Posted in

“Misioneros se Perdieron en la Selva Virgen — Un Año Después, su Supervivencia Desafió Toda Lógica…”

 En aquella región las señales morían antes de salir del teléfono. El grupo estaba formado por siete almas. Rubén, 58 años, Lucía, 55, su hijo Mateo, 23, la doctora voluntaria Ana Belén Ruiz, 34, el joven seminarista David Ortega, 26, la nutricionista Sofía Mendoza, 29. y el guía local contratado, un hombre llamado Jacinto 62, que había crecido en los márgenes de la selva, pero nunca había penetrado tan adentro.

 La noche anterior a la partida, Lucía soñó con un jaguar. No la atacaba, solo la miraba desde un árbol caído con ojos amarillos que parecían entender algo que ella aún no comprendía. Despertó sudando, pero no dijo nada. En la cultura misionera, los sueños son debilidad si no traen versículos bíblicos claros. El martes 14 de marzo, antes del amanecer cargaron las mochilas en la camioneta Nissan Blanca de la Iglesia.

 Había antibióticos, vendas, repelente industrial, biblias enzil, linternas LED, baterías externas, purificador de agua portátil y 30 kg de frijol, arroz y maíz. También llevaban fe. Eso era lo que más pesaba, aunque no ocupara espacio físico. Nadie dijo adiós como si fuera la última vez, pero todos sintieron algo extraño al cerrar la puerta de la camioneta.

 El punto de entrada a la selva estaba marcado por un poste de cemento agrietado, resto de algún proyecto gubernamental abandonado. Desde ahí, el mundo civilizado terminaba. Jacinto caminaba adelante, machete en mano, abriendo paso entre lianas gruesas como cables de alta tensión. El verde era tan denso que parecía sólido.

 “No se separen nunca, ni para orinar”, advirtió Jacinto con voz ronca, sin voltear. “Aquí adentro, 2 m de distancia son suficientes para perderse para siempre.” Mateo, que había crecido entre pantallas y Wi-Fi, intentaba tomar fotos con su celular. La batería duró menos de 3 horas. La humedad entraba por todos los poros. Las mochilas pesaban el doble con el sudor acumulado y el suelo era una trampa constante de raíces retorcidas y barro invisible bajo las hojas secas.

 El primer día transcurrió sin incidentes. Acamparon cerca de un arroyo cristalino. Rubén dirigió una oración de agradecimiento. Todos comieron arroz con frijoles calentados en una pequeña estufa de gas. Ana Belén revisó las ampollas de Sofía. David leyó el salmo 23 en voz alta. La selva rugía alrededor, pero el campamento era un círculo de luz y orden.

 El segundo día, Jacinto comenzó a dudar. “Este sendero no está bien”, murmuró tocando la corteza de un árbol como si pudiera leerle las venas. “Los árboles están mal orientados. No estamos donde deberíamos.” Rubén sacó el GPS satelital. La pantalla mostraba un mensaje buscando señal, 0%. Lo apagó, lo encendió de nuevo. Mismo resultado.

Probó con el teléfono celular. Nada, ni una barra, ni siquiera modo avión funcionaba correctamente. ¿Tienes brújula?, preguntó Ana Belén con la voz controlada, pero tensa. Jacinto asintió y la sacó. La aguja giró erráticamente, como si estuviera borracha. Norte, sur, este, oeste. Todo era relativo bajo aquella cúpula verde impenetrable.

 “Esto no puede estar pasando”, dijo Sofía, la nutricionista, con los ojos muy abiertos. Las brújulas no fallan así, es física básica, pero la selva no entiende de física básica. Decidieron seguir adelante, confiando en la experiencia de Jacinto y en la idea de que eventualmente encontrarían alguna referencia geográfica conocida.

Caminaron durante 8 horas más. El terreno se volvió más abrupto. Subidas empinadas, descensos resbaladizos, cruce de ríos pequeños que cortaban como navajas heladas. Cuando el sol comenzó a filtrarse apenas entre las copas, anunciando el atardecer, Jacinto se detuvo. “Estamos perdidos”, dijo sin dramatismo, como quien anuncia que va a llover.

 Lucía se sentó sobre una piedra cubierta de musgo. No lloró, solo cerró los ojos y respiró hondo. Rubén se arrodilló junto a ella y tomó su mano. “Dios nos encontrará”, dijo. “O nosotros a él”, respondió ella sin abrir los ojos. Esa noche el campamento fue silencioso. Nadie cantó himnos. Nadie hizo chistes para aligerar el ambiente. El fuego ardía débil, alimentado con madera húmeda que producía más humo que calor.

 Los insectos zumbaban en nubes densas. Algo grande se movió entre los arbustos y todos se quedaron rígidos hasta que el sonido se alejó. Mateo, el hijo de Rubén y Lucía, no pudo dormir. Se quedó mirando el cielo invisible, oculto tras capas infinitas de hojas y ramas. Pensó en su novia, en su PlayStation, en su cama. pensó en lo absurdo que era estar ahí en medio de la nada, sin conexión, sin mapa, sin salida visible, y entonces escuchó el rugido.

No era un jaguar, no era un mono ahullador, era algo más profundo, más lejano, más antiguo, un sonido que parecía venir desde el centro mismo de la Tierra. Jacinto, que estaba de guardia, no se movió, solo apretó el machete con más fuerza. “Bienvenidos”, susurró a la parte de la selva donde los mapas mienten y los hombres aprenden quiénes son en realidad.

 El amanecer no llegó como una explosión de luz, llegó como una lenta transición del negro absoluto al gris verdoso, enfermizo. La niebla se movía entre los troncos como un ser vivo, arrastrándose, respirando. Lucía fue la primera en despertar. Tenía la espalda entumecida, la ropa empapada de rocío y sudor mezclados, y una certeza clavada en el pecho.

 Nadie vendría a buscarlos todavía. Faltaban al menos 4o días para que alguien en San Cristóbal notara su ausencia. Rubén intentó encender el GPS nuevamente. Nada. El teléfono satelital que llevaba Ana Belén tampoco respondía. Las baterías estaban cargadas, pero las pantallas permanecían muertas como si un pulso electromagnético invisible hubiera borrado toda conexión con el mundo exterior.

 “Tenemos que retroceder”, dijo Sofía con voz quebrada. “Volver sobre nuestros pasos. Hay que intentarlo.” Jacinto negó con la cabeza mientras masticaba una tira de asesina seca. No hay pasos que seguir. La lluvia de anoche borró todo y aunque lo subiera, esta selva cambia. Los senderos se cierran solos. La referencias desaparecen.

 Lo que ayer era un camino claro, hoy es una pared de espinas. David, el seminarista joven, abrió su Biblia en Josué 1 o9 y leyó en voz alta con fervor desesperado. Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente. No temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios, estará contigo en donde quiera que vayas.

 Ana Belén lo miró con una mezcla de compasión y cansancio. David, con todo respeto, necesitamos agua potable, no versículos. El purificador se rompió anoche cuando Mateo tropezó con la mochila. El silencio que siguió fue más pesado que el aire húmedo. Mateo bajó la cabeza avergonzado. Rubén puso una mano en su hombro. No fue tu culpa, hijo.

Read More