Héctor sentía que no era simple curiosidad lo que lo empujaba a seguirla. Era otra cosa, algo más profundo. El callejón desembocó en un estacionamiento abandonado rodeado de edificios de ladrillo. Entre coches viejos cubiertos de polvo, uno resaltaba un sedán azul oscuro con golpes en la carrocería y cristales empañados. A pesar de su aspecto, estaba claro que alguien vivía ahí.
La joven caminó directo hacia el coche, abrió con suavidad la puerta trasera y se acomodó dentro con el niño. Extendió una manta delgada que usaba como colchón y se sentó con él en brazos, susurrándole palabras que Héctor no alcanzó a entender. Después, su voz subió un poco temblorosa en una melodía que reconoció al instante.
Era una canción de Kuna, la misma que Isabela le cantaba a Samuel cuando se despertaba llorando. Tú eres mi sol, mi único sol. El corazón de Héctor dio un vuelco. La mano diminuta del bebé se aferró al cuello de su madre mientras sus párpados se cerraban poco a poco con un suspiro tranquilo. Aquel momento, aunque tan precario, tenía una ternura imposible de ignorar.
Héctor dio un paso adelante. Quizá hizo un ruido porque ella levantó la vista de pronto sobresaltada. Sus miradas se encontraron y por un instante ninguno de los dos dijo nada. Perdona, dijo él alzando las manos tratando de no parecer una amenaza. Solo quería asegurarme de que estaban bien.
Ella lo miró con cautela, sin mover un músculo. ¿Me siguió?, preguntó su voz baja pero firme. Sí, admitió. Sí, lo hice. No huyó. No gritó, solo lo observó como si intentara descubrir qué clase de hombre era en realidad. La vi alimentar a su hijo”, dijo Héctor despacio. Nunca había visto algo así. Necesitaba entender. La joven se quedó callada hasta que su mirada se suavizó un poco.
“Se llama Leo”, susurró al fin con un hilo de voz. “Yo soy Valeria, Leo, repitió Héctor sintiendo un nudo en la garganta. 8 meses.” Ella sintió con un leve movimiento de cabeza. Le encanta el puré de papa”, murmuró. Héctor esbozó una sonrisa triste. “A mi hijo también le gustaba”, dijo y su voz se quebró un segundo. Valeria parpadeó, pero no hizo preguntas, solo escuchó con una quietud extraña, como alguien que conocía bien el dolor de la pérdida.
“Yo estudiaba para ser enfermera,”, contó ella de pronto, sin que él se lo pidiera. Pero cuando me quedé embarazada, el padre desapareció. Mis padres no quisieron saber más de mí. Desde entonces estamos solos. No había rencor en su manera de contarlo. Solo cansancio. Llevamos dos meses viviendo en este coche. Trabajo limpiando casas.
A veces sirvo mesas y me dejan. Héctor miró el interior del vehículo, la manta, un par de ropitas dobladas con cuidado en una bolsa plástica. Todo lo que tenían cabía en ese espacio. “¿Puedo ayudarla?”, dijo en voz baja. Pagar un hotel, conseguir comida, lo que necesite. Ella levantó una mano antes de que terminara la frase.
No quiero dinero respondió con firmeza. Sorprendido, Héctor preguntó, “Entonces, ¿qué necesita?” Valeria bajó la mirada hacia Leo, que dormía con el puñito apretado contra su pecho. Solo un día, respondió sin titubear, un día en el que él puede estar abrigado, alimentado, seguro, nada más. Aquellas palabras lo golpearon con más fuerza que cualquier reproche.
Bajo el farol que iluminaba el coche, Héctor vio algo que lo estremeció. Los ojos de Valeria le recordaban a los de Isabela. No eran idénticos, pero en su manera de mirar había la misma mezcla de coraje y ternura. Retrocedió un paso sintiendo que le faltaba el aire. “Gracias”, dijo al final. Apenas un susurro.
Valeria frunció el ceño. “¿Por qué me da las gracias?” “Por recordarme que todavía tengo un corazón”, contestó con la voz quebrada. Ella no dijo nada, solo abrazó a su hijo y reanudó su canción de cuna. Héctor se quedó ahí un rato más escuchando aquella melodía que se deslizaba en la noche como un hilo frágil que lo sujetaba a algo que creía perdido.
