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La reacción de la JUEZA lo dejó helado… frente a su hija

 El hombre apretó la mandíbula, dio un paso más cerca. Escúchame bien, empleadito. No sabes con quién te estás metiendo. Dame esa cartera ahora mismo. No. Mateo retrocedió dos pasos. El hombre lo sujetó del brazo con fuerza. Vas a pagar por esto. Te lo juro. Vas a arrepentirte el resto de tu miserable vida. Un guardia de seguridad del supermercado se acercó al ver el forcejeo.

El hombre soltó a Mateo inmediatamente, se acomodó el saco y caminó hacia un auto negro sin decir otra palabra. Mateo se quedó parado en el estacionamiento con la cartera en la mano y un mal presentimiento que no podía explicar. Valeria lo esperaba sentada en el sillón viendo caricaturas cuando Mateo llegó al departamento.

El lugar era pequeño, dos recámaras, una cocina que también era comedor, un baño con la regadera que goteaba, pero estaba limpio y era suyo. ¿Cómo te fue, papá? Bien, mi amor. ¿Ya comiste? Doña Carmen me dio de cenar. hizo sopa de fideo. Mateo sonrió. Carmen Villanueva, su vecina de 72 años, había sido maestra de primaria durante 40 años.

 Desde que Valeria nació se había convertido en una especie de abuela para la niña. Cuidaba de ella cuando Mateo trabajaba turnos largos. Voy a tener que agradecerle mañana. Papá, ¿qué traes ahí? Mateo miró la cartera que todavía llevaba en la mano. Se sentó junto a su hija. Me encontré esto en el trabajo, una cartera de una señora.

 ¿Y por qué no se la diste? Porque vino un señor a pedírmela. Pero la cartera no era de él, era de una mujer y él se puso muy agresivo. No me dio buena espina. Valeria arrugó la nariz ese gesto que hacía cuando pensaba algo importante. Hiciste bien, papá. Tú siempre me dices que no debo confiar en extraños que se portan raro.

 Mateo le acarició el cabello. Mañana temprano la voy a llevar a la policía. Así la señora puede ir a recogerla y ya. Y si el Señor malo va por ella, entonces tendrá que demostrar que es suya o de su esposa, como dijo. Valeria asintió satisfecha con la respuesta. Volvió a mirar sus caricaturas. Mateo se quedó observando la cartera.

 Pensó en el hombre del estacionamiento, en su amenaza, en la furia de sus ojos. Algo le decía que debió haberle dado la cartera y olvidarse del asunto, pero él no era así. Su padre le enseñó que lo correcto era lo correcto, aunque costara. Esa noche, mientras arropaba a Valeria, ella le dijo, “Papá, eres el hombre más honesto que conozco.

” Mateo le besó la frente. “Y tú eres lo mejor que me ha pasado en la vida. La comisaría del distrito estaba a 15 minutos caminando desde el departamento de Mateo. Llegó a las 7 de la mañana antes de su turno en el supermercado. El lugar olía a café viejo y desinfectante. Había tres personas esperando en bancas de plástico.

 Un oficial joven atendía el mostrador. tendría más de 25 años, cara de recién egresado de la academia. Buenos días. Encontré esta cartera ayer en el estacionamiento del supermercado Soriana de la avenida principal. Quiero entregarla. El oficial tomó la cartera y revisó la identificación. Elena Sandoval leyó en voz alta. Muy bien, señor.

 Voy a llenar el acta de entrega. Su nombre. Mateo Herrera Domínguez, el oficial cuya placa decía a Mendoza, escribió en un formulario. Le pidió a Mateo su identificación, anotó los datos, describió el contenido de las cartera, credencial de elector, tres tarjetas de crédito, 800 pesos en efectivo, una tarjeta de presentación y varios documentos doblados.

Firme aquí, por favor. Mateo firmó donde le indicaron. El oficial Mendoza le entregó una copia del acta. Guarde esto por si acaso. Nosotros contactaremos a la señora para que venga a recoger sus pertenencias. Gracias, oficial. Gracias a usted. Poca gente se toma la molestia de hacer esto. La mayoría se queda el dinero y tira lo demás.

 Mateo guardó la copia en su bolsillo trasero. Salió de la comisaría sintiendo que había hecho lo correcto. El sol de la mañana le calentó la cara mientras caminaba hacia el trabajo. No vio al hombre parado en la esquina de enfrente, observándolo desde un auto negro. No vio como ese hombre sacaba su teléfono y hacía una llamada. Lo acabo de ver salir de la estación de policía”, dijo Ricardo Duarte al teléfono. El idiota entregó la cartera.

Necesito que hagas desaparecer. Ese registro hoy mismo. Del otro lado de la línea, una voz ronca respondió, “Va a costar. No me importa lo que cueste, hazlo. El sargento Molina llevaba 18 años en la policía y 14 aceptando sobornos. Había empezado con cosas pequeñas. Dejar ir a un conductor borracho a cambio de unos billetes, perder una multa por un precio razonable.

Con los años los trabajos se volvieron más grandes y el dinero también. Ricardo Duarte era cliente desde hacía 3 años, siempre pagaba bien y nunca pedía nada demasiado complicado. Hasta ahora necesito que desaparezca un acta de entrega, dijo Ricardo. La firmó un tipo llamado Mateo Herrera. Esta mañana entregó una cartera.

 Molina se recargó en su silla. Estaban en un café a seis cuadras de la comisaría. Eso es fácil. El archivo físico puedo sacarlo hoy, pero si ya lo registraron en el sistema digital va a tomar más tiempo. ¿Cuánto tiempo? Un día. Tengo un contacto en sistemas que puede borrar el registro. Ricardo sacó un sobre del bolsillo interior de su saco y lo deslizó sobre la mesa. Ahí hay 10,000.

 Vas a ver otros días cuando el trabajo esté completo. Molina tomó el sobre sin contar el dinero. ¿Puedo preguntar por qué tanto interés en una cartera? No entendido. Ricardo se levantó para irse. Una cosa más, dijo, “Voy a necesitar que esa cartera aparezca acerca de la casa de ese tipo, sin el dinero ni las tarjetas, solo los documentos que no sirven.

” Molina frunció el ceño. ¿Quiere inculparlo? Quiero destruirlo. Eso va a costar más. El dinero no es problema. Ricardo salió del café sin mirar atrás. Molina se terminó su café y pensó en lo fácil que era el dinero cuando uno sabía dónde buscarlo. Esa tarde, el acta firmada por Mateo Herrera desapareció del archivo físico de la comisaría.

 El oficial Andrés Mendoza, que la había recibido, estaba en su día de descanso y no se sientó de nada. Antes de continuar con nuestra historia, me gustaría dejar un saludo muy especial a nuestros seguidores en Estados Unidos, en México, en Colombia, en Perú, España, Italia, Venezuela, Uruguay, Paraguay, República Dominicana, Puerto Rico, El Salvador, Ecuador, Bolivia, Chile, Argentina, Costa Rica, Cuba, Canadá, Francia, Panamá, Australia, Guatemala, Nicaragua y Honduras.

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