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Mexican businessman moved to Thailand for a woman 30 years his junior — found dead months later

Mexican businessman moved to Thailand for a woman 30 years his junior — found dead months later

Rodrigo Cenfuegos Varela llegó a los 55 años con el tipo de cansancio que no aparece en los análisis de sangre. Era el fundador y director general de constructoras 100 fuegos, una empresa mediana pero sólida con sede en Guadalajara, Jalisco, que había levantado conjuntos habitacionales, centros comerciales y dos hospitales privados en el occidente del país.

 Había empezado con nada. con un préstamo del banco y las manos callosas de quien no heredó nada más que el apellido. 30 años después, su firma tenía 120 empleados, oficinas en Zapopan y una cartera de clientes que muchos de sus competidores envidiaban en silencio. Por fuera, la vida de Rodrigo era exactamente lo que parece en las fotos enmarcadas de las salas de espera ejecutivas.

El traje sastre, el reloj Longines, el auto alemán que cambiaba cada 3 años. Pero las fotos tienen la virtud de no mostrar lo que queda fuera del encuadre. Su matrimonio con Carmen Aguirre [música] había durado 26 años y había producido dos hijos, Valentina de 28 y Mateo de 24. También había producido hacia el final una distancia que ninguno de los dos supo nombrar en el momento correcto.

Carmen era una mujer inteligente formada en arquitectura de interiores, que había subordinado su carrera a la construcción de un hogar que Rodrigo habitaba con gratitud, pero sin presencia real. Cuando Mateo terminó la universidad y se mudó a Ciudad de México, el departamento en providencia quedó enorme y silencioso.

En una conversación de medianoche que ninguno de los dos planeó, Carmen dijo lo que llevaba años callando, que se sentía invisible. Rodrigo no supo contradecirla. El divorcio se firmó en agosto de 2021. Fue civil, sin escándalos, con abogados que se conocían del club de golf y un acuerdo que dejó a Carmen con la mitad de los bienes y a Rodrigo con la sensación indefinida de haber fracasado en algo que no sabía bien cómo describir.

 Sus socios lo veían funcionar con la misma eficiencia de siempre en las juntas de los lunes. Sus hijos lo llamaban los domingos. Nadie preguntaba demasiado. En enero de 2022, un contacto de negocios lo invitó a Bangkok para explorar una alianza con un consorcio tailandés interesado en desarrollar infraestructura turística en el Golfo de Tailandia.

 Rodrigo no tenía ninguna razón especial para ir, pero tampoco tenía ninguna razón especial para quedarse. Hizo la maleta un miércoles por la tarde con la misma eficiencia con la que firmaba contratos. Tailandia lo golpeó con la fuerza discreta de lo completamente ajeno. Bangkok no se parece a ningún lugar que un hombre de Guadalajara haya visto antes, aunque crea que ha visto mucho.

El calor húmedo que envuelve desde el momento en que uno sale del aeropuerto Subarnabumi, el caos ordenado del tráfico en Sucumbit, los templos dorados que aparecen entre rascacielos sin previo aviso, los mercados flotantes al amanecer, donde el olor a curry y a flores de jazmín conviven sin disputarse el espacio.

 Rodrigo llegó con agenda de negocios y terminó sus primeras dos noches caminando solo por Silom Road hasta las 11 de la noche, mirando la ciudad como quien mira un idioma que no entiende, [música] pero que le resulta magnético. Las reuniones con el consorcio tailandés fueron productivas, pero no concluyentes. El último día, un miércoles, los anfitriones organizaron una cena en un restaurante tradicional en el distrito de Tonglor, uno de los barrios más modernos de la ciudad, donde conviven familias tailandesas de clase media alta, expatriados y una generación joven

que trabaja en diseño, tecnología y turismo. El lugar se llamaba Baan Suan y servía comida del norte de Tailandia, larp de cerdo, curri máamán, arroz pegajoso en canastas de bambú trenzado. Rodrigo comía con los palillos con la torpeza honesta de quien no pretende saber lo que no sabe. Fue en ese restaurante donde vio a Natayas Risawat por primera vez.

Ella era mesera, aunque la palabra no alcanza a describir la forma en que se movía entre las mesas. Tenía 25 años, aunque Rodrigo no lo supo esa noche. Lo que vio fue una mujer con el cabello negro recogido, la piel color miel oscura característica del norte de Tailandia y una manera de hablar inglés entrecortado pero sonriente que hacía que cada interacción pareciera un favor personal.

Cuando le explicó los ingredientes del curry con una paciencia que él no había pedido, Rodrigo la escuchó con una atención que hacía meses no le prestaba a nadie. Al final de la cena, cuando el grupo se levantó para irse, Rodrigo dejó una propina generosa y una tarjeta de presentación de la constructora sobre la mesa.

No lo hizo con intención calculada, o al menos así lo recordaría después. lo hizo con el gesto instintivo de un hombre que lleva décadas dejando tarjetas en todas partes porque nunca sabe de dónde puede venir el próximo vínculo. Natal recogió la tarjeta, le sonrió desde el otro lado del salón mientras él salía a la noche tibia de Bangkok.

Rodrigo voló de regreso a Guadalajara. Al día siguiente desempacó la maleta, revisó los correos acumulados, atendió una junta sobre retrasos en una obra en Tonalá. La vida retomó su ritmo conocido. Tres días después recibió un mensaje en WhatsApp desde un número con código de Tailandia. Decía, “En inglés sencillo.

Hola, soy Natal del restaurante Baan. Usted me dejó su tarjeta. Espero que su viaje fue bien. Rodrigo miró el mensaje durante un momento más largo de lo necesario. Luego escribió, “Fue muy [música] bien, gracias a ti.” Esa fue la primera palabra de una conversación que no volvería a interrumpirse. Los mensajes comenzaron como suelen comenzar las cosas, que luego se vuelven irreversibles.

Despacio, casi sin peso. Natalia escribía en inglés básico con errores de sintaxis que Rodrigo encontraba sin entender bien por qué, completamente encantadores. Él respondía en el mismo idioma con la torpeza de quien lo aprendió en reuniones de negocios y no en conversaciones reales. Entre imprecisión compartida, fue construyéndose algo que ninguno de los dos habría sabido definir en las primeras semanas.

Una familiaridad sin historia, una calidez sin contexto. Ella le contaba cosas pequeñas que había nacido en Chi Ray, en el norte del país, hija de una familia de agricultores de arroz que la había mandado a Bangkok a los 19 años con la esperanza de que encontrara trabajo estable, que vivía con dos compañeras en un departamento pequeño en el distrito de Vancapi, que los domingos iba al Wat Fo a encender incienso y pedir por su madre, que tenía diabetes y vivía a 700 kilómetros, que soñaba con ahorrar suficiente para abrir

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