Cuando por fin se alejó, no sabía qué iba a hacer con todo lo que acababa de sentir. Pero mientras caminaba de regreso a su coche, comprendió que esa noche no se le olvidaría nunca. Desde ese momento, cada junta, cada correo electrónico, cada llamada se llenaron de la misma imagen. Valeria sosteniendo a Leo con un amor tan grande que no dejaba espacio para la vergüenza.
Hagamos un juego para quienes leen los comentarios. Escribe la palabra hamburguesa en la sección de comentarios. Solo quien llegó hasta aquí lo entenderá. Continuemos con la historia. Pasaron los días, pero Héctor no podía apartar esa escena de su mente. Aunque se esforzaba por retomar su rutina, todo parecía más vacío que antes. La imagen de Valeria arrodillada en el suelo, alimentando a su hijo con la cucharita, lo perseguía como un recuerdo que no quería irse.
No volvió a hablar con ella de inmediato. En vez de eso, empezó a ayudar de la única forma que sabía, con acciones silenciosas y discretas. Una madrugada, mientras aún estaba oscuro, condujo hasta el estacionamiento donde recordaba haber visto el coche azul. No se acercó, no tocó la ventanilla, ni quiso que ella lo viera, solo dejó una pequeña bolsa sobre el capó, asegurándose de que no se mojara con el rocío.
Adentro había un bote de leche en polvo, un paquete de pañales y un recipiente con sopa recién hecha, todavía caliente. Después se marchó sin mirar atrás. Esa misma semana repitió la rutina. Cada vez que podía aparecía antes de que amaneciera, dejaba alguna provisión y se iba en silencio. Una noche contactó a un pediatra que conocía desde hace años.
Le explicó que se trataba de un niño que vivía en condiciones difíciles y pidió que hiciera una visita con la excusa de un programa de ayuda de la iglesia local. Valerian nunca preguntó quién había enviado al médico, tampoco cuestionó de dónde venían esas pequeñas ayudas. Solo se limitaba a agradecer con un murmullo a nadie en particular mientras abrazaba a Leo más tiempo que de costumbre.
Al principio ella estaba recelosa. Había aprendido que esperar algo de la gente casi siempre terminaba en decepción. Pero aquellas atenciones nunca traían notas, ni promesas, ni condiciones. Nadie le pedía una sonrisa a cambio, nadie le exigía gratitud, solo estaban allí, constantes y calladas. Poco a poco esa desconfianza dio paso a algo más peligroso, la esperanza.
Un atardecer, mientras el frío del otoño se hacía más intenso, todo cambió. Leo llevaba todo el día inquieto, no quería comer y su carita ardía como un carbón. Al caer la noche, su llanto se volvió más urgente. Valeria le puso paños húmedos en la frente, lo meció en brazos, le cantó cada canción que conocía, pero nada lograba calmarlo.
El bebé respiraba rápido con un silvido que la llenó de un miedo nuevo. Sin pensarlo más, lo envolvió con la manta y salió corriendo rumbo al hospital más cercano. Al llegar, fue directo al mostrador. La mujer que estaba ahí apenas levantó la vista mientras Valeria explicaba que su hijo tenía fiebre muy alta. ¿Tiene seguro médico?, preguntó la recepcionista con voz monótona.
Valeria se quedó en silencio un segundo, después con la mirada baja, negó con la cabeza. “Lo siento, estamos a máxima capacidad”, dijo la mujer suspirando. “¿Puede esperar o ir a otro centro?” Por favor, suplicó Valeria sintiendo que la garganta se le cerraba. Es solo un bebé. Tiene más de 40 grados de fiebre. No responde mam.
Sin los datos completos, no podemos procesar la atención ahora mismo. Valeria se apartó del mostrador. Salió a la calle helada con el corazón martillándole el pecho. Leo estaba cada vez más pálido. Un silencio raro se apoderó de él y ese silencio fue más aterrador que cualquier llanto. Apretándolo contra su pecho, rebuscó su viejo teléfono.
Sus manos temblaban tanto que tardó varios intentos en escribir. solo mandó dos palabras. Ayúdanos. No sabía si él respondería. Ni siquiera comprendía por qué confiaba en que lo haría. 6 minutos después, unas luces brillaron en la esquina. Anacio Vin negro frenó tan de golpe que las llantas chillaron sobre el pavimento.
