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LA EMPLEADA ABRAZA AL BEBÉ DEL MILLONARIO POR ÚLTIMA VEZ… ¡SUS PALABRAS ROMPEN EL CORAZÓN!

Necesitaba desesperadamente este empleo. Su madre, doña Carmen, estaba enferma y los gastos médicos consumían cada peso que ganaba en su pequeño apartamento de la colonia Guerrero. Sofía Méndez. Una voz fría la sacó de sus pensamientos. Una mujer de aproximadamente 40 años con un traje sastre color vino y el cabello negro recogido en un moño impecable, la observaba desde la entrada principal.

Sus ojos oscuros la evaluaban de arriba a abajo con evidente desdén. Sí, señora. Buenos días. En soy Rebeca Villalobos, la cuñada del señor Santillana. Yo me encargo de la administración de esta casa desde que mi hermana hizo una pausa dramática tocándose el collar de perlas. Desde que falleció hace dos meses.

 El señor Santillana está indispuesto para entrevistas, así que yo me encargaré de todo. Sofía asintió en silencio, sintiendo la tensión en el aire. Necesitamos a alguien que se encargue de las labores domésticas, pero principalmente del cuidado de la bebé. Valentina tiene apenas dos meses. Mi hermana murió durante el parto.

 Rebeca pronunció estas palabras con una frialdad que heló la sangre de Sofía. Mi cuñado está devastado. Apenas sale de su estudio. La niña, bueno, tiene una nana, pero necesitamos más ayuda. Rebeca la condujo a través de un vestíbulo de mármol travertino, donde un candelabro de cristal de Murano colgaba majestuoso del techo de doble altura.

 Las paredes estaban decoradas con obras de arte que Sofía reconoció vagamente de revistas, Un tamaño, un Toledo, nombres que susurraban dinero y poder. Subieron por una escalera curva hasta el segundo piso. Los pasillos alfombrados amortiguaban sus pasos. Rebeca se detuvo frente a una puerta blanca decorada con un delicado mural de nubes y ángeles.

Esta es la habitación de Valentina. Al abrir la puerta, Sofía se encontró en un cuarto sacado de un cuento de hadas. Las paredes estaban pintadas de un suave color lavanda, con murales de jardines encantados. Una cuna de madera tallada a mano ocupaba el centro, rodeada de juguetes costosos, un cambiador de mármol y un sillón de lactancia tapizado en terciopelo.

 Pero lo que captó toda la atención de Sofía fue el llanto, un llanto desgarrador, desesperado, que provenía de la cuna. Ha estado así toda la mañana”, dijo Rebeca con fastidio, revisando su teléfono celular como si el llanto fuera un mero inconveniente. La nana fue al mercado. “¿Puedes encargarte?” Sin esperar respuesta, Rebeca salió de la habitación, dejando a Sofía sola con aquel llanto que le partía el alma.

 Sofía se acercó lentamente a la cuna. Allí, envuelta en mantas de seda bordadas con su nombre, estaba Valentina. Su pequeño rostro estaba rojo de tanto llorar, sus manitas apretadas en puños diminutos. Los ojos verdes de la bebé, hinchados por las lágrimas, miraban al techo con una expresión que Sofía solo podría describir como de profunda soledad.

“¡Ay, pequeñita”, susurró Sofía, extendiendo sus manos. “¿Qué te pasa, mi amor?” En el momento en que levantó a Valentina y la acunó contra su pecho, algo extraordinario sucedió. El llanto cesó casi instantáneamente. La bebé se aferró a la blusa gastada de Sofía como si fuera un salvavidas, sus pequeños dedos agarrando la tela con fuerza sorprendente.

 Un suspiro tembloroso escapó de los labios de Valentina y luego silencio. Un silencio pacífico, casi mágico. Sofía sintió como su corazón se derretía. comenzó a mecerse suavemente, tarareando una canción de cuna que su propia madre le cantaba cuando era niña. Duérmete, mi niña, duérmete, mi sol, duérmete, pedazo de mi corazón.

 No supo cuánto tiempo pasó así, meciéndose con valentina en brazos, pero cuando finalmente miró hacia la puerta, encontró a un hombre observándolas desde el umbral. Mateo Santillana era exactamente como lo describían las revistas de negocios que Sofía había visto en los puestos de periódicos. Alto de complexión atlética, con cabello negro ligeramente despeinado y una barba de varios días que le daba un aire de descuido elegante.

 Vestía pantalones de vestir arrugados y una camisa blanca con los primeros botones desabrochados. Pero lo que más impactó a Sofía fueron sus ojos. Esos ojos color miel estaban vacíos, como si toda la luz se hubiera apagado en ellos. “Usted debe ser la nueva empleada”, dijo con voz ronca, como si no hubiera hablado en días.

 “Sí, señor, Sofía Méndez. Yo, La bebé estaba llorando y nadie puede calmarla.” Mateo dio un paso hacia adelante, sus ojos fijos en su hija. Llora todo el día, toda la noche. Las nanas que hemos contratado, ninguna puede. Dicen que es porque porque busca a su madre. El dolor en su voz era tan palpable que Sofía sintió un nudo en la garganta.

 Pero usted, ¿cómo lo hizo? Sofía miró a la bebé dormida en sus brazos, su respiración ahora tranquila y acompasada. No lo sé, señor. Solo la cargué, le canté. A veces los bebés solo necesitan sentirse seguros. Mateo se acercó más hasta quedar a un metro de distancia. Por primera vez, desde que entró a la habitación, algo brilló en sus ojos.

 No era felicidad, no todavía, pero quizás era un destello de esperanza. Mi esposa Alejandra, su voz se quebró. Ella cantaba todo el tiempo. Durante el embarazo. Le cantaba a Valentina cada noche. Le decía que la amaba, que la esperaba, que el mundo sería maravilloso para ella. Una lágrima rodó por su mejilla, pero no hizo ningún esfuerzo por limpiarla.

 murió sin conocerla realmente. Complicaciones después del parto. Los médicos dijeron que su corazón simplemente se detuvo. Sofía no sabía qué decir. ¿Qué palabras podrían consolar a un hombre que lo había perdido todo? El trabajo es suyo, dijo Mateo abruptamente, limpiándose la cara con la manga. No sé qué salario le ofreció Rebeca, pero le pagaré el doble.

Solo solo mantenga a mi hija feliz. Es lo único que me queda de Alejandra. es lo único que me mantiene. No terminó la frase. No necesitaba hacerlo. Dio media vuelta y salió de la habitación con pasos pesados, dejando a Sofía con Valentina dormida en sus brazos y un peso nuevo en el corazón. Esa fue la primera noche que Sofía se quedó hasta tarde en la mansión Santillana.

 La nana, una mujer mayor llamada Gertrudis, le explicó la rutina. Alimentar a Valentina cada 3 horas, cambiar pañales, bañarla con cuidado extremo. Pero sobre todo, le advirtió, la niña llora mucho. El señor no puede soportarlo. Se encierra en su estudio y bebe hasta quedar dormido. La señora Rebeca dice que está perdiendo la razón del dolor.

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