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Millonario ve a su empleada esconderse para comer sobras… y su vida cambia para siempre

 recordaba a los médicos con sus caras serias, diciéndole que su condición era irreversible. Recordaba habitaciones de bebé que habían sido decoradas y luego desmanteladas, cunas que nunca habían sido usadas. Eduardo tenía todo lo que el dinero puede comprar y no tenía nada de lo que el dinero no puede comprar. Cuando Isabel se fue, él intentó llenar ese vacío con trabajo.

 Se despertaba a las 5 de la mañana,  trabajaba hasta la medianoche, cerraba contratos, abría empresas, compraba terrenos, creció más, se hizo  más rico y quedó más vacío. Tenía un equipo de empleados en la mansión, cocinera, jardineros, chóer, seguridad. Pero desde el año anterior, la cocinera  de siempre, doña Carmen, se había jubilado y la casa había quedado sin nadie que la cuidara con atención.

 Fue entonces cuando Verónica,  su asistente de confianza, decidió contratar a Mariana. “Tiene buenas referencias”, dijo Verónica  entregándole una hoja. Trabajó en dos casas antes, es discreta, trabajadora y necesita  mucho el empleo. Eduardo apenas miró la hoja. Está bien, contrátala.  Mariana llegó un lunes por la mañana.

Eduardo estaba en el despacho cuando ella entró  por la puerta de servicio. La vio por la cámara de seguridad. Una mujer joven debía tener unos 30  años. Cabello oscuro, recogido, rostro sencillo, sin maquillaje.  Llevaba una blusa desteñida y un pantalón que había sido lavado tantas veces que ya había perdido el color.

  Y cargaba una mochila en la espalda, una mochila que parecía demasiado pesada  para alguien que venía a trabajar. Eduardo no prestó atención a eso en ese momento.  Tenía una videoconferencia con inversores a las 8 de la mañana. Volvió a la  pantalla y se olvidó de Mariana. Los días fueron pasando. Mariana trabajaba en silencio.

 Limpiaba todo sin que nadie se lo pidiera. Cocinaba con lo que había en la nevera y dejaba la cena lista antes de que Eduardo lo pidiera.  No hacía ruido, no preguntaba nada innecesario. Cuando se cruzaban por los pasillos, ella bajaba la mirada y seguía caminando. Eduardo notó que era diferente a las demás, no porque fuera más eficiente, sino porque había algo en ella que no sabía nombrar, una especie de paz que cargaba consigo, incluso con esos ojos que a veces parecían demasiado cansados. También notó que nunca comía

en la casa, nunca aceptaba los alimentos que sobraban, nunca se quedaba en la cocina  después de terminar. Llegaba temprano, trabajaba todo el día y antes de irse se llevaba esa mochila que llegaba pesada y salía aún más pesada.  Eduardo lo encontró extraño, pero no preguntó. No era su costumbre preguntar cosas  personales a los empleados hasta aquella noche. Era casi medianoche.

 La mansión estaba en silencio. Eduardo bajó las escaleras sin hacer ruido. No podía dormir. Nunca podía  desde que se había quedado solo en esa casa enorme. La cocina estaba a oscuras. fue a encender la luz, pero se detuvo. En el rincón más oscuro de la cocina,  agachada detrás de la encimera, había una figura pequeña, una mujer.

 Sostenía algo con las dos manos y comía despacio,  como si tuviera miedo de hacer ruido. Eduardo entrecerró los ojos. Era  Mariana. Estaba comiendo las obras de la cena que habían sido separadas para tirar a la basura. Comía como quien no ha comido en días, con los ojos cerrados, en silencio, con una dignidad extraña para  alguien en una situación tan humillante.

 Eduardo se quedó quieto, sin respirar, y entonces vio que en el suelo, al lado de ella, había una mochila pequeña  y dentro de esa mochila, envuelta en una tela vieja, una niña dormía. El corazón de Eduardo se detuvo, casi dio un paso hacia adelante, pero se contuvo. Se quedó mirando esa escena en silencio y en ese momento algo que estaba muerto dentro de él empezó  muy despacio a moverse.

 No sabía todavía lo que era, pero esa escena lo cambiaría todo. A la mañana  siguiente, antes de que Mariana llegara, Eduardo fue a la cocina, abrió la nevera. Había de todo,  frutas, quesos, fiambres, sobras de la cena de la noche anterior, comida que sería tirada a la basura en dos días porque nadie iba a comerla.

 Se quedó mirando esa nevera llena y pensó en Mariana agachada en la oscuridad. Cogió el teléfono y llamó a Verónica. Verónica, necesito información sobre Mariana. Hubo una pausa al otro lado. ¿Qué tipo de información, Eduardo? Su situación, dónde vive,  si tiene familia. Otra pausa. Puedo averiguarlo. Me dices por qué.

 Eduardo  se quedó en silencio un segundo. Porque pago bien y no quiero que mis empleados pasen  necesidades. Averígualo hoy. Colgó. Pero la verdad era otra. La verdad era que Eduardo Montoya, el hombre más rico de esa ciudad,  no podía quitarse de la cabeza los ojos cerrados de una mujer comiendo sobras en la oscuridad  con su hija dormida dentro de una mochila.

 Esa tarde, cuando Mariana llegó a trabajar, Eduardo estaba en el pasillo del  primer piso. Ella se detuvo al verlo. Bajo la mirada. Buenas tardes,  señor Montoya. Buenas tardes, Mariana. Ella iba a seguir caminando.  Eduardo habló antes. Mariana. Ella se detuvo. Levantó la mirada despacio. La cocina tiene mucha comida.

Va a caducar. Si quieres llevarte algo a casa, puedes hacerlo. Aquí no va a faltar nada. Mariana se quedó inmóvil. Una expresión cruzó su rostro que Eduardo no supo identificar. Era vergüenza, era alivio,  era algo entre los dos. No hace falta, señor. Gracias. Y se fue por el pasillo. Eduardo se quedó mirando el espacio vacío donde ella había estado.

 Ella había rechazado el ofrecimiento y en ese simple acto de rechazar había una dignidad que lo dejó sin palabras. Esa tarde Verónica llamó, Eduardo. Conseguí información sobre Mariana.  Su nombre completo es Mariana de los Santos, 32 años. Vive de alquiler en una habitación en una pensión en el barrio de Villa del Río.

 El alquiler lleva dos meses de retraso. Eduardo cerró los ojos. Tiene una hija. Se llama Sofía. Tiene 4 años. El padre de la niña se fue cuando Sofía nació. Desde entonces, Mariana  la cría sola. trabajó en dos casas antes de la tuya. En una la despidieron porque los dueños se mudaron al extranjero.

 En la otra,  los patrones anteriores no fueron exactamente amables. Dicen que la trataron mal.  Salió con menos dinero del que debía recibir. Descontaron todo lo que pudieron. Alegaron  daños que probablemente no existieron. Se fue con casi nada y aún así no los demandó. No tenía dinero para un  abogado.

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