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LA EMPLEADA LLORA AL DEJAR AL BEBÉ DEL MILLONARIO… ¡LO QUE SUSURRA TE QUEBRARÁ!

 Sofía no necesitó voltear para saber quién era. Los pasos ligeros y rápidos, el tintineo sutil de las pulseras de oro, el aroma a perfume francés de 5000 pesos la botella. Victoria Santillán había llegado. “Todavía sigues aquí.” La voz de Victoria cortaba como un cuchillo afilado con ese acento español que tanto presumía.

 Alejandro dijo que debías estar fuera antes del mediodía. Son las 11:30. Sofía se limpió las lágrimas con el dorso de la mano antes de girarse. Victoria estaba en el umbral, impecable como siempre. Su vestido blanco de diseñador, probablemente Chanel, contrastaba con su cabello negro perfectamente liso. Sus labios rojos formaban una línea delgada de desaprobación.

 “Estoy terminando de empacar las cosas de Mateo”, respondió Sofía con voz temblorosa, intentando mantenerla compostura. Quiero asegurarme de que todo esté en orden para para la nueva niñera”, interrumpió Victoria caminando hacia el centro de la habitación con pasos medidos, que por cierto llegará esta tarde. Francesa, con referencias impecables de familias de la realeza europea.

 No como tú que llegaste aquí sin siquiera estudios universitarios. Cada palabra era una bofetada. Sofía apretó los puños sintiendo como sus uñas se clavaban en sus palmas. Dos años, dos años de noche sin dormir cuando Mateo tenía fiebre. Dos años de canciones de cuna, de cambiar pañales, de enseñarle sus primeras palabras. Dos años de amor incondicional que esta mujer pretendía borrar con un chasquido de dedos.

 “Yo he criado a Mateo desde que nació”, dijo Sofía, su voz ganando fuerza. “Lo conozco mejor que nadie. Sé que no le gusta dormir sin su mantita azul, que tiene miedo de los truenos, que que necesita una figura materna apropiada. Victoria la cortó nuevamente, acercándose hasta quedar frente a frente. No una sirvienta que se hace ilusiones.

 Alejandro y yo nos casaremos en tres meses y yo seré la madre de Mateo, la única que necesita. El corazón de Sofía se partió un poco más. Miró hacia la cuna vacía en la esquina de la habitación. Mateo estaba en el jardín con don Roberto, el jardinero, quien había accedido a distraerlo mientras ella hacía las maletas. El niño no sabía que hoy sería el último día que vería a la única madre que había conocido.

“¿Dónde está el señor Alejandro?”, preguntó Sofía intentando mantener la dignidad. Necesito hablar con él antes de irme. Mi prometido está en una videoconferencia con Tokio. Negocios de verdad, ya sabes, no tiene tiempo para despedidas. melodramáticas. Victoria se giró para salir, pero se detuvo en la puerta.

 Ah, y Sofía, tu cheque está en la cocina. Alejandro fue generoso. Te dio tres meses de salario extra. Más de lo que mereces, si me preguntas. Cuando la puerta se cerró, Sofía se dejó caer sobre la cama de Mateo. El cuarto estaba lleno de recuerdos. Las estrellas fosforescentes que ella había pegado en el techo porque al niño le fascinaba el espacio.

 Los dibujos en la pared que había hecho con sus manitas. y que ella nunca tuvo corazón para borrar. Los libros de cuentos que habían leído juntos cada noche, sus páginas gastadas por el uso constante, se levantó y caminó hacia la ventana. Desde ahí podía ver el jardín. Mateo corría tras una mariposa. Su risa cristalina llegaba hasta la habitación.

 Era un niño hermoso con el cabello oscuro y los ojos verdes de su padre, pero su sonrisa, esa sonrisa que iluminaba cualquier habitación, Sofía sabía que era suya. Ella le había enseñado a reír, a encontrar alegría en las cosas simples. El reloj de la pared marcaba las 11:40. [Música] 20 minutos para decir adiós a la persona más importante de su vida.

 Sofía bajó las escaleras con su maleta. La mansión estaba en silencio, solo el eco de sus pasos sobre el mármol rompía la quietud. Pasó por la sala principal, donde tantas veces había jugado a las escondidas con Mateo, por el comedor, donde le había enseñado a usar la cuchara, por la biblioteca donde habían construido castillos con almoadones.

 En la cocina, sobre la barra de granito negro, estaba el sobre blanco con su nombre. lo tomó sin abrirlo. Ninguna cantidad de dinero podía compensar lo que estaba perdiendo. “Señorita Sofía.” La voz suave de doña Carmen, la cocinera, la sobresaltó. La mujer mayor, que había trabajado en la casa durante 15 años tenía lágrimas en los ojos. “Esto no está bien.

 Ese niño la necesita. Lo sé, doña Carmen, pero no hay nada que pueda hacer.” Sofía abrazó a la cocinera encontrando consuelo en sus brazos maternales. “La señora Victoria no es buena gente”, susurró doña Carmen. “He visto cómo mira al niño. No hay amor ahí, solo ambición.” Sofía se separó del abrazo y miró por la ventana de la cocina hacia el jardín.

Era hora. Salió por la puerta trasera. El sol de mediodía era cruel, demasiado brillante para un día tan oscuro. Sus zapatos se hundían levemente en el pasto bien cuidado mientras caminaba hacia donde Mateo jugaba. Sofi. El grito alegre del niño atravesó su corazón como una flecha.

 Mateo corrió hacia ella con los brazos extendidos, su carita iluminada de felicidad. “Mira, encontré una mariquita.” Sofía se arrodilló y lo abrazó con todas sus fuerzas, inhalando el aroma de su champú de manzanilla. Mateo se rió y le devolvió el abrazo con esa fuerza desproporcionada que tienen los niños pequeños. Tesoro, comenzó Sofía, su voz quebrándose.

 Tengo que hablar contigo. ¿Vamos a jugar? Preguntó Mateo, sus ojos verdes brillando de emoción. No, mi amor, hoy no podemos jugar. Sofía le acomodó un mechón de cabello que el viento había desorganizado. Sofi tiene que irse. La sonrisa del niño se desvaneció lentamente. Irse, ¿a dónde? Lejos, cariño, muy lejos. ¿Y yo voy contigo? La inocencia, en su pregunta destrozó a Sofía. No, mi amor.

Tú te quedas aquí en tu casa con tu papá. Los ojos de Mateo se llenaron de lágrimas. Pero, ¿vas a volver mañana como siempre? Sofía negó con la cabeza, incapaz de hablar. Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas. No! Gritó Mateo aferrándose a su cuello. No te vayas, Sofi. Te necesito. Yo también te necesito, mi cielo.

 Más de lo que puedas imaginar. Sofía lo meció suavemente, como cuando era un bebé. Pero a veces los adultos tienen que hacer cosas difíciles. Entonces, no seas adulta, soyó el niño. Quédate conmigo. En ese momento, Sofía supo que tenía que decirle, tenía que decirle la verdad que había guardado durante tanto tiempo, la verdad que cambiaría todo.

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