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Granjero viudo encuentra a una mujer CARGANDO un SACO… pero había algo VIVO dentro…

Pensé que era solo una mujer huyendo, hasta que el costal que cargaba empezó a moverse. Venía por el camino de terracería, montado en mi caballo, cuando la vi agachada en medio de la vereda, abrazando aquel costal como si fuera lo único que le quedaba en el mundo. Mi caballo bajó el paso por sí solo.

 Ella miró hacia atrás directo a mí con miedo. Y fue ahí cuando el costal se movió una vez, luego otra más fuerte. En ese momento lo entendí. Aquello no era solo un costal. Me llamo Antonio Ferreira, tengo 53 años, aunque mi cuerpo a veces jura que tengo 70. Soy ranchero de nacimiento, criado en esta tierra roja del interior de Jalisco, que quema los pies descalzos en verano y se convierte en lodo color errumbre cuando llegan las lluvias.

 Aquí nací, aquí crecí, aquí me casé, aquí enterré a mi mujer. Hago todo esto en esta tierra que no me suelta y de la que yo tampoco puedo soltarme. Ya no sé si es amor o hábito, si es raíz o cadena. Marlene se fue hace 6 años, una fiebre que se volvió neumonía y terminó en un silencio absoluto una mañana de marzo. Desde entonces, el rancho se sintió más pequeño.

 No en tamaño, son las mismas 20 hectáreas de siempre, con el potrero, la presa, ese pedazo de monte que nunca toqué porque ella pedía que lo dejáramos así. se sintió más pequeño en ruido, en movimiento, en sentido. No tuvimos hijos, lo intentamos. El primero no llegó al mundo. El segundo vivió 4 días. Después de eso, Marlene lloró durante un mes entero en silencio, de esa manera que duele más que el llanto alto, ese sufrimiento callado que uno carga a solas porque no sabe cómo pedir ayuda.

Yo tampoco sabía ayudar. Me quedaba cerca, le acercaba un vaso de agua, le sostenía la mano. Era todo lo que sabía hacer. Tal vez no fue suficiente, tal vez nunca lo fue. Hoy despierto cada día a las 5 de la mañana. Preparo el café en la estufa de leña. Aún en la de leña nunca quise cambiar porque el olor a humo fino al amanecer es una de las pocas cosas que todavía me hace sentir en casa.

 Tomo el café de pie recargado en el marco de la cocina, viendo como el patio se ilumina despacio. Después voy a atender a los animales. Luego reviso el pastizal. Después reparo lo que se rompió. Luego el sol se va y vuelvo adentro. Ceno cualquier cosa y me quedo sentado en la silla de cuero viejo que era de mi padre hasta que el cansancio me vence. Ese es mi día, todos los días.

Aquel día, sin embargo, desde la mañana sin canto de pájaros, algo se sentía distinto. Terminé el café y fui al establo. Mi caballo trueno levantó la cabeza cuando entré. Un caballo vallo oscuro de casi 15 años que parece entender mi humor mejor que cualquier persona viva en este mundo. Me miró con esos ojos grandes y oscuros, resopló una vez y se quedó observándome con una atención que no era la de siempre.

 ¿Qué pasa? Pregunté sin esperar respuesta. Él sacudió la cabeza. Le pasé la mano por el cuello. Sentí el calor del cuero, ese olor fuerte a caballo que para muchos es demasiado pesado, pero para mí es casi un olor a hogar. Lo ensillé despacio, sin prisa, como siempre. Cada evilla en su lugar, la cincha bien ajustada, las riendas con cuidado.

 Marlén decía que yo trataba al caballo con más esmero que a mi propia ropa. No se equivocaba. Salí por la mañana, recorrí el potrero de arriba, vi el ganado disperso, revisé el abrevadero del lado del monte bajo que estaba empezando a secarse. Necesitaba reparar la bomba esa semana. Pasé por la cerca de mi vecino, don Benedicto, que vive a casi 5 km, y con quien hablo tal vez una vez al mes.

 No porque hayamos discutido, solo porque el silencio se volvió costumbre y la costumbre se volvió comodidad y con el tiempo uno deja de extrañar las cosas que ya no tiene. El sol fue subiendo y el calor llegó con él. Ese calor seco de finales de septiembre que no pide permiso. Se mete por la camisa, por el sombrero de palma, por la piel y se queda.

 Yo conocía ese calor desde niño. Sabía respetarlo. Hice lo que tenía que hacer durante todo el día. Y al final de la tarde, cuando el sol ya estaba bajo y teñía el campo de naranja y violeta, decidí volver por el camino de Terracería, la ruta más larga, pero que bordea el monte y tiene una brisa al atardecer que disfruto.

 Trueno conocía el camino de memoria. Caminaba tranquilo a su paso, con las herraduras levantando pequeñas nubes de polvo rojizo a cada pisada. El cielo estaba hermoso. De esos cielos que parecen pintados a mano, con colores que solo el interior tiene. Naranja intenso cerca del horizonte, violeta en el centro, azul oscuro empezando a asomar allá arriba.

Siempre miré ese cielo desde niño, incluso en los días malos, incluso en los días de luto, cuando todo el rancho parecía aplastarme, ese cielo de atardecer siempre fue algo que podía mirar sin sentir peso. Aquel día miré al cielo y luego miré al camino y me detuve. Había una mujer al frente. Estaba agachada en medio de la vereda a unos 300 m, cargando algo grande contra el pecho, un bulto oscuro, encorbado, que sostenía con ambos brazos apretados, como quien abraza lo más precioso que tiene. Su cuerpo estaba volcado sobre

aquel peso, la cabeza gacha, el cabello suelto y desmarañado cayendo sobre su rostro. trueno bajo el paso por voluntad propia. Él lo sintió antes que yo. O quizás lo sentimos juntos. Ese escalofrío extraño que sube por la espalda cuando uno se topa con algo que aún no sabe definir, pero que el cuerpo ya reconoce como fuera de lugar.

 Una mujer sola en medio de un camino desierto al caer la tarde cargando algo de esa manera. No era una escena de rutina, era una escena de huida. Me acerqué despacio, sin apresurar a Trueno, dejando que ella me escuchara llegar. No quería asustarla. Lo último que necesita alguien que huye es un susto.

 Cuando estaba a unos 50 met, escuchó las herraduras, giró el cuerpo de golpe, me encaró. Y lo que vi en esos ojos castaños, profundos, dilatados, no era la mirada de alguien que me temiera a mí. Era la mirada de quien ya tenía tanto miedo de otra cosa, que cualquier cosa nueva se volvía una amenaza también. Ella levantó la barbilla, apretó el costal, los nudillos se le pusieron blancos de tanta fuerza.

 Y entonces, en ese silencio de atardecer, con el viento quieto y los pájaros callados, lo escuché un sonido ahogado saliendo de adentro del costal. Trueno se detuvo en seco. Lo dejé estar. El sonido ocurrió otra vez más fuerte. Esta vez un movimiento, un peso desplazándose dentro de aquel tejido oscuro, como si algo vivo estuviera intentando acomodarse, intentando respirar mejor, intentando bajé del caballo despacio con ambos pies en el suelo, las manos abiertas para que ella las viera.

 Ningún gesto brusco, ni una palabra todavía. Ella dio un paso atrás. Tranquila, dije con la voz más suave que pude. No te voy a hacer daño. No se acerque. Su voz salió quebrada, un grito que intentó ser firme, pero salió en pedazos. Juro que grito. Juro que está bien, dije deteniéndome donde estaba. Estoy quieto. Estoy mirando.

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