Héctor bajó antes de que el motor se apagara del todo con la mirada encendida de urgencia. No dijo nada, solo extendió los brazos. Valeria colocó al niño en sus manos. Leo por primera vez no protestó. Su manita se aferró al dedo índice de Héctor con un gesto débil, pero decidido, como si supiera que con él estaría seguro. Héctor lo sostuvo con una familiaridad que a Valeria le sorprendió y entró de nuevo al hospital.
caminó directo al mostrador sin esperar turno. “Quiero un médico ahora”, dijo con voz firme que retumbó en todo el recibidor. “Este niño tiene fiebre altísima. Yo pagaré todo, pero si pierden un minuto más, compraré este lugar y despediré a quien haga falta.” La recepcionista se quedó sin palabras. En cuestión de segundos, dos enfermeras salieron a recibir al bebé y lo llevaron hacia el área de urgencias.
Valeria se quedó en el pasillo con el corazón desbordándose de miedo y alivio al mismo tiempo. Héctor regresó y se sentó a su lado sin decir palabra. Solo la acompañó con la misma paciencia con la que había puesto la comida sobre el capó del coche noche tras noche. Después de un rato que pareció interminable, una enfermera volvió.
Explicó que Leo estaba estable, que pasaría la noche en observación y que se recuperaría sin secuelas. Valeria cerró los ojos, dejando que un suspiro larguísimo se escapara de su pecho. Cuando los abrió, tenía lágrimas resbalándole por las mejillas. “Viniste”, murmuró con la voz temblando. Héctor asintió, mirándola con una calma que ella no comprendía del todo.

“Claro que vine.” Las lágrimas siguieron cayendo. Antes de poder evitarlo, apoyó la frente en su hombro. lloró en silencio mientras él le rodeaba los hombros con un abrazo tan tranquilo que parecía contenerlo todo. No le pidió que se calmara, no le preguntó nada, solo estuvo ahí, sosteniéndola en ese pasillo iluminado por luces frías mientras la noche pasaba afuera.
Fue la primera vez desde que se convirtió en madre que Valeria se permitió desmoronarse. Y para Héctor fue la primera vez en 5 años que abrazar a alguien no le supo a traición. No hablaron de amor, no hicieron promesas, pero en ese pasillo algo se movió entre ellos, algo que ya no volvería a su lugar de antes.
Cuando por fin dejaron el hospital, Valeria cargaba a Leo, que dormía tranquilo con un parche en el bracito y un gorro demasiado grande. Héctor caminaba a su lado sosteniendo una bolsa con medicamentos y una manta limpia. Esa madrugada no hubo discursos ni grandes decisiones, solo se ofreció a llevarlos a un sitio más cálido.
Valeria, agotada, aceptó sin preguntar. Héctor condujo hasta un edificio pequeño de fachada discreta, en un barrio tranquilo a las afueras de Florencia. Era un apartamento modesto, pero estaba limpio y tenía calefacción. Cuando entraron, Valeria se quedó parada en medio de la sala sin saber qué decir. “Aquí pueden quedarse todo el tiempo que necesiten”, murmuró él evitando su mirada.
“No es gran cosa, pero al menos estarán seguros.” Ella se volvió hacia él con los ojos enrojecidos. Por un instante, Héctor creyó que se negaría, que insistiría en volver al coche por orgullo, pero en lugar de eso solo dijo, “Gracias.” No hubo más palabras. Él se marchó poco después con la sensación de que aquella despedida era distinta a todas las que había tenido.
Pero al día siguiente volvió y al otro también. Al principio decía que era para dejarles comida o asegurarse de que Leo tomara el jarabe. Luego empezó a llegar cada mañana con alguna excusa nueva, unas frutas, un paquete de pañales, un termómetro mejor. Con el paso de las semanas, esas visitas se convirtieron en rutina. Héctor llegaba temprano, golpeaba con suavidad la puerta y siempre encontraba a Valeria despierta, con el cabello recogido y ojeras profundas, pero con una serenidad que empezaba a contagiarle.
Leo, que al principio lo miraba con curiosidad, pronto empezó a sonreírle cada vez que aparecía. Cuando Héctor entraba, el pequeño pataleaba en su Moisés y se estiraba para que lo cargara. Al principio, Héctor lo tomaba en brazos con torpeza, pero pronto aprendió a sujetarlo con seguridad, a calentar el biberón sin que hirviera demasiado, a reconocer cuál llanto era hambre y cuál cansancio.
