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Millonaria insulta a la mesera, pero se queda paralizada cuando ve quién es el dueño del restaurante

 Puedo consultarlo con el somelier si lo desea, señora. No quiero al somelier. Quiero que usted  haga su trabajo. Las dos mujeres sentadas a su lado contuvieron una sonrisa. Andrea dejó la copa sobre la mesa. Lo atiendo de inmediato. Mientras se alejaba, escuchó a sus espaldas. ¿Ven lo que  les dijo? Contratan a cualquiera.

 Nadie en el salón, respondió. Pero tres comensales en mesas cercanas bajaron la vista a sus platos al mismo tiempo. Y en el fondo del restaurante, en una mesa discreta junto a la ventana que daba al lago, un hombre con traje levantó la mirada de sus documentos. observó la escena durante unos segundos. No dijo nada, volvió lentamente a sus papeles.

Nadie en el restaurante sabía quién era ese hombre todavía. Y lo que estaba a punto de ocurrir esa noche en el aldana de Surichi iba a ser el tema de conversación de media ciudad durante semanas. Pero para entender lo que pasó, hay que volver al principio de esa noche. Hay que entender quién era  Andrea, quién era esa mujer del vestido y por qué el hombre que llevaba dos horas sentado junto a la ventana en silencio, sin que nadie lo reconociera, lo había visto absolutamente todo.

Elvira encontró a Andrea en el vestuario del personal con cara de quien lleva demasiadas horas despierta. Mesa 12, dijo Elvira guardando el abrigo en el casillero. Tres mujeres llegaron preguntando por el gerente antes de sentarse. Marcelo está al fondo, pero ya dijo que cualquier problema tú lo manejas primero siempre.

 Y están en tu zona, así que no hay vuelta. ¿Cómo van en  general? Tranquilo. La 15 celebraba cumpleaños. Contentos. La cuatro tuvo un problema con el pescado, nada grave. Y llegó uno solo a las 7. Lleva 2 horas con papeles. No ha pedido nada raro. Las siete, la de la ventana, esa misma. Traje. Tomó el menú, lo devolvió sin preguntar nada, pidió el plato del día y agua mineral.

Ha estado leyendo desde que llegó. Andrea asintió. Nada fuera de lo común. Brant está esta noche. Claro. Elvira hizo una pausa y bajó la voz. Ya puso  cara de estar alerta. Así que algo huele mal en la 12. Lo dijo sin intención específica. Era solo una forma de hablar. Pero más tarde, cuando la noche terminara, esa frase iba a tener un significado completamente diferente.

Andrea se revisó en el espejo pequeño que alguien había colgado en la pared el vestuario años atrás. Uniforme en orden, cabello recogido, expresión neutra, pero amable. Lista. Salió al salón. La mesa 12 estaba en el centro exacto del restaurante, visible desde todos los ángulos. la que eligen los que quieren ser vistos,  no solo los que quieren comer.

 Las tres mujeres ya estaban instaladas. La que presidía la mesa era Rosa Fuentes. En Surich, el nombre de Rosa Fuentes era conocido en ciertos círculos. Empresaria, según ella misma, se describía en cualquier conversación. Cuando alguien le preguntaba en qué empresa, la respuesta variaba según el contexto y el interlocutor. La verdad era más sencilla y más complicada al mismo tiempo.

Rosa estaba casada con un hombre que había heredado una fortuna familiar en el sector farmacéutico suizo. Un hombre tranquilo, discreto, que prefería el campo a la ciudad y las reuniones de dos personas a las cenas de gala. Rosa prefería exactamente lo contrario. Durante los últimos 10 años había construido una versión de sí misma que era ante todo una presencia.

  Sabía entrar a un lugar, sabía ocupar el espacio. Sabía exactamente cómo usar el dinero, no para comprar cosas, sino para comprar jerarquía. Los restaurantes de lujo eran su territorio  favorito, no por la comida. La comida podía ser buena o mediocre, eso era secundario. Lo que importaba era la mesa que le daban, la velocidad con que la atendían, la actitud del personal  y la certeza de que todo el mundo en el salón sabía que ella estaba allí.

Esa noche llevaba un vestido con el escote calculado para que el collar de diamantes no pasara desapercibido. El collar era real. Todo en Rosa Fuentes era real, desde las joyas hasta la arrogancia. Lo que no siempre era real era el poder que creía tener. Sus dos acompañantes eran Claudia  y Renata.

 Claudia tenía 43 años, era amiga de Rosa desde la universidad y había aprendido con los años a ocupar exactamente el espacio que Rosa le dejaba, ni un centímetro más. Renata era más nueva en el grupo. 40 años. Todavía estaba aprendiendo las reglas no escritas de la amistad con Rosa Fuentes. La principal era esta.

 El protagonismo siempre lo tiene Rosa. Tu trabajo es confirmarlo. Andrea se acercó a la mesa 12 con una sonrisa profesional. Buenas noches. Bienvenidas a la Aldana. Mi nombre es Andrea y estaré a su servicio esta noche. Rosa no  la miró. siguió conversando con Claudia con la misma naturalidad con que se ignora a alguien cuya presencia considera irrelevante.

Andrea esperó 5 segundos, 10, 15. En el aldero podía retirarse si el comensal no respondía en 10 segundos para volver en otro momento. Pero Andrea conocía este tipo de silencio. Retirarse sería interpretado como debilidad. Quedarse era la única opción. Puedo traerles algo para empezar. Tenemos una carta de aperitivos que El menú de degustación interrumpió Rosa sin girar la cabeza.

 Y que el vino lo elija alguien que sepa de vinos. No usted. Claudia esbozó una sonrisa mínima. Renata no reaccionó, pero tomó nota. Por supuesto, dijo Andrea. Le aviso al somelier de inmediato. Y que traigan agua con gas ahora mismo. Llevamos 10 minutos sentadas. Llevaban cuatro. Andrea lo sabía porque había visto la hora cuando entraron.

Ahora mismo dijo  Andrea y se retiró. Al pasar junto a la mesa tres, la señora Hoffman, quienta habitual de los martes, la detuvo brevemente. Va todo  bien, Andrea. Perfectamente, señora Hoffman, ¿le traigo más pan? Por favor. Y oye, bajó la voz apenas un tono, no les hagas caso a las de la 12.

 He visto ese tipo de mujeres aquí antes. Se van y tú te quedas. Andrea asintió con una sonrisa genuina. Gracias. Siguió hacia la barra. Elvira apareció a su lado. ¿Cómo van por ahora? Bien. No parece. Elvira. Estoy bien. Andrea. Llevas 16 meses trabajando. Turno doble. No tienes que demostrarle nada a nadie. No estoy demostrando nada.

Estoy trabajando. Elvira le apretó el brazo un segundo, solo uno,  y siguió con su turno. Andrea llevaba así 16 meses. De 6 de la mañana a 2 de la tarde, el restaurante. De tres a 4, el trayecto en autobús con los apuntes de derecho abierto sobre las rodillas. De 4  a 7, la facultad. De 8 a 12 de la noche, el restaurante de nuevo.

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