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La conexion entre Ronaldinho y una bandera que vio ganar a Pele en 1970

El estadio Maracaná estaba casi vacío. Era solo un partido amistoso entre leyendas. No había la presión de un título. No había millones de espectadores. Solo 20,000 personas dispersas en un estadio que podía albergar 80,000. Ronaldinho caminaba por el césped durante el calentamiento, estirando sus músculos, sintiendo la hierba bajo sus pies.

 Había jugado en este estadio docenas de veces. Conocía cada rincón, cada sonido, cada vibración, pero hoy algo era diferente. En una esquina del estadio, en una sección casi completamente vacía, había una mujer sentada sola. No era joven, tenía el cabello blanco recogido en un mono simple, bestia ropa modesta. y en sus manos sostenía algo que inmediatamente capturó la atención de Ronaldinho.

Una bandera de Brasil, pero no cualquier bandera. Era una bandera vieja, desgastada, con los colores desvanecidos por décadas de sol y lágrimas. Una bandera que claramente había sido guardada como un tesoro durante muchos años. Ronaldinho se detuvo. Miro hacia aquella mujer y sintió algo que no podía explicar.

una conexión, un reconocimiento, como si aquella bandera le estuviera hablando desde el pasado. Esta es la historia de Elena dos Santos, la viuda del hombre que inspiró a Ronaldinho a jugar fútbol, la guardiana de una bandera que había presenciado la mayor gloria del fútbol brasileño. Y la razón por la que Ronaldinho jugaría aquel partido amistoso como si fuera la final de una Copa del Mundo.

Para entender esta historia, debemos viajar 50 años atrás. Al 21 de junio de 1970, la final de la Copa del Mundo en México. Brasil contra Italia. Aquel partido es considerado el mejor de la historia del fútbol. Brasil ganó 4 a1 con un equipo que incluía a Pele, Jairino, Tostao, Ribelino y Carlos Alberto. Fue el tercer título mundial de Brasil.

fue la consagración del fútbol como arte. Entre los millones de brasileros que celebraron aquel día había un joven de 23 años llamado Eduardo dos Santos. No era famoso, no era rico. Era un obrero de una fábrica de zapatos en Río de Janeiro, pero tenía dos pasiones que definían su vida, el fútbol y Elena. Eduardo había conocido a Elena dos anos antes en un baile del barrio.

 Ella tenía 18 años. Ojos que brillaban como el sol de río, una sonrisa que podía iluminar las noches más oscuras. Eduardo se enamoró instantáneamente. Se casaron en 1969, un ano antes de la Copa del Mundo. No tenían dinero para una luna de miel. No tenían dinero para una casa propia. Vivían en un pequeño apartamento en una favela, pero tenían amor y eso era suficiente.

Cuando Brasil llegó a la final de la Copa del Mundo, Eduardo quiso hacer algo especial. Quiso regalarle a Elena una experiencia que recordarían para siempre. Ahorro durante meses, trabajo horas extras. vendió algunas de sus pocas posesiones y compro una bandera de Brasil. No cualquier bandera, una bandera grande, hermosa, con los colores más brillantes que pudo encontrar.

Una bandera que llevarían juntos al bar del barrio donde verían la final. Aquel de junio, Eduardo y Elena se sentaron en el bar con la bandera extendida sobre sus hombros. Vieron a Brasil destruir a Italia. Vieron los goles de Pele, Gerson, Jairino y Carlos Alberto. Vieron el momento en que Brasil levantó la copa Julet por tercera vez.

 Y cuando el árbitro el final, Eduardo y Elena salieron a la calle con su bandera. Bailaron toda la noche. Celebraron con desconocidos que se convirtieron en hermanos por unas horas. vivieron la felicidad más pura que el fútbol puede dar. Aquella noche, bajo la bandera que los cubria como una manta, Eduardo le hizo una promesa a Elena.

 Un día te voy a llevar al Maracaná. Vamos a ver un partido juntos con esta misma bandera y vamos a sentir la magia del fútbol en el lugar donde nace. Elena sonrió. Es una promesa muy grande. Eduardo la beso. Las promesas grandes son las únicas que vale la pena hacer, pero la vida no siempre permite cumplir las promesas.

Suscríbete y deja un comentario, porque lo que viene ahora es el momento que cambio todo. Eduardo y Elena tuvieron una vida simple pero feliz. Tuvieron dos hijos. Trabajaron duro, construyeron un hogar modesto, pero lleno de amor. La bandera de 1970 siempre estuvo colgada en la pared del salón. Un recordatorio de la noche más feliz de sus vidas.

 Eduardo nunca perdió su pasión por el fútbol. Veía cada partido de la selección brasileña. Celebraba cada gol como si fuera el primero y siempre hablaba de llevar a Elena al Maracaná. Pero el dinero nunca alcanzó, las entradas eran caras. El viaje desde su barrio era complicado. Siempre había algo más urgente que pagar. La promesa del Maracaná se convirtió en un suo postergado.

Los anos pasaron, los hijos crecieron. Eduardo se jubiló. Y entonces, cuando finalmente tenían tiempo y un poco de dinero ahorrado, llegó la noticia que destruyo todo. Cáncer. Eduardo fue diagnosticado en 2008. Le dieron un ano de vida, quizá menos. Elena quiso llevarlo al Maracaná inmediatamente. Quiso cumplir la promesa antes de que fuera demasiado tarde, pero Eduardo estaba demasiado débil.

Los tratamientos lo habían dejado sin fuerzas. No podía caminar largas distancias. No podía sentarse durante horas en una tribuna. La promesa del Maracaná murió con Eduardo en marzo de 2009. Elena guardó la bandera después del funeral. La dobló cuidadosamente, la puso en una caja junto con fotos de su esposo y prometió que algún día cumpliría la promesa por los dos.

Pasaron 3 años. Elena tenía 75 años. Sus hijos le insistían que no viajara sola, que el Maracaná era demasiado grande, que era peligroso para una mujer de su edad. Pero Elena era terca como lo había sido Eduardo, como lo son todos los que aman de verdad. Un día vio en televisión que habría un partido de leyendas en el Maracaná.

un amistoso con exjugadores famosos, entre ellos Ronaldinho. Elena no sabía mucho de Ronaldinho, era de otra generación, pero había escuchado a Eduardo hablar de él. Eduardo decía que Ronaldinho le recordaba a los jugadores de 1970, que tenía la misma alegría, la misma magia, el mismo amor por el juego. Elena tomó una decisión.

Compraría una entrada, iría al Maracaná, llevaría la bandera de 1970 y cumpliría la promesa que Eduardo nunca pudo cumplir. Sus hijos protestaron. Dijeron que era una locura, que el estadio era enorme, que se perdería, que le pasaría algo malo. Pero Elena no escucho. Voy a ir. Conó sin su permiso, porque le hice una promesa a su padre y las promesas se cumplen, aunque tarde 50 años.

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