Una tarde, mientras lo acunaba hasta que se quedó dormido, sintió algo que no recordaba. No quería irse. No después de la siesta, no después de la cena, quería quedarse allí. Valeria también se dio cuenta. Notó como sus visitas se alargaban un poco más cada día, como empezaba a preguntarle por cosas sencillas, si había dormido bien, si se sentía menos sola.
No fue algo que surgiera de un momento a otro. Fue un cariño que creció despacio, sin aspavientos, una especie de confianza que se fue construyendo entre biberones, conversaciones cortas y silencios compartidos. Por las noches, cuando Héctor volvía a su casa vacía, pensaba en ellos dos y sentía que algo en su pecho se acomodaba.
Una tarde, mientras Leo dormía en su cuna improvisada, Valeria y él salieron al pequeño balcón del apartamento. La ciudad estaba bañada en luces doradas, pero ninguno de los dos miraba hacia abajo. Héctor se volvió hacia ella con una expresión que llevaba tiempo guardando. Cuando perdí a Isabela y Samuel, empezó con voz baja.
Pensé que esa parte de mí había muerto. parte que quería cuidar de alguien, la parte que quería ser importante para alguien. Valeria giró despacio con los ojos brillando bajo la luz tenue. “No la perdiste”, susurró con suavidad. Solo estaba esperando. No se besaron. No hacía falta. El silencio que se quedó entre ellos fue como un puente invisible, uno que ya nadie podría romper.
Valeria sonrió, una sonrisa distinta a todas las que había dado. No era de compromiso ni de cortesía. Era un gesto que nacía de un lugar profundo, de algo que empezaba a sanar. Y por primera vez en mucho tiempo, Héctor sonrió de vuelta. una sonrisa real, sencilla, como si el peso de todos los años se aligerara un poco.
No eran pareja ni familia, pero eran algo que no tenían nombre y que era de alguna forma más fuerte que cualquiera de las dos cosas. Un par de semanas después, mientras Valeria jugaba con Leo en la sala, llegó una carta metida bajo la puerta. El sobre blanco, sencillo, parecía fuera de lugar en ese espacio donde todo era nuevo.
Valeria lo levantó con manos temblorosas. Reconoció la letra de inmediato, la de su madre. Se quedó sentada en el borde de la cama sin abrirlo durante varios minutos. Leo balbuceaba en el piso, rodeado de cubos de colores. Finalmente, Valeria respiró hondo y desdobló el papel. Dentro solo había unas pocas líneas. escritas con tinta que había presionado tanto que algunas palabras casi atravesaban la hoja.
“Si todavía queda una oportunidad de conocer a mi nieto, me gustaría intentarlo.” La voz de Valeria no salió. Se quedó allí sentada con la carta temblando en su regazo, mientras sentía como todo el pasado se levantaba como un viento frío. “Hagamos otra broma para quienes solo revisan la caja de comentarios. Escriban la palabra paleta.
Los que llegaron hasta aquí entenderán el chiste. Continuemos con la historia. Pasó más de una hora sin que Valeria se moviera de esa silla. La carta seguía abierta sobre sus piernas mientras Leo arrastraba sus juguetes de un lado a otro, ajeno al temblor en las manos de su madre.
Cuando Héctor llegó esa tarde, encontró el apartamento en silencio. Valeria seguía sentada en el mismo lugar con los ojos fijos en un punto que él no pudo identificar. ¿Estás bien? Preguntó despacio sin acercarse de golpe. Ella levantó la vista. Sus ojos parecían más cansados que de costumbre. “Me escribió”, susurró señalando el sobre.
Después de casi dos años sin una palabra, ahora quiere conocerlo. Héctor tomó la carta con delicadeza y la leyó. Luego se sentó a su lado. “¿Qué piensas hacer?” “No lo sé”, respondió ella con un hilo de voz. Por un lado, quiero protegerlo de todo lo que me dolió, pero por otro pienso que a lo mejor él merece saber de dónde viene, aunque sea un lugar roto.
