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Granjero viudo sorprende a su capataz HUMILLANDO a una trabajadora… y decide actuar frente a todos..

 Tomé café negro, amargo, sin azúcar. No me acostumbré al sabor, pero tampoco veo razón para cambiar. Comí un trozo de pan que sobró de ayer y salí al patio. El cielo aún estaba oscuro, pero ya se veía la línea fina de claridad en el horizonte. El aire de la madrugada era fresco, casi helado, y traía olor a tierra seca, mezclado con estiércol de ganado.

 Olor a rancho, olor a vida que sigue aunque uno no quiera. Trueno estaba en el corral masticando pasto con esa calma de quien no tiene prisa alguna. Es un alazán grande, fuerte, con una mancha blanca en el pecho que parece un corazón partido a la mitad. Lo compré a un tropero que pasó por aquí hace unos 10 años. En ese entonces Marlene aún vivía y se ríó cuando dije que el nombre del caballo era Trueno.

Trueno, repitió ella sonriendo. Este  es manso como borrego. Puede ser, pero aguanta el camino. No le molesta el sol, no le teme a las víboras y nunca me ha fallado. Para mí eso vale más que un nombre bonito. Le puse la silla despacio, acomodando la montura con cuidado. Trueno movió la cabeza como si estuviera de acuerdo en que era hora de irse.

 Monté y salí por la puerta del rancho. El camino de tierra enfrente era ancho, polvoriento, lleno de piedras sueltas y baches que la última lluvia había abierto. No había nadie cerca, nunca lo hay. El pueblo más cercano queda a casi dos horas a caballo. Se llama el Fresno, pero de lago no tiene nada, solo un pozo que se seca la mitad del año y una iglesia vieja rodeada de casas pequeñas, todas pintadas de blanco o azul descolorido.

 Voy allá de vez en cuando a comprar provisiones, a intercambiar un par de palabras con el dueño de la tienda y volver. No soy de charla. Aprendí que mientras menos habla uno, menos se arrepiente. Seguí por el camino principal hasta la bifurcación que lleva al potrero de atrás. Mi plan era revisarla cerca de allá, donde el ganado suele forzar el paso para comer el pasto del vecino.

 No es que el vecino se queje, él también es viejo, también vive solo y creo que ya se dio por vencido de pelear por cercas desde hace mucho tiempo. El sol comenzó a subir despacio, pintando el cielo de naranja y rosa. El calor llegó junto con él de ese modo seco que se pega a la piel y te reseca la garganta. Trueno seguía al trote ligero, levantando polvo rojo con cada paso.

 Yo miraba el paisaje sin pensar en nada o tratando de no pensar. Los árboles torcidos del matorral, los termiteros gigantes, el canto lejano de una correcaminos que debía estar cazando lagartijas. Todo siempre igual. Fue cuando pasé la curva cerca del arroyo seco que algo cambió. Al principio pensé que era impresión.

 Una silueta a la orilla del camino medio escondida detrás de un matorral alto. Jalé las riendas y trueno se detuvo al instante, orejas atentas. Me quedé quieto también, solo mirando. No era animal, era gente, una figura pequeña encorbada, sentada en el suelo con la cabeza gacha. Parecía una mujer, pero no estaba seguro. La distancia aún era grande y el sol daba fuerte en los ojos.

 Esperé un poco, quieto, sintiendo el corazón latir más rápido, sin entender por qué. Entonces la figura se movió, levantó la cabeza despacio y aunque de lejos vi que me estaba mirando, no era miedo en la mirada, era otra cosa, algo peor, era resignación. Apreté a trueno hacia adelante, despacio, sin hacer ruido. Cuanto más me acercaba, más claro se hacía.

 Era una mujer de verdad, anciana, con el rostro marcado por el sol y el tiempo, cabello canoso recogido en un moño flojo, ropa sencilla rasgada en el dobladillo, pies descalzos cubiertos de tierra y rasguños. Estaba sentada con la espalda apoyada en una piedra, los brazos caídos a los lados del cuerpo, la respiración débil.

 Bajé del caballo y me acerqué con cautela. ¿Se encuentra bien, señora? La pregunta salió automática, pero yo ya sabía la respuesta. No estaba bien. Estaba lejos de estar bien. Me miró con ojos hundidos, cansados y tardó en responder. Agua. La voz salió ronca, casi un susurro. Regresé al caballo, tomé el cantimplora que siempre llevo amarrada a la silla y volví.

 Me arrodillé a su lado y le ofrecí el agua. Bebió despacio con dificultad, como si hasta tragar doliera. Parte del agua se escurrió por la comisura de la boca, mojando el vestido viejo. ¿Cuántas horas lleva aquí? Cerró los ojos. No sé. Desde anoche se me oprimió el pecho. Desde anoche, casi 20 horas sola en medio de la nada, sin agua, sin comida, sin ayuda.

 Si hubiera tomado otro camino, si hubiera tardado una hora más, no quise terminar el pensamiento. ¿Qué le pasó? Abrió los ojos de nuevo, pero la mirada estaba perdida. Yo yo iba de camino a casa de mi hija en el Fresno. Me dio a aventón un camionero que dijo que pasaba por ahí, pero él me dejó aquí. Dijo que iría a buscar ayuda porque el camión se había descompuesto, pero no regresó.

 La rabia subió rápido, caliente, quemando en el pecho. ¿Qué clase de desalmado hace eso? Ella no respondió. Creo que ni tenía fuerzas para sentir rabia. Miré alrededor, camino vacío, solomo, ninguna señal de ayuda viniendo. Si yo no hubiera pasado por ahí en ese preciso momento, “Usted viene conmigo,” le dije firme. “La llevo a mi rancho.

 Ahí hay comida, agua, sombra. Luego vemos cómo llegar a su hija.” Me miró como si no creyera lo que estaba oyendo. ¿Usted haría eso? Ya lo estoy haciendo. La ayudé a levantarse. El cuerpo era demasiado ligero, frágil, como si fuera a quebrarse en cualquier momento. Ella trastabilló y yo la sostuve firme. Puede montar.

 Miró al caballo y negó con la cabeza. No tengo fuerzas. Monté primero, me acomodé en la silla y le extendí la mano. Yo la jalo. Usted solo tiene que sujetarse. Llevó tiempo, pero lo logró. Se sentó en la grupa, las manos temblando mientras se agarraban a mi cintura. Trueno aguantó el peso extra sin quejarse. Como siempre. Di la vuelta al caballo y comencé a volver al rancho.

El camino que antes parecía corto, ahora parecía interminable. Sentía su cuerpo balanceándose hacia delante y hacia atrás, a cada paso del caballo, débil, casi desmayada. “Aguante un poco más”, le dije sin mirar atrás. “Ya casi llegamos, pero no estaba cerca. Aún faltaba casi una hora y yo sabía que cada minuto contaba.

 El sol daba fuerte, el polvo subía y trueno seguía firme por el camino de tierra. Apreté las riendas tratando de no pensar en lo que habría pasado si hubiera elegido otro camino esa mañana. A veces la vida se salva por un hilo y a veces uno ni se da cuenta de que ha estado sosteniendo ese hilo todo el tiempo. La llegada.

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