Posted in

EL TERRIBLE CASO DE VENEZUELA: UNA MADRE, DOS HERMANOS Y UN ABANDONO

 

 Era una construcción pequeña de bloques sin friso, con una puerta de madera que cerraba mal y dos ventanas cubiertas con tela de mosquitero. Por fuera la casa parecía una más entre tantas. Por dentro era el mundo entero de tres personas que luchaban cada día por sobrevivir. Ana tenía 34 años, aunque sus manos y sus ojos contaban una historia de alguien 10 años mayor.

menuda de cabello oscuro y rizado que siempre llevaba recogido con una liga de tela y tenía la costumbre de morderse el labio inferior cuando estaba preocupada, cosa que hacía casi constantemente. Madre soltera desde que su esposo, Ramiro, los abandonó sin explicación una tarde de enero de 1998, Ana había aprendido a cargar sola con todo.

 Sus hijos eran Carlos de 14 años y Luisa de 12. Carlos era serio, callado, con los ojos siempre atentos y una madurez que no debería haber tenido a su edad. Luisa, en cambio, era todo lo contrario, curiosa, habladora, con una risa fácil que iluminaba cualquier cuarto, aunque últimamente esa risa había escaseado. Los dos sabían con esa intuición que desarrollan los hijos de madres agobiadas, que algo no estaba bien en su hogar.

 Lo sabían en la forma en que Ana a veces se quedaba mirando el techo durante la cena. Lo sabían en los días en que no había cena. La mañana del 12 de marzo de 2001 comenzó como tantas otras. Carlos se levantó antes del amanecer para llenar los dos baldes con agua del pozo comunitario a tres cuadras de distancia, antes de que la fila se hiciera interminable.

 Luisa preparó una arepa con lo poco que quedaba de harina de maíz en el tarro de plástico azul que Ana guardaba sobre la cocina de querosén. Era la última harina. Las dos mujeres lo sabían y ninguna lo dijo. Ana salió esa mañana con su bolso de cuero café, el que tenía el cierre roto y que ella cerraba con un gancho de nodriza.

dijo que iba al mercado del pueblo a buscar trabajo de lavandería. Era algo que hacía regularmente, ofrecerse a lavar y planchar ropa ajena para ganar unos bolívares no era suficiente. Nunca era suficiente, pero era lo que había. “Vuelvo antes del mediodía”, le dijo a Carlos mientras se amarraba los zapatos en el umbral de la puerta.

Cuida a tu hermana. Carlos asintió. Era la misma instrucción de siempre. Luisa la vio alejarse por la calle de Tierra y le gritó desde la ventana, “¡Mamá, tráete algo dulce si puedes.” Ana se volteó, sonrió apenas y siguió caminando sin responder. Esa fue la última vez que sus hijos la vieron. El mediodía llegó y se fue.

Carlos calentó agua y preparó una infusión de hierba luisa con panela para él y su hermana, porque no había más nada. La tarde cayó despacio con ese calor pesado del llano que aplasta los cuerpos y adormece los pensamientos. Luisa hizo las tareas escolares en el cuaderno que le quedaba, escribiendo despacio para no gastar el lápiz.

Carlos se sentó en el umbral de la puerta y esperó. A las 6 de la tarde, cuando el cielo se volvió naranja y los primeros grillos comenzaron su concierto nocturno, Carlos entró a la casa y buscó en el cajón de la mesita de noche de su madre. Encontró lo que esperaba. Tres billetes doblados, equivalentes a menos de dinero de emergencia que Ana siempre guardaba ahí, el que juraba que nunca iba a tocar a menos que fuera absolutamente necesario.

Lo dejó donde estaba. Esa noche los dos hermanos durmieron sin cenar, diciéndose que su madre llegaría al día siguiente con alguna explicación, que se había quedado en casa de alguna conocida, que el autobús no pasó, que algo surgió, las explicaciones que uno inventa cuando la verdad todavía es demasiado grande para caber en la mente.

Al segundo día, Carlos fue al mercado a preguntar. Nadie había visto a Ana Morales. Fue a la casa de doña Carmen, una vecina mayor que a veces le guardaba a los niños cuando Ana tenía que ir lejos. Doña Carmen arrugó la frente con preocupación y dijo que no sabía nada, pero que si en la noche no aparecía, habría que hablar con las autoridades.

Al tercer día, los dos hermanos habían agotado el agua de los baldes, la infusión de hierba luiza y los tres billetes del cajón, con los que Carlos compró dos panes y una bolsa de leche en polvo, que rindió para cuatro raciones pequeñas. Luisa había dejado de hablar tanto. Se sentaba en el piso del cuarto y abrazaba la almohada de su madre, que todavía conservaba su olor a jabón de coco.

 Fue doña Carmen quien finalmente tocó la puerta de la casa en la tarde del tercer día con una olla de sopa de caraotas en las manos y la mirada de quien ya sabe que algo va muy mal. ¿Cuántos días llevan solos? Preguntó en voz baja. Carlos la miró a los ojos con una seriedad que el heló a la anciana. Tres, respondió. Doña Carmen.

 Entró a la casa sin más palabras. Sirvió la sopa, vio las habitaciones vacías, la cocina sin comida, los cuadernos escolares apilados sobre la silla y los dos pares de zapatos desgastados junto a la puerta. Vio también algo que los niños no habían notado o quizás habían preferido no notar. En la pared de la cocina, detrás de la puerta, había palabras escritas con carbón.

 con una letra temblorosa que doña Carmen reconoció como la de Ana. Las palabras decían, “No puedo más. Perdónenme.” Doña Carmen leyó las palabras dos veces. Luego miró a Carlos, que la observaba desde el marco de la puerta del cuarto. El muchacho tenía los ojos secos, pero los puños cerrados tan fuerte que sus nudillos habían palidecido.

“Voy a buscar ayuda”, dijo doña Carmen con voz firme, disimulando el temblor que sentía en el pecho. Esa noche, el caso de Ana Morales y sus dos hijos llegó a oídos del único funcionario de la prefectura de San Cristóbal del Llano, un hombre llamado Tomás Requena, que usaba el mismo uniforme desde hacía 4 años y que despachaba desde una oficina sin aire acondicionado con un ventilador de aspas oxidadas.

 Tomás tomó nota con su bolígrafo de tinta azul. miró las palabras transcritas por doña Carmen y suspiró de esa manera que tienen los funcionarios cuando ven un problema que saben que no tiene solución fácil. Pero lo que nadie sabía todavía, ni Tomás, ni doña Carmen, ni los propios hijos de Ana, era que la desaparición de esa mujer era apenas la punta visible de una historia mucho más oscura y mucho más larga.

Read More