Héctor guardó silencio pensando bien sus palabras. Tú no les debes nada, dijo al fin con suavidad. Pero tal vez Leo merezca decidir algún día si quiere conocerlos o no. No cargues tú sola con esa decisión. Valeria asintió despacio. Sus dedos se cerraron sobre los bordes de la carta. Tengo miedo confesó.
Miedo de volver a ese pueblo y sentir que nunca avancé. No importa como te miren dijo Héctor. Tú ya no eres la misma. Ahora eres más fuerte de lo que crees. Tres días después, Valeria decidió que no podía seguir aplazándolo. Metió un par de mudas de ropa para Leo en una mochila, tomó su vieja chaqueta y subió al coche que Héctor conducía.
El camino fue largo y silencioso. Atravesaron colinas verdes y carreteras que parecían no tener final. Por la ventanilla, Valeria reconocía cada curva, cada árbol, cada señal que había visto toda su infancia. Pero esta vez todo se sentía distinto, como si ya no perteneciera del todo a ese lugar.
La casa de sus padres estaba al final de un camino de grava con la pintura blanca un poco desconchada y un columpio que se balanceaba con el viento. Durante un rato se quedaron en el coche sin bajar. Leo dormía en su silla con la cabeza ladeada. ¿Quieres que te espere aquí?, preguntó Héctor. No, respondió Valeria después de un largo silencio.
Quiero que entres conmigo. Se bajaron juntos. Héctor caminó unos pasos detrás de ella, respetando su espacio. Cuando tocaron la puerta, nadie contestó al principio, pero al segundo intento se escucharon pasos suaves del otro lado. La mujer que abrió tenía el cabello más canoso que en su recuerdo.
La miró primero a ella y luego al bebé, y sus ojos se llenaron de lágrimas que no trató de esconder. “No sabía si te animarías a venir”, dijo con voz temblorosa. Valeria tragó saliva. “No lo sabía ni yo,” respondió. La mirada de su madre bajó hasta Leo. El niño despertó justo entonces y abrió los ojos grandes, curiosos. Extendió una mano sin saber quién era esa mujer, pero sin miedo.
“¿Puedo?”, preguntó su madre alzando un poco los brazos. Valeria se quedó helada. Todo su cuerpo le pedía que se negara, que protegiera a su hijo de cualquier rechazo, pero algo más profundo le decía que quizá no todo estaba perdido. Con movimientos lentos le pasó a Leo. Su madre lo sostuvo como si fuera algo frágil y precioso.
Dos lágrimas rodaron por sus mejillas mientras el niño la miraba con curiosidad. “Hola, pequeño”, susurró con la voz rota. “Soy tu abuela.” Detrás de ella apareció su padre. Tenía el rostro más arrugado de lo que Valeria recordaba. Sus ojos, sin embargo, parecían llenos de la misma pregunta que no se atrevía a hacer en voz alta si todavía podían arreglar algo.
Héctor se mantuvo en silencio, observando la escena sin intervenir. Sabía que no le correspondía opinar. Su papel era estar ahí por si ella se caía. Después de un momento que pareció un suspiro larguísimo, Valeria dio un paso adelante. Su madre levantó la vista como si todavía temiera que su hija se arrepintiera. “Podemos entrar”, dijo Valeria con un hilo de voz.
Esa tarde los cuatro se sentaron alrededor de la mesa donde ella había desayunado toda su infancia. Su madre preparó té. Su padre tomó a Leo en brazos y se quedó mirándolo como si no pudiera creer que ese niño existía. hablar un poco. Nadie sabía cómo retomar tanto tiempo perdido, pero cada palabra, cada silencio iba deshaciendo un poco la barrera que los había separado.
Cuando el sol empezó a esconderse, Valeria levantó la vista y buscó a Héctor. Él la miró con esa calma suya que tanto le ayudaba a sostenerse. “Gracias”, murmuró ella en silencio, solo moviendo los labios. Héctor negó despacio con la cabeza y le devolvió una sonrisa pequeña, honesta. No, gracias a ti, pensó, aunque no se atrevió a decirlo en voz alta.
Un año después, todo era distinto, aunque en apariencia nada había cambiado tanto. El ruido mediático se había apagado, los titulares se habían borrado y la gente dejó de opinar sobre sus vidas. En su lugar quedó algo mucho más importante, paz. Esa mañana de primavera, el cielo sobre Florencia estaba limpio y el viento movía las hojas con un murmullo suave.
