.

 El padre Abad, Jerónimo Salas, un hombre de 70 años con ojos grises que parecían haber visto más de lo que cualquier alma debería ver. Inspector Correa! Dijo el Abad con voz grave, gracias por venir tan rápido, padre Abad. Necesito ver la celda del hermano Tomás inmediatamente. El recorrido por los pasillos del monasterio fue silencioso, solo interrumpido por el eco de sus pasos sobre las baldosas antiguas.

 Matías observó los muros, crucifijos, imágenes de santos, vitrales que proyectaban luces de colores sobre el suelo. Todo respiraba paz. Pero bajo esa paz, Matías sentía algo más, algo oscuro. La celda estaba exactamente como la había descrito el informe preliminar, pequeña, austera, 3 m por tr.

 Una cama, una mesa, una silla, un crucifijo y en el centro la caja metálica. ¿Alguien ha tocado esto? preguntó Matías señalando la caja. El hermano Gabriel la abrió cuando encontró la celda vacía. Después, nadie más, respondió el abat. Matías se puso los guantes de látex y se arrodilló junto a la caja. Con cuidado comenzó a examinar su contenido.

 Las fotografías mostraban a un grupo de jóvenes en lo que parecía ser una manifestación. Años 70. a juzgar por la ropa y el estilo de las imágenes. Pancartas, puños alzados, rostros llenos de fervor revolucionario. En una de las fotos reconoció un rostro más joven, sin la barba gris, pero inconfundible. Era Tomás Valdivia.

Padre Abad, ¿sabía usted que el hermano Tomás había participado en protestas políticas? El rostro del anciano se endureció. El hermano Tomás llegó a nosotros hace 25 años. Lo que hizo antes de tomar los votos es parte de su vida anterior. Todos venimos aquí buscando redención, inspector. Matías tomó uno de los recortes de periódico.

 El titular lo golpeó como un puño en el estómago. Tres estudiantes muertos en enfrentamiento con la policía. Córdoba, 1976. leyó rápidamente el artículo. Durante una protesta en la Universidad Nacional de Córdoba, en plena dictadura militar se había producido un enfrentamiento violento. Tres jóvenes estudiantes habían muerto.

 Los militares afirmaban que habían disparado en defensa propia. Los testimonios de sobrevivientes contaban otra historia, una masacre deliberada. ¿Estuvo Tomás involucrado en esto?, preguntó Matías alzando el recorte. El abad miró hacia otro lado. No lo sé, inspector. Él nunca habló de su pasado. Matías tomó el diario. Las primeras páginas eran entradas comunes, reflexiones espirituales, oraciones, pensamientos sobre la vida monástica.

Pero a medida que avanzaba el tono cambiaba, las letras se volvían más frenéticas, las palabras más oscuras. Una entrada fechada dos semanas antes de la desaparición decía, “Los fantasmas del pasado nunca descansan. Me encontraron después de 25 años me encontraron. Saben lo que hice, saben la verdad. Y ahora debo pagar.

 Que Dios tenga piedad de mi alma. Matías cerró el diario y miró a Laabat directamente a los ojos. Padre, este hombre no desapareció, huyó o alguien vino a buscarlo. El silencio en la celda se volvió denso, casi palpable. Afuera, las campanas del monasterio llamaban a vísperas. Pero para Matías Correa, la verdadera búsqueda apenas comenzaba, conflictos internos y revelaciones del pasado.

Matías pasó el resto del día interrogando a los monjes. Cada conversación revelaba lo mismo. Tomás Valdivia era un hombre ejemplar, piadoso, trabajador, silencioso. Nunca causaba problemas, nunca hablaba de su vida anterior. Demasiado perfecto, pensó Matías. Los hombres con secretos oscuros a menudo construyen fachadas impecables.

Al caer la noche, el abad lo invitó a cenar en el refectorio. La comida era simple: sopa de verduras, pan, agua. Los monjes comían en silencio mientras uno de ellos leía pasajes de las escrituras. Matías se sintió incómodo, fuera de lugar. Este mundo de rituales y silencios era ajeno a todo lo que conocía.

 Después de la cena, el abad lo llevó a su oficina. “Inspector, ¿hay algo que debo decirle?”, comenzó el anciano sentándose pesadamente en una silla de cuero gastado. Cuando Tomás llegó aquí hace 25 años, era un hombre destruido, no solo física, sino espiritualmente. Llegó con cicatrices en el cuerpo y heridas más profundas en el alma.

 ¿Qué tipo de cicatrices? De tortura, respondió el abat con voz sombría. Marcas de quemaduras, huesos rotos que habían sanado mal. Nunca nos dijo quién se lo había hecho, pero era evidente que había pasado por un infierno. Matías sintió que las piezas comenzaban a encajar. Durante la dictadura militar, miles de personas fueron torturadas.

 ¿Cree que Tomás fue una víctima o un perpetrador? Susurró el abat. Esa es mi pesadilla, inspector. Y si el hombre al que acogí, al que consideré un hermano durante 25 años, fue uno de los torturadores. El peso de esas palabras llenó la habitación. Matías había investigado casos de lesa humanidad antes. Sabía que muchos represores de la dictadura habían desaparecido después de la democracia.

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