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FUE ABANDONADA POR SU MARIDO… HASTA QUE HACENDADO VIUDO LE MOSTRÓ LO QUE ES AMOR DE VERDAD

fue abandonada por su marido hasta que hacendado viudo le mostró lo que es amor de verdad. El día que Marcos Roldán se fue, no hubo gritos, no hubo portazos, no hubo una pelea larga que justificara todo. Hubo silencio, un silencio tan denso, tan pesado, que Águeda tardó tres días en entender que eso era el final.

encontró la nota un martes por la mañana doblada sobre la mesa de madera, donde desayunaban juntos desde hacía 9 años. Una hoja arrancada de un cuaderno, letra apurada, palabras que no alcanzaban ni para llenar media página. Me voy a Medellín. Hay trabajo. No me busques. Esto ya no funcionaba para ninguno de los dos. Perdona, eso fue todo. 9 años.

una casa construida con deudas y esfuerzo, dos abortos que nunca hablaron bien, noches en que el frío del campo se metía por las rendijas y él le decía que todo iba a mejorar mañanas en que ella se levantaba antes que el sol para preparar el almuerzo que él llevaría a los cultivos.

 Todo eso resumido en seis líneas escritas con prisa. Águeda leyó la nota dos veces, la dobló con cuidado, como si fuera un documento importante, la guardó en el bolsillo del delantal y salió a trabajar. No lloró esa mañana, tampoco la siguiente. Lloró 15 días después, sola, agachada entre los surcos de la finca, cuando una de las otras trabajadoras le preguntó cómo estaba Marcos, que hacía tiempo no lo veían.

Fue entonces que algo en su pecho se rompió de una manera que no tenía nombre. No era tristeza solamente era algo más viejo, más hondo. Era la confirmación de lo que siempre había sospechado, que podía desaparecer de la vida de alguien que amaba y ese alguien ni siquiera lo mencionaría hasta que alguien más lo recordara.

 Finca Los Arrayanes era una hacienda grande extendida sobre una región fértil del sur de Colombia, donde los cultivos de café y plátano se alternaban con potreros y sembrados de caña. La tierra era generosa con quien la trabajaba bien y dura con quien no la respetaba. Águeda llevaba 4 años trabajando allí como jornalera, primero con Marcos, luego cada vez más sola, porque él iba encontrando razones para faltar, para llegar tarde, para no alcanzar su cuota del día.

 Los demás trabajadores lo sabían. Nadie decía nada directamente, pero las miradas lo decían todo. Después de la nota, esas miradas cambiaron. Ahora eran de lástima. Y Águeda las odió más que cualquier otra cosa. Doña Transito, la encargada de llevar el control de asistencia en la finca, fue la primera en decirle algo directamente. Era una mujer mayor, seca en el trato, pero honesta, que había visto pasar demasiadas historias en esos campos como para guardarse las palabras.

 Mi hija, si necesita que le adelanten algo del jornal, dígame y yo hablo con el administrador. No necesito nada, doña transito. Gracias. Es que con el hombre ese que se fue, entiendo que las deudas dije que no necesito nada. La mujer asintió lentamente, sin ofenderse. Conocía ese tono. Era el tono de alguien que está aguantando demasiado con demasiado orgullo y que en algún momento va a ceder o va a quebrarse.

 Águedan no se dio, pero tampoco se quebró. Empezó a trabajar más. Si su cuota era 20 cargas de café al día, ella hacía 24. Si el turno terminaba a las 5, ella seguía hasta que la luz del sol ya no alcanzara para distinguir los granos maduros de los verdes. Se ofreció para tareas que otros evitaban.

 Limpiar los canales de drenaje, cargar los bultos más pesados, ayudar con la fumigación cuando faltaba alguien. El cuerpo le costaba cada noche. Llegaba a su cuarto en la casita pequeña que seguía pagando con lo que ganaba y se acostaba sin cenar, a veces sin quitarse los zapatos. Pero estaba pagando las deudas que Marcos había dejado, una a una, sin pedirle a nadie un solo peso.

 Fue en esas semanas de trabajo callado y sistemático que don Fabián Quintela la vio por primera vez. No fue un encuentro dramático, no fue un momento de miradas largas ni de palabras especiales, fue una mañana cualquiera cuando él recorría los cultivos desde el caballo, como hacía siempre al comenzar la semana.

 Fabián Quintela tenía 51 años, era el dueño de Finca, los Arrayanes y de otras dos propiedades menores en la región. No era un hombre que se mezclara con los trabajadores más de lo necesario, no por desprecio, sino por costumbre. Desde que su esposa Carmensa murió hacía 5 años, Fabián había construido una distancia cómoda entre él y cualquier cosa que pudiera volverse un vínculo emocional.

Administraba, supervisaba, resolvía problemas, pero no se involucraba. Esa mañana, mientras el caballo caminaba lento entre las hileras del cafetal, vio a una mujer que trabajaba sola en un tramo que correspondía a dos personas. No era raro que alguien cubriera el trabajo de otro, pero lo que llamó su atención fue la manera en que ella lo hacía, sin apuro exagerado, sin el gesto desesperado de quien quiere que la vean, con una concentración silenciosa, metódica, casi obstinada.

 “Esa mujer trabaja doble turno”, le preguntó al administrador un hombre llamado Gerardo, que lo acompañaba a pie. Así es, patrón. Desde hace unas semanas viene haciendo eso. La dejó el marido y ella sola está cubriendo lo que debía entre los dos. Fabián no dijo nada más. Siguió el recorrido, pero esa noche, revisando los registros de producción que Gerardo le entregaba cada lunes, buscó el nombre de la mujer Águeda Roldán, jornalera, 4 años en la finca, rendimiento excelente.

Incidencias, ninguna. cerró el cuaderno. Se sirvió un vaso de aguardiente solo, sentado en el corredor de la casa grande, mirando la oscuridad del campo. No pensó en ella de manera especial esa noche, pero la recordó. Las semanas siguientes transcurrieron sin que nada cambiara en apariencia. Águeda seguía trabajando, seguía pagando, seguía respondiendo con monosílabos cuando alguien le preguntaba cómo estaba.

 En el grupo de jornaleras la llamaban la muda sin mala intención, porque había aprendido a moverse en silencio y a sonreír solo cuando era absolutamente necesario. Había una mujer Rosario, que intentaba hacerle compañía más que las demás. Era joven, casada, con dos hijos y tenía esa energía de quien no sabe estar callada más de 10 minutos.

 Águeda, esta noche van a poner música en el galpón. El don Gerardo dijo que si cumplimos la meta de la semana nos deja hacer una celebración pequeña. ¿Va a ir? No. ¿Por qué no? Usted trabaja todo el día, necesita distraerse un poco. Yo me distraigo durmiendo. Eso no es distraerse, eso es morirse despacio. A pesar de sí misma, Águeda soltó una risa corta.

 fue tan inesperada que hasta ella pareció sorprenderse. Rosario aprovechó ese momento como si fuera una grieta en una muralla. Ahí está. Todavía sabe reírse. Vaya esta noche, aunque sea una hora. Le juro que si a las 8 no se quiere quedar, yo misma la acompaño a su casa. Fue esa noche. No bailó, no habló más de lo necesario. Se sentó en un rincón con un vaso de jugo de lulo que alguien le puso en la mano y miró a los demás divertirse con esa quietud característica suya, como si observara una película de la que no era parte.

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