Héctor y Valeria volvieron al mismo parque donde se habían cruzado por primera vez. Esta vez no había manteles de lujo ni candelabros caros, solo un árbol antiguo, unas cintas blancas y un puñado de personas que de verdad importaban. Leo, ahora un niño risueño y con mejillas redondas, estaba vestido con un chaleco azul marino y un pequeño corbatín que le quedaba un poco grande.
Caminaba con pasos inseguros sobre el césped, sosteniendo una cajita de terciopelo entre sus dos manos. Héctor lo esperaba a pocos metros con el corazón agitándose como si fuera a salirse de su pecho. Llevaba un saco gris claro y el cabello un poco más largo, con hilos plateados que ya no se molestaba en ocultar.
Sus ojos brillaban con un tipo de emoción que no se compra ni se aprende. Esperanza. Cuando Leo llegó hasta él, Héctor se agachó despacio y le acarició la mejilla. Tomó la caja con cuidado y el niño se rió antes de salir corriendo hacia donde Valeria los miraba con un vestido sencillo que se movía con la brisa.
Ella se quedó quieta con la mano sobre el pecho. Nunca se había visto tan hermosa. No por el vestido blanco ni por la corona de flores que una amiga le había puesto, sino porque por fin se le notaba la paz en la mirada. Héctor avanzó hacia ella. Cuando estuvo a su lado, abrió la cajita. Dentro había un anillo sencillo, sin brillos innecesarios, solo un aro discreto elegido porque imaginaba que se vería perfecto en su mano cuando sostuviera a Leo.
Él respiró hondo. Por un momento, todo se quedó en silencio. No pediste nada, empezó con voz suave que se quebraba un poco. No esperabas nada. Solo llegaste en la noche más difícil de tu vida y me diste la oportunidad de recordar cómo se siente tener un motivo para vivir. Ella se cubrió la boca conteniendo un soyo. No tomaste mis obras, Valeria.
Me diste todo lo que no sabía que me faltaba. Una familia, un futuro, una razón para despertar cada mañana. Sus ojos se humedecieron. Con un esfuerzo abrió la mano que sostenía la cajita. ¿Quieres casarte conmigo? Las lágrimas le brotaron sin remedio. Asintió una vez y luego otra. Mientras su risa y su llanto se mezclaban.
Se dejó caer de rodillas frente a él. Sí, susurró buscando su abrazo. El ministro, un hombre mayor de voz tranquila, empezó una ceremonia sencilla. Mientras pronunciaba las palabras, Leo se sentó en el césped y empezó a recoger las flores que caían. De vez en cuando miraba a los adultos como si no entendiera por qué todos lloraban.
Fue durante los votos que el niño se levantó, caminó hasta Héctor y le rodeó la pierna con los bracitos. Papá, dijo con voz clara, tan natural que nadie respiró durante un segundo. Héctor se inclinó, lo alzó y lo apretó contra su pecho. Te quiero, hijo! Susurró mientras Valeria lloraba con una sonrisa luminosa. En ese abrazo, bajo un árbol cubierto de cintas blancas, todo lo que había estado roto encontró su lugar.
Ninguno de los tres era perfecto, pero por primera vez ya no hacía falta. No hacía falta que fueran una familia de sangre. Eran una familia porque así lo habían decidido. Después de los aplausos y los abrazos, se sentaron juntos sobre una manta con Leo dormido entre ellos. Héctor miró el rostro relajado del niño y luego a Valeria, que lo miraba con ternura.
¿Te das cuenta de todo lo que cambió?, preguntó él con una sonrisa tranquila. Valeria apoyó la cabeza en su hombro. Sí. Y todo empezó por un plato que ni siquiera ibas a comer. Él soltó una risa suave. A veces lo más pequeño es lo que nos salva. El sol se filtró entre las hojas del árbol. En ese momento, ninguno necesitaba nada más.
Ni lujos, ni aprobación, ni promesas de un futuro perfecto. Solo la certeza de que estaban juntos y eso era suficiente. ¿Qué te pareció la historia? Déjanos tu opinión en los comentarios, cuéntanos qué parte fue tu favorita y califica esta historia del cer al 10. No olvides darle me gusta al video, suscribirte al canal y activar la campanita para que no te pierdas nuestras próximas historias.
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