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En 1997, 15 seminaristas desaparecieron en un retiro — en 2025 hallaron su diario tras un muro

 Había sido el único que regresó de aquel retiro, el único que sobrevivió a lo que nadie quería llamar por su nombre. Los trabajadores de la constructora movían escombros con indiferencia profesional. Para ellos era solo otro edificio viejo. Pero cuando el capataz lo llamó aquella tarde con el rostro pálido y una caja de metal oxidada en las manos, Mateo sintió que el pasado despertaba de su tumba.

 Padre, encontramos esto detrás de un muro falso en el sótano. Tiene su nombre. La caja estaba fría al tacto. Dentro, envuelto en plástico amarillento, había un diario de cuero desgastado. En la primera página, con la caligrafía meticulosa que Mateo reconocería en cualquier lugar, leyó, “Si alguien encuentra este diario, sabrá la verdad. Somos 15.

 Vinimos a buscar a Dios, pero encontramos algo más oscuro. Si no salimos de aquí, que estas palabras sean nuestro testimonio. 15 de marzo de 1997. Fernando Ruiz. Las manos de Mateo temblaron. Fernando había sido su mejor amigo, su confidente, el hermano que nunca tuvo. Y durante 28 años, Mateo había guardado un secreto que ahora amenazaba con destruirlo todo.

 Mateo Solís tenía 52 años, pero se sentía como un anciano. [música] El peso de casi tres décadas de silencio había encorbado su espalda más que el tiempo. Era párroco de una pequeña iglesia en la Ciudad de México, un hombre respetado por su comunidad, conocido por su compasión. y su sabiduría tranquila. Nadie sabía que cada misa que celebraba era una penitencia, cada confesión que escuchaba una ironía cruel, porque él era el que necesitaba confesarse.

Sentado en su habitación modesta esa noche, con el diario de Fernando sobre la mesa, Mateo se permitió recordar marzo de 1997. Él tenía 24 años, recién ordenado, lleno de fervor y certezas. El seminario de San Jerónimo había organizado un retiro de cuaresma para 15 seminaristas prometedores y tres sacerdotes supervisores.

 El padre Ignacio Vallarta, director del seminario. El padre Tomás Guerrero, profesor de teología moral y él, el joven padre Mateo, asistente de formación. 15 jóvenes con nombres y rostros que Mateo nunca había olvidado. Fernando Ruiz, de 23 años, poeta y soñador. Carlos Mendoza, atlético y carismático. Gabriel Ortiz, serio y estudioso.

 Miguel Ángel Herrera, músico talentoso, y 11 más. Cada uno con sus esperanzas, sus dudas, sus llamados al sacerdocio. Todos desaparecieron en una sola noche. Mateo abrió el diario con manos temblorosas. La escritura de Fernando era clara al principio, llena de entusiasmo. 14 de marzo 1997, primer día del retiro. [música] El lugar es hermoso pero extraño.

 El seminario está aislado, rodeado de bosques de pinos. El padre Vallarta dice que el aislamiento nos ayudará a escuchar la voz de Dios. Hay algo en este lugar que me inquieta, pero quizás es solo el silencio. Estamos acostumbrados al ruido de la ciudad. Mateo recordaba ese primer día, el viaje en dos camionetas por carreteras de montaña, la llegada al antiguo seminario, una construcción del siglo XVII que había sido abandonada y luego restaurada parcialmente, las habitaciones frías con paredes de piedra gruesa, la capilla pequeña con su altar

de mármol agrietado y recordaba al padre Vallarta con sus 60 años, su voz profunda y autoritaria, sus ojos que parecían ver a través de las personas. Un hombre que había dedicado 40 años a la iglesia, respetado y temido en igual medida, continuó leyendo. 15 de marzo, tarde, algo extraño está pasando. Durante la meditación de esta mañana, el padre Vallarta habló sobre la obediencia absoluta, no como virtud, sino como requisito.

 Dijo que algunos de nosotros seríamos elegidos para un servicio especial a la iglesia. Carlos me miró confundido. Gabriel parecía incómodo. Después de la sesión intenté hablar con el padre Mateo, pero el padre Ballarta lo llamó aparte. Mateo cerró los ojos. Sí, recordaba esa conversación. Vallarta lo había llevado a su oficina privada.

Mateo, necesito que confíes en mí. Lo que va a suceder aquí este fin de semana es crucial para el futuro de estos jóvenes. Son los mejores seminaristas que hemos tenido en años, pero algunos tienen dudas peligrosas, cuestionan demasiado. El mundo moderno los ha contaminado con ideas liberales. Necesitamos fortalecerlos.

 fortalecerlos como había preguntado Mateo, joven e ingenuo, con disciplina, con comprensión de que la Iglesia es más grande que cualquier individuo, con la eliminación de su ego. Mateo no había entendido completamente entonces, pero había confiado, había obedecido y esa obediencia lo había convertido en cómplice de algo monstruoso.

 Su teléfono sonó interrumpiendo sus recuerdos. Era el número del arzobispado. Padre Solís, habla Monseñor Carranza. [música] Me informaron sobre el descubrimiento en San Jerónimo. Necesito que venga a la Arquidiócesis mañana a primera hora. Es urgente. La voz era fría, controlada. Mateo conocía ese tono.

 Era el sonido de la iglesia protegiendo sus secretos. Sí, monseñor. Estaré allí. Cuando colgó, miró nuevamente el diario. Había más de 100 páginas. Fernando había documentado todo y ahora alguien más lo sabía. Mateo no durmió esa noche, leyó página tras página del diario de Fernando y con cada [música] palabra el peso de su culpa se volvía más insoportable.

 15 de marzo, noche, no nos dejan salir. Dijeron que era parte del ejercicio de aislamiento espiritual, [música] pero las puertas están cerradas con llave. Intenté usar el teléfono del pasillo y está desconectado. Miguel Ángel está asustado. Gabriel dice que deberíamos exigir explicaciones, pero Carlos insiste en que debemos confiar en los sacerdotes.

 ¿Dónde está la línea entre obediencia y miedo? Mateo recordaba haber ayudado a cerrar esas puertas. Vallarta le había dicho que era para evitar distracciones, para mantener la integridad del retiro. Tomás Guerrero, el otro sacerdote, había parecido incómodo, pero no había cuestionado nada. La jerarquía eclesiástica era absoluta. Se obedecía sin preguntar.

 16 de marzo, madrugada. No puedo dormir. Escuché gritos hace una hora. [música] Venían del sótano. Cuando bajamos varios de nosotros, el padre Vallarta estaba con Luis Rivera en una habitación que no habíamos visto antes. Luis salió llorando. Tenía marcas rojas en las muñecas. Cuando preguntamos qué había pasado, el padre Vallarta dijo que Luis había tenido una crisis de fe y que había sido necesario intervenir espiritualmente. Esto no está bien.

 Esto no es normal. Las manos de Mateo temblaron tanto que tuvo que dejar el diario sobre la mesa. Se levantó y caminó hacia la ventana de su habitación. La ciudad de México brillaba en la oscuridad. Millones de luces, millones de vidas que continuaban sin conocer historias como esta. Cuántas historias similares había.

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