Posted in

El vuelo que envió un mensaje imposible… y desapareció sin dejar rastro: el caso Star Dust

 Es también una historia sobre el tiempo, sobre cómo el tiempo puede conservar lo que destruye, sobre cómo puede devolvernos fragmentos de un pasado que creíamos perdido para siempre, sin darnos las respuestas que esperábamos. Durante más de 50 años, el Stardust fue simplemente un misterio, uno de esos misterios que alimentan las leyendas de los aviadores, que aparecen en las páginas de los libros sobre lo inexplicable, que generan teorías sobre abducciones extraterrestres, sobre espías y misiones secretas, sobre portales y dimensiones paralelas. Era el

tipo de historia que la mente humana devora con avidez cuando no tiene respuestas, algo tan completo en su oscuridad que cualquier explicación parecía posible. Y entonces, en 1998, la montaña habló, no con palabras, con hielo. Para entender lo que le ocurrió al Stardust, es necesario comprender primero el mundo en el que nació.

El año es 1947 y el mundo apenas está aprendiendo a caminar sobre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. Europa yace en ruinas. Millones de personas han muerto. Las fronteras han sido redibujadas con la sangre de generaciones enteras. Y sin embargo, en medio de esa devastación hay algo que no ha podido ser destruido, el impulso humano hacia el progreso, hacia la velocidad, hacia la conquista del cielo.

 La aviación comercial está viviendo su primera gran edad de oro. Los aviones militares han sido reconvertidos, sus motores adaptados para transportar pasajeros en lugar de bombas. Las rutas aéreas se abren como arterias a través de continentes que antes solo podían conectarse por barco en travesías que duraban semanas. Ahora, en cuestión de horas, un hombre puede desayunar en Buenos Aires y cenar en Santiago de Chile.

 La maravilla de eso todavía no se ha gastado. La gente mira hacia arriba cuando escucha el rugido de un motor, todavía asombrada de que algo tan pesado pueda flotar sobre sus cabezas. La British South American Airways, conocida simplemente como Basa, es una de las líneas aéreas que ha nacido en ese periodo de optimismo frenético.

Fundada en 1946 por expilos de la RAR Force, la compañía conecta Gran Bretaña con Sudamérica, trazando rutas sobre el Atlántico y los Andes con la misma confianza que sus fundadores llevaban inscripta en el ADN después de años de combate aéreo. Son hombres acostumbrados al riesgo. Son hombres que aprendieron a volar en condiciones que harían palidecer a cualquier piloto civil.

 Y quizás esa confianza forjada en la guerra los ha vuelto ligeramente impermeables al miedo. El avión que la basa utiliza en sus rutas trasandinas se llama Abro Lancastian. Es una joya de la ingeniería británica de posguerra, derivada directamente del célebre bombardero Lancaster, que tantas misiones nocturnas sobre Alemania realizó durante el conflicto.

 El Lancaste tiene cuatro motores Rolls-Royce Merlin, los mismos que impulsaban a los casas Speedf y Horen en la batalla de Inglaterra. Es un avión que inspira confianza, que evoca orgullo nacional, que lleva en su nombre y en su estructura toda la narrativa del triunfo británico sobre la adversidad. Pero los aviones, por más poderosos que sean, no pueden doblegar el clima.

 El 2 de agosto de 1947 amanece como un día ordinario en el aeropuerto de Eseisa en Buenos Aires. El cielo está despejado, la temperatura es fresca para un invierno austral y el Stardust, el nombre que lleva el Ancastrian, que hará la ruta a Santiago, está siendo preparado con la eficiencia rutinaria que caracteriza a los aeropuertos del mundo en esa época.

Los mecánicos revisan los motores. Los auxiliares de vuelo cargan el equipaje. El combustible se mide con precisión. A bordo subirán 11 personas, cinco tripulantes y seis pasajeros, cada uno con su historia, cada uno con sus razones para cruzar los Andes en pleno invierno. Entre los pasajeros hay figuras que por un instante la historia iluminará con su lente, una mujer palestina que viaja a Chile para reunirse con su prometido, un representante comercial [música] con maletines llenos de muestras, un diplomático cuyas instrucciones son

confidenciales. También viaja, según algunos registros, una cantidad no especificada de oro que el gobierno del Reino Unido envía por razones que nunca serán completamente aclaradas. Este detalle, menor en apariencia, alimentará durante décadas las teorías más elaboradas sobre lo que realmente le ocurrió al Stardust.

El comandante del vuelo es Ryan Cock, un piloto veterano con miles de horas de vuelo acumuladas durante la guerra y en los años que siguieron. A su lado, el primer oficial Donald Chucklen, igualmente experimentado. El operador de radio es Dennis Harmer, un hombre cuya última transmisión se convertiría en el centro de uno de los enigmas más comentados de la historia de la aviación.

 El Stardust despega de Buenos Aires a las 13:46, hora local. Todo indica un vuelo sin incidentes. La ruta entre Buenos Aires y Santiago de [música] Chile es, en términos geográficos, una de las más espectaculares del planeta. Cientos de kilómetros de Pampa Argentina se extienden hacia el oeste como un mar de pasto y tierra antes de que el horizonte se interrumpa de manera abrupta con el ascenso vertiginoso de la cordillera de los Andes.

 El contraste es absoluto. Donde antes había planicia infinita, de repente aparecen muros de roca y hielo que se elevan a más de 6,000 m sobre el nivel del mar. Para un avión de la época, cruzar los Andes no es una operación trivial. Los Lancastrian tienen un techo operacional de aproximadamente 7,000 m, lo que significa que pueden volar por encima de la mayoría de las cumbres andinas, pero apenas.

El margen es estrecho y los andes, especialmente en invierno, son una trampa meteorológica de proporciones colosales. Los frentes de tormenta se forman aquí con una velocidad y una violencia que desafían la predicción. Los vientos de altura que en otras partes del mundo soplan en patrones relativamente predecibles, aquí se vuelven caóticos, [música] acelerados por la geometría de las montañas, empujando y tirando de los aviones con fuerzas que los instrumentos de la época no siempre son capaces de detectar.

Y hay un fenómeno particular de los Andes que los pilotos [música] temen más que cualquier otro, el viento del oeste. En el invierno austral, los vientos dominantes en la cordillera soplan del océano Pacífico hacia el este con una velocidad que puede superar los 120 km porh.

 Un avión que vuela hacia el oeste de Buenos Aires a Santiago tiene que luchar contra ese viento durante toda la travesía andina. El resultado es que la velocidad real del avión sobre el suelo puede ser significativamente menor que lo que indican los [música] instrumentos. Un piloto que calcula su posición basándose en la velocidad del avión y el tiempo transcurrido sin tener en cuenta la fuerza del viento en contra, puede encontrarse en un punto del espacio muy diferente al que cree.

 Este error, aparentemente menor, puede tener consecuencias letales cuando se vuela entre picos que se elevan a 6,000 m. A las 17:41 hora local, el operador de radio Denis Harmor hace contacto con el aeropuerto de los Cerrillos en Santiago. Transmite la posición del avión. El Stardust está cruzando el paso vermejo a una altitud de 24 00 pies y calcula llegar a Santiago en 4 minutos. 4 minutos.

Read More