Posted in

Granjero Viudo Encuentra a un NIÑO Trabajando SOLO en el Camino… Pero Alguien Aún Mandaba en Él…

Creí que ya lo había visto todo en este camino hasta ver a ese niño solo en medio de la nada cargando un peso demasiado grande para su edad. Pero no fue eso lo que me puso la piel de gallina. Fue su forma de caminar, pasos cortos, repetidos, como si alguien hubiera ordenado cada movimiento. Bajé el ritmo y me acerqué más.

 ¿Estás solo? Él me miró. Después miró hacia el camino detrás de él. No había nadie. Aún así, respondió, él me mandó seguir. En ese momento lo entendí. El niño estaba solo, pero todavía había alguien que mandaba sobre él. Salí temprano de la hacienda como siempre. El sol aún no se terminaba de asentar en el cielo, pero ya prometía lo que sería un día duro, seco, caliente, de la forma en que el estado de Durango sabe ser en agosto, cuando la tierra se agrieta y el ganado se queda quieto bajo los árboles con esa cara de quien ya renunció a esperar la lluvia.

Mi propiedad está a unos 20 km de un pueblo perdido, en medio de un monte que se va aclarando despacio, convirtiéndose en matorral en campo abierto. El camino de tierra que corta esta región es viejo, descuidado, lleno de baches, que la lluvia acaba y el sol endurece. No hay asfalto, no hay letreros, no hay nada que le diga al mundo que allí, en ese tramo olvidado, la gente aún vive y aún pasa.

 Pero yo paso todos los días o casi. Aquella mañana iba hasta la parcela del Viejo Benedicto a arreglar unos temas de cercas, un problema viejo que veníamos postergando hace tiempo. Enalbardé a El Saino de Espacio con esa calma que la soledad me enseñó. No tengo prisa. No tengo a nadie esperando ni aquí ni allá. La hacienda es mía y del silencio y ya nos acostumbramos el uno al otro.

 Junto conmigo vino el mi perro criollo, que apareció despacio por la puerta de la cocina hace unos tres años y nunca más se fue. Es feo, flaco, de pelo corto y ojo listo. No ladra porque sí, no se agita sin motivo. Parece que carga una sabiduría cansada de ese tipo que solo los perros callejeros adquieren. Me gusta eso de él. La mañana fue tranquila por un rato.

El zaino caminaba al paso que conoce, firme en la tierra roja. El corría por delante, se perdía en el monte, volvía. El sol fue subiendo, fue calentando, fue adueñándose de todo como hace aquí, sin pedir permiso, sin aviso. Solo va llegando, va pesando, va cambiando el color del mundo de amarillo claro a dorado, sucio.

 Y después a ese blanco que encandila. Fui a mi ritmo mirando, pensando poco. Es cuando pienso poco que siento más. Aprendí eso también después de Marlene. Mientras me quedo quieto y no fuerzo nada, algo dentro de mí trabaja solo, como tierra que descansa y se va poniendo fértil. Fue en ese estado que estaba cuando el se detuvo.

 Solo se detuvo en medio del camino inmóvil, con el hocico apuntando hacia adelante. Paré al zaino. El caballo también se quedó quieto, las orejas girando despacio hacia un lado, como una antena buscando señal. Dio un resoplido bajo, no de susto, sino de atención. de esa forma que hace cuando percibe algo que yo aún no he visto. Miré hacia adelante.

 El camino seguía recto por unos 300 m antes de hacer una curva suave entre dosaches torcidos. El suelo estaba seco, cuarteado, color ladrillo viejo. El calor ya ondulaba en el aire sobre la tierra, creando esa ilusión de agua que nunca está ahí. Y en medio de todo eso, una figura pequeña, lejos aún, difícil de distinguir con claridad, pero se veía que era demasiado pequeña para ser un adulto, que caminaba lento, demasiado pesada para la altura que tenía, que cargaba algo.

 Me quedé mirando por un segundo, el no se movió y entendí que debía continuar despacio. Fui acercándome con el saino al paso más corto que tiene, casi arrastrado. No quería asustar, no sabía aún que era aquello, pero algo en mí ya había decidido que necesitaba cuidado. La figura fue tomando forma conforme me aproximé.

 Era un niño, tendría unos 10, quizás 11 años, pequeño para su edad, de ese pequeño que no es solo de nacimiento, es de falta. ropa descolorida, una camiseta que alguna vez fue azul y hoy era solo un recuerdo de color, pantalones de mezclilla gastados con la bastilla doblada. Los pies calzaban una sandalia rota con la tira del lado izquierdo amarrada con un alambre improvisado.

 Cargaba un costal de enquen grande, pesado. Se veía por la forma en que su cuerpo se inclinaba, por el esfuerzo en los hombros estrechos, por los pasos cortos y firmes, mecánicos, pasos que no eran de niño. Eran pasos de alguien a quien enseñaron a cargar sin reclamar. Cuando llegué lo suficientemente cerca, el niño no se detuvo. Continuó caminando.

 Fue solo cuando paré al Zaino a su lado y la sombra del caballo cayó sobre él que miró hacia arriba. Y ahí, en ese segundo, vio lo que me atrapó por dentro y no me soltó más. Sus ojos eran oscuros, profundos, con esas ojeras finas que aparecen en los niños que no duermen bien. Pero no era el cansancio lo que me detuvo, era la atención, una forma de mirar que calculaba, medía, procesaba, como si cada persona que aparecía fuera un riesgo a ser evaluado antes de ser una presencia en la cual confiar. Esa mirada no se había

aprendido en un buen hogar. ¿Estás solo, hijo?”, no respondió enseguida. Me miró, miró al Saino, miró al Prio que se había acercado y se quedó parado con la cola baja, olfateando el aire alrededor del niño. Después, y eso fue lo que me heló la sangre, miró hacia atrás, hacia el camino detrás de él, que estaba vacío, completamente vacío.

 Ni un pájaro, ni un auto, ni una sola alma. Pero miró de todos modos, como quien verifica, como quien confirma, y solo después de mirar hacia atrás respondió, “No puedo parar. La voz era baja, firme. De esa firmeza que no es valentía, es adiestramiento. ¿Por qué?”, pregunté. Sus dedos apretaron el costal. Vi los nudillos blanquearse. Él me mandó seguir.

 El viento pasó entre nosotros en ese momento. Un viento seco, caliente, que levantó una nube fina de polvo entre el niño yo, y se fue rápido. Y lo que quedó después de que pasó no era solo polvo, era peso. Me quedé parado sobre el zaino, mirando a ese niño en el camino solitario de Durango, y entendí, no con la cabeza que se la pasa buscando explicaciones, sino con esa parte del pecho que Marlene me enseñó a escuchar.

Ese niño estaba solo, pero no estaba libre. Y quien mandaba en él, fuera quien fuera, todavía estaba presente de alguna forma dentro de él, en los ojos que verificaban, en la boca que apenas se abría, en los pasos que no paraban, ni cuando el cuerpo pedía clemencia. Bajé del saino despacio sin prisa, con el cuidado de quien sabe que un movimiento brusco espanta.

 Di dos pasos hacia él. ¿Puedes soltar eso?, dije. No lo soltó. Yo sabía que no lo soltaría. No todavía. Ahora vienes conmigo dije de nuevo firme, pero sin dureza. Me miró, miró el camino, volvió a mí, esperó como si aún aguardara una voz que no iba a llegar. Y entonces, despacio, con ese movimiento de quien suelta algo que cargó demasiado tiempo, bajó el costal suelo. Sus hombros bajaron también.

Read More