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HACENDADO VIUDO ACOGIÓ A UNA FAMILIA QUE CONSTRUÍA CASA DE BARRO … SIN IMAGINAR LO QUE PASARÍA

 Y más atrás, sentado sobre un costal, un niño pequeño, no tendría más de 4 años, aplastaba terrones de barro con las palmas abiertas, serio, convencido de que su contribución era fundamental. Hernán detuvo al tordillo. No habló de inmediato, observó, porque lo que tenía delante no era una invasión de las que él conocía.

 No era un grupo de hombres que llegaban de noche, que clavaban estacas, que traían papeles falsificados y abogados de mala muerte. Lo que tenía delante era una mujer y dos niños, construyendo una casa de barro en su tierra, a plena luz del día, sin esconderse de nadie. Fue la niña quien lo vio. Primero, levantó la vista, lo miró sin ningún miedo particular y luego jaló la manga de su madre.

 Mamá, hay un señor. La mujer alzó la cabeza. Sus ojos eran oscuros y directos. No había miedo en ellos tampoco. O si lo había, estaba también enterrado debajo de algo más, determinación tal vez o agotamiento puro que no se notaba. Se puso de pie despacio, se limpió las manos en el delantal, aunque eso no sirvió para mucho, y lo miró de frente.

 Buenos días, dijo ella. Hernán tardó un momento en responder. Llevaba dos años hablando con poca gente. El silencio se le había vuelto costumbre. ¿Qué está haciendo usted aquí? Preguntó al fin. La voz le salió más áspera de lo que pretendía. No de rabia, de falta de uso. Construyendo, respondió la mujer como si fuera la respuesta más obvia del mundo.

 En mi tierra. Sí, dijo ella, “Lo sé. Hubo un silencio. El niño seguía aplastando barro sin preocuparse por la conversación. La niña, en cambio, miraba a Hernán con esa atención minuciosa que tienen los niños que han aprendido a leer a los adultos para saber si hay peligro. ¿Cómo se llaman?, preguntó Hernán. Mariela. Mariela Cifuentes.

 ¿Y dónde vivía antes Mariela Cifuentes de meterse en tierra ajena? Algo cruzó el rostro de la mujer. No vergüenza. Algo más parecido a un dolor muy viejo que ya no punzaba con fuerza, pero que todavía estaba ahí. En pueblo hondo dijo, “Pero ya no tenemos nada allá y el padre de estos niños.

” “No hay padre”, respondió ella con una neutralidad que cerraba esa puerta con llave. Hernández montó. No sabía por qué lo hizo. Era más fácil mantener la distancia desde el caballo, más fácil mandar de lejos. Pero algo en él, algo que llevaba meses dormido, se movió sin pedirle permiso, y sus pies tocaron la tierra antes de que su cabeza terminara de decidirlo.

 Caminó hasta la pared a medio construir. La examinó. Las piedras estaban bien colocadas para ser obra de una niña de 7 años. El barro era de buena consistencia, mezclado con paja seca. Quien lo había preparado sabía lo que hacía. ¿Usted sabe construir? Preguntó. Estoy aprendiendo, dijo Mariela, pero voy bien. Esto no va a aguantar las lluvias de octubre.

 Para octubre ya terminé. Hernán la miró. Ella le sostuvo la mirada sin parpadear. ¿Con qué derecho está aquí?, preguntó él. Y esta vez no había aspereza en la voz. Era una pregunta genuina. Con ninguno respondió ella, solo con la necesidad. La niña se acercó. Entonces se paró al lado de su madre con la cubeta roja todavía en la mano y miró a Hernán con ojos evaluadores.

 “Usted es el dueño de estas tierras”, preguntó Lía, dijo la madre en tono de advertencia. “Sí”, respondió Hernán. “Soy el dueño. La niña procesó eso con seriedad. ¿Y nos va a echar?” Hernán abrió la boca, la cerró, se dio vuelta y miró hacia la hacienda, que se veía a lo lejos entre los árboles, con su techo viejo y sus paredes que él no había repintado desde que murió consuelo, desde que todo en esa casa quedó parado en el tiempo como si el tiempo mismo se hubiera avergonzado de seguir.

 Cuando se volvió, el niño pequeño había dejado de aplastar barro y lo miraba también tenía los cachetes llenos de tierra y una expresión de curiosidad absolutamente despreocupada. Hernán sintió algo en el pecho. No supo ponerle nombre. Hacía mucho que no le ponía nombre a nada de lo que sentía. “Todavía no lo sé”, dijo y volvió a montar al tordillo.

 Se fue sin decir más. Rufino lo esperaba en la entrada de la hacienda, apoyado en el poste del portón, con los brazos cruzados y esa expresión de quien tiene mucho que decir y está esperando el momento. Benicio Rufino Palomares llevaba 16 años administrando Hacienda Piedra Clara. Había llegado con don Evaristo, el padre de Hernán, como asistente de cuentas.

 Y cuando Hernán heredó la propiedad, Rufino ya sabía más de esas tierras que el propio heredero. Era eficiente, puntual y leal a la hacienda de una manera que a veces Hernán no distinguía bien si era lealtad a él o lealtad al lugar. ¿La vio?, preguntó Rufino. La vi. Y Hernández montó, le entregó las riendas al mozo y caminó hacia la casa sin responder de inmediato.

 Rufino lo siguió. Don Hernán, esa mujer no tiene ningún derecho a estar ahí. Yo puedo hablar con el subprefecto esta misma tarde. En dos días la sacamos con orden. No, Rufino frenó. ¿Cómo que no? Que no, Rufino. Hernán subió los escalones del portal y se sentó en la silla de madera, donde su padre había sentado antes que él y su abuelo antes que su padre.

Déjela, don Hernán, con todo el respeto, esa tierra no es cualquier tierra. Usted sabe que el lindero sur tiene historia. Si usted permite que alguien se instale ahí, Batman abrir una puerta que le va a costar mucho cerrar. Hernán lo miró. Qué historia. Rufino abrió la boca, la cerró, bajó un poco la vista.

 Nada que valga la pena remover ahora. Entonces, no me hables de puertas que no conozco. Hernán se levantó, la mujer se queda por ahora, entró a la casa y cerró la puerta. Esa noche Hernán no durmió bien. No era la primera vez. Desde que Consuelo murió, hacía 2 años y 4 meses, el sueño se le había vuelto un territorio incómodo.

 La cama era demasiado grande, la casa demasiado silenciosa y su propia cabeza demasiado ruidosa en la oscuridad. Pero esa noche no era consuelo lo que le quitaba el sueño. Era la imagen de esa niña mirándolo con la cubeta roja. Era el niño aplastando barro con las palmas. era Marielas y Fuentes, diciéndole, “Con ninguno, solo con la necesidad, con esa voz que no pedía lástima, sino que declaraba un hecho.

 Se levantó antes del amanecer, hizo café y salió al portal a escuchar el campo despertar. A lo lejos, hacia el lindero sur, vio un pequeño fuego, solo una brasa naranja en la oscuridad. Alguien había dormido allá en el campo abierto con dos niños. Hernán tomó su taza con las dos manos y pensó en consuelo.

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